Spanish poem
Doloridas
by Antonio Ros de Olano (1808–1886)
Al nacer el día de la Anunciación, despierta la niña de un beso al calor.
Con ser de su madre, la niña tembló.
-¡Madre! madre mía de mi corazón; por si hace ya tiempo, ¿Te acuerdas que yo, tras la primer noche de mi comunión, te dije aquel sueño en que un ruiseñor, sobre una azucena parado cantó la oración del Alba; y al nacer el sol sonreí mirándole volar hacia Dios?- Hoy he vuelto a oírle; no en la misma flor, ni es el que decía aquella oración: cantaba entre flores, y oyendo su voz, lloré... -Madre mía... Los sueños ¿qué son?
-No cuentes tus sueños, hija de mi amor...- Cuando tu primera santa comunión, cumplías diez años... ¡Quince cumples hoy!
Era la madre de un niño; de un niño que deliraba: eran sus ojos dos fuentes, y los del hijo dos llamas.
-No rías, hijo, no rías, ¡que me partes las entrañas!... ¡Llora para que se enjuguen, al verte llorar, mis lágrimas!...
-«Aquel pajarito, madre, »Que tiene el pico de plata, »el cuerpo de azul de cielo »y de oro fino las alas...»
Calló el niño, y quedó quieto, las pupilas apagadas, como quedan en el nido polluelos que el cierzo mata.
Y, dudando si dormía, viendo que ya no lloraba, besó la madre la boca de un cuerpecito sin alma.
Desde entonces, cuando trinan las aves en la alborada, mientras que cantar las oye, ella ríe, llora y canta:
«Aquel pajarito, madre, »que tiene el pico de plata, »el cuerpo de azul de cielo »y de oro fino las alas...»
Madre: el sitio en que mataron a mi padre los franceses, ¿no fue junto a los cipreses donde vas a la oración? ¿Allí, donde me decías: «¡véngale tú con tu brazo!... »¿Da balazo por balazo »en llegando la ocasión?» ¿Allí donde nuestras lágrimas han regado tanto el suelo, que crece nuestro majuelo más que los de alrededor?... Pues, madre, arando ese campo hice de mis fuerzas prueba (pues para clavar la esteva nadie a los quince es menor...) Y, al arranque de la yunta, abrióse surco tan hondo, que la reja desde el fondo sacó este arcabuz al sol... -¡Hijo mío! ¡hacia Bailén van las tropas de Dupont!... ¡Dios te guíe! -Madre... ¡Amén! -¡Llévate mi bendición!
En casa del gitano se escuchan jácaras...- ¿Es boda o nacimiento? ¿Qué es lo que pasa?- Fijé la vista, y asomaron en grupo niños y niñas.
Les marcaba el origen la tez morena; conforme iban saliendo, paraban fuera: formaron calle, y anduvieron y anduve... Ellos delante.
Al son de castañuelas y de panderos, cantando iban alegres... ¡Era un entierro!... Seguí, y callaron al traspasar la puerta del Camposanto.
A orilla de la zanja donde los pobres caben, chicos con grandes, hembras con hombres, y caen todos, a medida que llegan, unos sobre otros;
Allí, carne con carne de los dos sexos, cama sin sensaciones de amor ni tedio, en donde duermen los que tanto rezaron, sin que ya recen;
A orilla de la zanja paró el concurso, con la caja y el cuerpo de su difunto... ¡Las criaturas llevaban otro niño muerto en la cuna!
«¡Angelitos al cielo!» Gritaron todos, y el menudo cadáver cayó en el foso: fue dando vuelcos y quedó boca abajo besando el suelo.
Como vino a este mundo la criatura, del mundo se marchaba; ¡Toda desnuda! La abrigó el polvo; manto que arropa a humildes y poderosos.
Ya que la madre tierra tuvo en sus brazos el yerto cuerpecito de ella formado; vuelto a Triana, El infantil cortejo entró en la casa.
Ataúd que va y vuelve cuando es de pobres, pero, en vida del niño, vaso de flores..., tornar veían padre y madre la triste cuna vacía.
Águila de anchos ojos, ávidos, fijos, cuando llega y se lanza sobre su nido; leona enferma, cuyo rostro tapaban
Ásperas greñas; la deshijada madre del angélico, de aquella pobre cuna miró el vacío...- Todos bailaban... ¡Y ella sola vertía mares de lágrimas!
¡Qué soledad! (Adán, antes del sueño.)
Donde dejó las tripas Curro Canela, yo dejé la navaja tras la pendencia: lleva en el hierro unas letras que dicen: ¡Viva mi dueño!
Cuando entendió el negocio Pepa Respingo, quiso a mí verme muerto y a él verle vivo... ¡Es de mujeres tomar para su gusto gato por liebre!
El juez tiene al esbirro, el fraile al lego, el verdugo al que ahorcan y al pregonero... ¡El juez, y el fraile, y el verdugo, aborrecen a sus compadres!
Los que busquen la muestra de un desdichado, siéntense en mi compaña sobre este banco. ¡No vendrá uno! Todos me dejan solo con el verdugo.
El rigor de la hembra que sale ingrata, al corazón del hombre quema las alas. ¡En mí se ha visto! Ella de que me ahorquen la causa ha sido.
No consoléis al triste desde tan lejos... Venid, venid más cerca... Dejadme veros, hasta que al cabo no haya más que un cadáver sobre este banco.
(El Pan nuestro de cada día dánosle hoy, etc.)
Dices que mi padre ha muerto y nos faltará el sostén; que el Conde se fue de cierto; y a todo añades: amén. -¿Sobre cuánto tiempo habrá que no has llorado, abuelita? -Me lo preguntaste ya. ¡Esa fecha estaba escrita! -¡Abuela, como no leo!... -Pues bendice tu ignorancia: con los ojos que yo veo leyeras a gran distancia... Hija mía, hay una ciencia que principia en la niñez, sigue por la adolescencia y se cumple en la vejez. -Háblame con claridad... -Te digo, por el momento, que no lloro en tu orfandad y lloré en tu nacimiento... Bajo el azar, en la tierra se nace, vive y perece: dicen que la vida es guerra, y a un juego más se parece. Sí: tu cuna fue su caja... Y en el punto en que nacías mojaban una mortaja tus lágrimas y las mías. -¡Nunca te expresaste así las veces que me has nombrado a mi madre!... ¡Queda en mí mayor misterio encerrado! Un secreto solamente se esconde a la sociedad: como no importa a la gente, no adquiere publicidad. La historia de la indigencia la da el mundo por sabida; pero es la propia conciencia la verdad de cada vida. Todo se sabe y se dice, menos la obscura virtud que ejercita el infelice siendo el alma su ataúd. -Yo no te comprendo, abuela: mas porque venga prontito el Conde, pondré una vela a San Antonio bendito. ¡De que al cabo volverá abrigo presentimiento...! Ya le quiero... -Bien está: ¡Vale más uno que ciento! -Pero, si acaso no viene, porque haya dado con quien se lo impide o le entretiene..., ¿Qué me respondes?
-Amén.
¡Ay del ay que al alma llega!- Por matar a una mujer incurrí en la última pena; mas trocó el rey la condena, y mi vida es padecer amarrado a una cadena... -¡Ay del ay que al alma llega!
Me quitó el juez mi caballo; el alguacil la vihuela; me quitaron lo que callo..., ¡Regalo de ella, y no hallo memoria que más me duela! -¡Ay del ay que al alma llega!
¡Camposanto de Jerez, si ella en ti resucitara y a mí me soltase el juez, la mataría otra vez, antes de verle la cara! -¡Ay del ay que al alma llega, por matar a una mujer!
¡Lloras en esa cuna, y hoy has nacido! ¿Qué será cuando mires muertos tus hijos? ¡Ni varón eres!... ¡Niña que estás durmiendo, nunca despiertes!
I
Madre del recién nacido: cese tu santo dolor, que ya otra madre de amor lo conserva aquí dormido. Murió sin haber tenido hoy, ni mañana, ni ayer; no ha llegado a padecer la enfermedad de la ciencia, que principia en la existencia y concluye en el no ser.
II
Héla aquí suelta ya de sus amores, sin suspiros, sin lágrimas, en calma: la sien le ciñen nemorosas flores; tiene en las manos la virgínea palma.
III
Gentes de su comunión llevaban calle adelante el cuerpo de un protestante a la postrera mansión. Pasaba en tal ocasión un cura que, inadvertido, rezó por el fallecido; pero, al caer en lo cierto, dijo:-«¡Reniego del muerto, y lo rezado, perdido!»
Venus de Milo, ¡oh tristeza!, te dio adoración el arte, bastando para adorarte el arte por la belleza. La flaca naturaleza tal vez te amó con exceso... ¡Y, en pos de aquel embeleso, hoy nos da otra religión, sin mudar el corazón, sus lágrimas por tu beso!
A mi amigo D. Juan Uña
Sentéme por acaso cerca de donde había un tiempo venerables edificios, a cuya sombra, y obstruyendo el paso de la angostada vía, vióse a la plebe de hedionda ropa echada por los pórticos y quicios, descuidando el honor de sus oficios, para aguardar la sopa, del fraile desperdicios.
¡Vergonzoso proscenio! ¡Los mendigos, actores; los magnates del reino, espectadores!- Hora la estatua del mayor Ingenio álzase en ancho estadio circundada por árboles y flores. Cimbria del iris, movediza fuente, a la copa eminente del árbol lleva lúbrico rocío: y, al descender en curva de colores, la flor su beso siente, y de la flor derrámase al riente césped que yace en apacible sombra, allí do más el Cáncer del estío cebó un tiempo en arena sus rigores, o en la dormida escarcha duró el frío.
Mullido césped, taraceada alfombra, lujosas plantas, árboles mayores, fuente vertida en fúlgidos colores, escultural presencia de Cervantes: si aquí fueron enantes, sobre desnuda arena, actores los mendigos y magnates del reino los testigos, la transformada escena hoy reprende a vasallos y señores, y, en la voz que no lejos les condena(3) lecciones manda la severa Historia, con poderoso ejemplo, a Sacerdotes, Próceres y Reyes, que esa Asamblea que les dicta leyes, si hoy popular Palacio, ayer fue templo. Hundiéronse en pedazos a millares la Cruz, y el campanario, y el ábside, y el místico Sagrario... Cayeron profanados los Altares; enmudeció el salterio; lo que entonces fue púlpito es rostrario; sótano vil la cripta del Misterio... ¡Mudóse el coro en ancha gradería, y oleaje de turbas populares, desde entonces, en ruda gritería, se desata y aplausos al tribuno, como en rezos y cánticos un día!...
¿En dónde estoy? -Un tiempo más remoto, desde el inculto monte a la llanura y del estrecho valle a las colinas, el ágil gamo y la velluda fiera, so el pabellón de próvidas encinas, pacieron en la rústica pradera que aquí ignorada de los hombres era.
Y tranquilos y en paz aquí vivieron sin que del cazador les acosara ni venablo ni jara, ni alevoso arcabuz... Que nunca vieron suelta de los lebreles la trailla en demanda feroz o a la carrera, ni el aullido tenaz de su garganta y el noble son de venatoria trompa dentro del bosque plácido advirtieron al jabalí o a mansa cervatilla el repentino trance en que murieron traspasados del plomo o la cuchilla.
Cayó vencida la silvestre pompa de la ambición al golpe codicioso; y la que luego fue moruna villa del madroño y del oso y del santo Patrón de fe sencilla, hoy es moderna Corte que levanta, rotos los moldes de su antigua planta, alcázares, teatros, ateneos, bibliotecas, hipódromos, museos; mientras en el rocoso cerro del Escorial duerme el coloso, tétrico Faraón del Occidente, el Felipe que fuera, con la cinérea cruz sobre la frente, atizador de la inhumana hoguera.
Rumor de selva despertó mi oído palpitación de fronda no distante, como en la adversidad vuela el gemido de la amada al amante. Voz de melancolía, acorde con mi queja, misteriosa y vaga melodía con que las negras ramas tembladoras dicen adiós al espirante día.
Es la tarde, penumbra de las horas... Y quien lanzó tan lúgubre gemido es el Cedro eminente de tristeza simbólica vestido. -Peregrino de Oriente, tendida al viento la medrosa rama e inclinada la frente, parece que solloza y que me llama.
Ya no son los que fueron, pobladores del Líbano gigantes, cuyas altivas copas bendecían las aves emigrantes... Los brazos que esos cedros extendieron, brindando sombra a los tostados lomos de desnudos Profetas, cayeron al cumplirse los sagrados trenos de Jeremías... ¡Cayeron con las glorias de otros días, y el aire del desierto ramas y troncos arrastró al Mar Muerto!
Noble Cedro doliente, cautivo en suelo hispano; gárrulo adorno de jardín urbano que no olvidas tu Reino del Oriente: falto de amor y del nativo ambiente, con unas ramas tiendes alto vuelo de aspiración divina, misericordia demandando al cielo, y otras abates al humilde suelo, a do la muerte pálida te inclina... -Pero no estarás solo, triste amigo, en tal tribulación, mientras aliente mi ancianidad, de tu dolor testigo...- ¡Todos los días que de vida cuente vendré a la tarde a conversar contigo!