Spanish poem
En el invierno
by Antonio Ros de Olano (1808–1886)
Siguiéndole en la ladera hasta ojearlo en el soto, cumpliera el guarda su empeño como debe un hombre mozo. que si el jabalí en la huida arrojaba espuma a chorros, con eso y dejar el rastro me habréis frustrado el propósito. Dijéraos la experiencia que (mientras abren un foso, al romper los ventisqueros, y al cruce de los arroyos), si pisan los caracoles, marcan poco más que el corzo, y, si el viento bate, arrasa la nieve, y se cubre el hoyo. -«Señor, cargó la cellisca; »iba con dos mil demonios »huyendo, y mostraba un cerro »tan alto como el de un toro...» -Por si hay días de fortuna, que se logran dentro el chozo, quédese el guarda del monte calentándose al rescoldo.
¡Ah, de la tropa que marcha en día tan borrascoso, el hielo y el sudor juntos en los azotados rostros!... ¡Lleváis perdida la senda! -Para advertencias yo sobro: damos pique a unos forzados por delitos espantosos, que rompieron la cadena no lejos de estos contornos. Cinco son los malhechores: si los viste, suelta el soplo; pero si no los has visto, paisano, como supongo, puedes tomar la del humo, como dicen dijo el otro.
-No los vi, señor sargento, mal que me habléis de ese modo, pues si vos mandáis soldados, el tiempo os mandará pronto... Cuidad, si es caso, volver sobre vuestros pasos... -Lo oigo. Y siguiéronle en silencio nueve hombres respetuosos, el hielo y el sudor juntos en los azotados rostros.
-¡Alto! ¡A la gente que llega sois extraños!... -¡No haya enojo!... Gente honrada, caballero: un obispo, tres canónigos y el cura de la parroquia que suministra el santo óleo. -Es su escopeta mojada la carabina de Ambrosio; pero su merced la ponga donde no nos haga el coco. -Es que a la capa del cielo no hay quien le coja el embozo, y la manta de la nieve mala manta es para el hombro. -Si su merced nos cobija, cuente nos hace el negocio, y a cambio le enseñaremos el refrán que gasta el moro.
-Cuidad de llevar la cuenta desque toquéis aquel olmo; de frente, a mil pasos justos, hay un peñasco y un tronco: el tronco tapa una cueva; entradla, y en un recodo hallaréis de mis pastores el hato... y adiós... -Acoto, con el conque de que aprenda el refrán que gasta el moro. Dice el gitano cuatrero mirando por su mondongo: «Donde comas, no hagas daño,» y aquí, sin ser roba-potros, somos, como si dijéramos, agradecidos de estómago. Su merced, que tiene pesquis, sáquele la púa al trompo. Los que fían en Mahoma nunca ponen en remojo la espingarda, por si acaso Mahoma se vuelve tonto; y dicen: «Sal prevenido »para ir a caza del lobo »como si fueras a hallarte »con el león...» Ahí va el cobro de la deuda que tuvimos con su merced: vale el oro algo menos que un consejo para casos que no nombro: y acabo, y para que entienda lo que vale el ser rumboso, quiero pagarle con sobras, y allá van cinco de corto. Este mundo es un fandango, cada cual baila a su modo, y aquel que anda sin pareja parece que está de bolo.
Partiéronse los bandidos menos fieros que orgullosos, y oí plañidos de hembra, gritos histéricos, roncos. ¡En la soledad las lágrimas! ¡El dolor!... y el mundo sordo, mientras la nieve caía en silencio copo a copo.
-«Madre de estos pobres niños, »más desnudos que andrajosos; »mujer, cuyo llanto acusa »ser madre, mientras que el rostro »y los arrugados pechos »y los cabellos canosos »dijeran a quien tus gritos »no oyó, que das testimonio »de la ancianidad que siente »su ruina y, con desdoro »del sexo, muestra sus miembros »al hombre en feos despojos »del tiempo; vieja fecunda, »madre de estos temblorosos »niños, que juntan sus lágrimas »a las que vierten tus ojos: »¿Quién os dejó en este sitio »vil traidor, o vil medroso?» -«Señor, en el mundo estamos; »dad a mis hijos socorro: »ellos, acaso algún día, »os lo paguen a su modo. »Lleváralos yo en mi vientre, »a mis hijuelos hermosos, »al calor que allí sentían »antes de escuchar su lloro... »¡Los hijos en las entrañas »de la madre pesan poco! »Como los parí desnudos, »con mi cuerpo los arropo, »pues a cubrirnos no bastan »los harapos que recojo. »Hemos de andar el camino, »y, aunque los alterno y pongo, »a veces en mis caderas, »a veces sobre mis lomos, »nos rinden en la jornada »el sol, la nieve o el lodo. »¡Pocos dolores de madre »sintió la que pare sólo, »y hambrientos no ve a sus hijos »arrastrarse, por un sorbo »de agua o por triste pedazo »de pan que desechan otros!.. »Ibamos, señor, en busca »de la caridad de todos.» -«Tened mi pan, hijos míos: »Madre, aliéntate; yo tomo »tus dos hijos en mis brazos; »sígueme a un abrigo próximo.» Y los niños inocentes, flacos, comidos de piojos, mordían el pan, mirándose envidiados y envidiosos.
-«Guarda del bosque, si deja »del jabalí fatigoso »la pista, atienda a estos niños »y, hasta que yo vuelva, acójalos.»
Sentí tristeza en el alma: reinaba un silencio insólito en la región del desierto, debajo un cielo de plomo. El viento plegó las alas: se pararon los arroyos; los árboles, que dormían cual gigantes sigilosos, parecióme contemplaban la naturaleza atónitos... Y tarde, de vez en cuando, de las selvas en el fondo, agobiados por el peso de la nieve, los hojosos álamos se desgajaban con gemido perezoso.- Vi a los míseros soldados... ¡No volvían más que ocho!
-«¿Por dónde vais, mis amigos? »Perdidos sois, yo os lo abono, »si no consentís ahora »la salvación que os propongo.» Respondió el de más aliento: -«Su merced mande a su antojo: »de los santos de la corte »celestial, es San Antonio »el santo que más atiende »de los santos que conozco.» Yo le dije: Santo mío, haz que se nos coma el lobo, o que venga a socorrernos el que nos cantó el responso..., cuando vio que le dejábamos como quien escucha un loro. A su merced le ha traído ese santo milagroso, y por el mismo le ruego nos aloje junto al horno, porque traemos pasadas las penas del purgatorio.- ¡Mal haya quien fía hombres a comandantes bisoños! Murió el sargento Carranza; mató el perro el cabo Romo; los dos sin sacar las fuerzas por ser unos hombres flojos, y quedáronse espasmados sonriendo como bobos.- Visto el sálvese quien pueda, su servidor, Juan Cebollo, que fue rabadán de cabras antes de llevar el chopo, y hoy luce una cruz de mérito con quince reales de momio, tomó el mando de estos chicos, que, aunque parezcan modorros, tienen más pies que el Sargento: y hablar del cabo me ahorro con decir «cabo de pluma,» que es decir de paso corto. Su merced les pase lista, que a sus órdenes los pongo: siete son, y mi persona ocho, número redondo.
Súbito se oyó distante siniestro tiro dudoso, señal de quien pide auxilio, traición de facinerosos. Al disparo respondimos con disparos, y remotos los ecos de las cavernas, invisibles, misteriosos centinelas del desierto, do el miedo finge los monstruos, caminaban a perderse hacia términos ignotos.- Siguiéronme los soldados, e iba el jefe, Juan Cebollo, rezando el «Santa María» con acento fervoroso, alternando el «Dios te salve,» que prorrumpían en coro los restantes compañeros..., y así llegamos al chozo.
¡He aquí el valle de miserias! ¡He la humanidad!... ¿Qué somos? ¡La fraternidad no fuera ni la caridad tampoco, a no ser valle de lágrimas la tierra que nos da apoyo! ¡La misericordia nace de nuestros dolores propios!
¡Cristiana melancolía, dolor con íntimo gozo! La piedad, en la inclemencia, no lleva al altar sus votos; mas trueca en templo los ámbitos del invierno rigoroso quien dio lenguas al desierto nos dio la oración, y el sordo rumor de las soledades habla de Dios a su modo.
¿Ves, hermana, cómo acude tras la aflicción el consuelo, sin que el corazón se advierta ni lo procure el deseo? Antes, al volver la vista a la cruz del cementerio, vertías acerbas lágrimas con amargo desaliento; y hoy, con los ojos enjutos, pronunciando el Padre-nuestro, han apartado tus manos la nieve del santo suelo, donde de nuestros mayores yacen los mortales restos, cuyas almas inmortales te bendicen desde el cielo. Se han cambiado tus sollozos y los ayes de tu pecho en plácidas melodías que acusan otros afectos... Y esa misma cantilena del ángel que guarda el sueño de los niños, la aprendiste en el regazo materno. Nuestra madre te la dijo, abrigándote en su seno, con arrullo de paloma cuando ampara sus hijuelos. Y la rueca, con sus flores de siempreviva al extremo, y el huso de plata fina, con la inicial de su dueño; ese infatigable huso que tus delicados dedos, tras levísimo chasquido, lanzan con ágil gracejo, y ese copo bien peinado del lino de nuestro huerto, que vas desatando en hebras de finísimo cabello; la rueca, el huso y el lino son que allá en mejores tiempos, al compás de las canciones del ángel que guarda el sueño, sirvieron a nuestra madre, al arrimo de este fuego, para hilar blancas madejas de que luego se tejieron las sábanas de tu cuna y las de mi breve lecho.- ¡Oh, piadosa hermana mía! ¡Cuán dulce contentamiento sentimos las dos ahora en el altar del recuerdo; en este hogar heredado, llama de calor perpetuo que avivaban nuestros padres y sus padres encendieron!... ¡Así nosotros, hermana, venturosos herederos de sus cristianas costumbres, de su hacienda y de su techo, podamos legar el fruto de sus honrados consejos a hijos dignos de nosotros y dignos de sus abuelos! Que en mal hora los que heredan olvidan sus venideros; y los que son en el mundo, porque sus mayores fueron, poderosos en riqueza, en la ostentación egregios, y disipan en festines, bajo artesonado regio, hacienda que no fundaron con su ciencia ni su esfuerzo, afrentan en ocio impuro honor que no merecieron.- Yo, a ejemplo de nuestros padres, hermana mía, prefiero a manjares no soñados por el natural deseo, frugal mesa abastecida para el preciso sustento, con los frutos generosos que rinde al trabajo el suelo: y, al mirarlos sazonados con la forma en que nacieron, servidos en blanca loza sobre limpísimo lienzo, digo con gozo en el alma, y en quien soy los ojos puestos: «Aves son de mis corrales, »que en mis corrales nacieron; »corderos de mis ovejas; »caza que abatí en su vuelo; »vino tinto de mi viña, »trasegado, limpio, añejo; »verduras de mi cercado, »y frutas de mis ingertos...» Así Dios no me perdone, hermana, si te exagero: pero, si se me obligase a optar entre dos extremos: vivir sobrado de fausto fuera del hogar doméstico, o empobrecer mi comida aquí, al amor de este fuego, ¡hermana! Dios no me ayude si no es verdad que prefiero a dejar mi amado asilo un negro pan de centeno, con las frutas arrugadas que guardas para el invierno. Mas ya advierto que vencimos esta velada de enero; y, pues nos anuncia el gallo que ha dormido el primer sueño, hermana, arropa la lumbre con la ceniza, y dejemos la guarda de nuestro ejido a mi leal compañero. Ni asechanzas de la envidia ni injustas venganzas temo; pues, al fin, no tiene el hombre mejor amigo que el perro.