Versos Spanish Rafael Pombo Las Pampas Del Norte

Spanish poem

Las Pampas Del Norte

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Jardines del desierto, pradería Sin límites, tan fértil como hermosa. Que la hoz no conoces todavía. Y en la lengua de Albion no tienes nombre: ¡Pampas! primera vez mi planta os huella, Y al soltar la mirada vagabunda Por esta inmensidad que me circunda, Siento ensancharse el corazón como ella. Allá vais dilatándoos en aérea Mórbida ondulación, cual si de pronto En su más blando arrullo el océano Con sus olas inmóviles quedara, ¿Inmóviles? ¡ah! no: la oculta mano Que las encadenara Soltolas otra vez. Las altas nubes Corren su sombra encima, y a los ojos Rueda y fluctúa la amplia superficie Cuyos fingidos cóncavos umbrosos Van como resbalando y persiguiendo Los surcos luminosos, ¡Brisas del Sur! vosotras que barriendo Tímidas florecillas, respetasteis Al fiero halcón que sin salir de un punto Bate una que otra vez las anchas alas Y en su trono de azul se balancea; Vosotras que venís de las palmeras De la opulenta Méjico a embriagaros En las tejanas viñas, y el aliento Refrescáis luego en los arroyos limpios Que al pacífico mar Sonora envía: ¡Brisas! decid si en toda vuestra amena Excursión, abrazasteis algún día Otra más bella y majestuosa escena. Nada hizo el hombre aquí. La misma mano Que colgó el firmamento Alzó esas verdes, tímidas colinas, Sembró sus faldas de olorosa grama, Y cual islas-vergeles peregrinas Las plantó de arbolado, y de alta selva Las cercó en torno: pavimento digno De este templo magnífico del cielo. En flores rico, innumerables, bellas, Emulas de las candidas estrellas. Nunca, oriental América, tus lomas Ha cubierto otra bóveda como ésta, De un azul tan suave, y que del mundo Parece más vecina. El firmamento extático se inclina A enamorar la deleitosa tierra. Abriéndome camino, al raudo trote De mi corcel, por entre el mar de pasto Que los íjares híspidos le azota, El hueco resonar de sus pisadas Me parece sacrílego, y mi mente Piensa en aquellos cuyo polvo ofendo. ¿Yacen aquí los muertos de otros días? El polvo de tan gratas soledades ¿Fue vida, fue hombres...? ¡Túmulos augustos Que domináis los silenciosos ríos O de vetustos robles coronados Entre la selva os levantáis sombríos! —¿Vuestras fúnebres voces me responden? Obra sois de unos hombres, que del mundo Tiempo ha desparecieron; Raza disciplinada y populosa Que en largo afán la tierra amontonaba Mientras que el griego en armoniosas formas Tallaba su pentélico, y con ellas El Partenón resplandeciente alzaba. Entonces estos campos dar sabían Grano al hogar y pasto a los rebaños. Quizá entretanto que el bisonte airoso En vastas cuadras férvido mugía Y entregaba obediente Al duro yugo los crinados hombros. Este desierto, hoy mudo, todo el día Oíase resonar con sus faenas Hasta que del crepúsculo al sonrojo Las parejas amantes Por aquí, por allí lentas vagando Se iban jurando en ya olvidada lengua; O su acento de amor dando a los vientos En dulces viejos tonos, modulados Por hoy desconocidos instrumentos. Llegó el piel roja, en vagabundas tribus Cazadoras, feroces; y a su vista Aquellas mansas gentes se borraron. Vino a su vez la soledad: sentose Do unos y otros pasaron; Y aquí vengo a encontrarla todavía. Donde cazaba el hombre hoy caza el lobo. Cuya reciente cueva aullar escucho En pos de mi caballo; y donde hirvieron Ciudades populosas Mina hoy el sueldo el gófer incansable. Nada del hombre queda: únicamente Los monteciilos que sus huesos guarda; Esos terrados en que a ignotos dioses Dieron adoración; y las barreras Con afán levantadas Para hacer pecho al ímpetu enemigo. ¡Vano recurso! el sitiador salvaje Las rompió audaz; uno por uno fueron Cayendo esos baluartes, y al fin todos Colmados de cadáveres quedaron: Sepulcros descubiertos, do en bandadas Pronto acudieron los hambrientos buitres, Y en paz que ningún ojo interrumpía Sentáronse al banquete silencioso. Tal vez un solitario fugitivo De pantano en pantano. De bosque en bosque anduvo: hasta que hallando Más que b muerte, amargos, insufribles La soledad y el sobresalto, él mismo Vino a darse al suplicio. Acaso entonces Triunfó en el bruto la porción del ángel: Un indolente generoso acento Salvó al cautivo; entre sus propios jefes Los rudos vencedores lo sentaron; Gallarda, fresca una amorosa novia Escogió entre sus vírgenes; y al cabo El feliz prisionero parecía Ya ni memoria conservar de aquello Que el corazón llevó, siempre indeleble: La mujer que amó niño, sus infaustos Frutos de amor, sus gritos cuando fueron Con toda su nación despedazados. Cambian así las sombras de la vida. Así razas enteras, rozagantes De orgullo y de vigor, se alzan o mueren Según que Dios les lanza o les retira Su hálito creador. Los pieles rojas. Un campo más agreste a buscar fueron Para su caza, próximo a las frías Rocallosas montanas. Los castores Ya cabe estos arro5^osno edifican Sino sobre aguas que en su limpio espejo Nunca el rostro del blanco reflejaron. Allá, muy lejos, do escondidas corren Del Oregon y el Misurí las fuentes. Su Venecia lindísima construyen. No ya el bisonte pasta en estos llanos, Aunque sus viejas huellas reconozco En torno a cada ciénaga estampadas. Cuarenta leguas más allá del último Humo del cazador, libre campea El majestuoso bruto, en formidables Hordas que hacen la tierra Temblar con sus pisadas atronantes. Y hoy mismo, sin embargo, todo es vida En esta soledad: bullendo veo Insectos mil, brillantes cual las flores Que hacen temblar; reptiles que me asombran Con su primor; y mansas bestias, y aves, Que casi ni a temerme han aprendido. El elegante ciervo listo brinca Al bosque en acercándome. La abeja, Intrépido colono, más que el hombre Con quien vino de allende el océano, Puebla con sus murmullos el desierto Y en las bodegas de la encina esconde Como en los tiempos de oro sus panales. Deténgome a escuchar, embelesado Con su casero susurrar sabroso; Y pienso percibir el gran bullicio De la avanzante multitud que pronto Colmará este vacío... Ya oigo el triscar de los alegres niños, Ya la argentina voz de las doncellas, Ya el himno del domingo, que se encumbra Dulce y solemne al cielo. Sus mugidos Mezcla el ganado al rumoroso chorro Del grano de la siembra De repente Corta mi grato sueño un viento frío; Y me hallo solo, en el desierto inmenso.