Versos Spanish Antonio Ros de Olano En el verano

Spanish poem

En el verano

by (1808–1886)

Listen in the reader

Por escena, el campo libre; el tiempo... en su eterno curso; hora... en que espiran las brisas del mar con lento susurro. en primer término, el árbol secular, ancho, copudo, a cuya sombra mi honrado. Abuelo, a sus deudos junto, nuevo Jacob con su tribu, en los rigores de julio vio sestear sus rebaños, o a sus gañanes forzudos, olas rompiendo de espigas, juntar en haces los frutos. ¡Ni un sonido en el espacio! Y, en el término segundo, de mi casa solariega los envejecidos muros, mientras, cual manso plumaje que agita escondido impulso, de mi tosca chimenea asciende ondulante el humo.- ¡Padre sol! la tierra blanda a tu solícito influjo, en la estación de su celo te abrió el seno; y somos tuyos, nacidos de un mismo barro, desde el gusano sepulto que habita el humilde limo, al insecto, al ave, al bruto... Así la Libia sedienta es patria, es templo, es refugio, donde difundió su estirpe de Agar el seno fecundo; y allí bendijo el Oasis Dios para el árabe inculto, que halla en las sombras de palmas de arquitectural conjunto agua y preciso sustento y cielo para su culto.

Un día la negra sombra del árbol alto y robusto, aguja del meridiano inversa al sol en su rumbo, me había dejado expuesto al haz de dardos agudos que arroja el astro gigante desde el término diurno, antes de lanzarse a plomo en el piélago profundo. Y por la senda que llega mal trazada, advertí aduro, aguijando a prisa a prisa, al hidalgo linajudo, señor don Lope Mendoza de Carvajal y de Angulo, mi vecino, rico en predios y un tanto pobre en estudios: hombre recio, rostro altivo, atezado y cejijunto. Salí a su encuentro, y, al verme, se apeó un tanto ceñudo. -«Señor don Lope (le dije), »me honra el veros; mas presumo »por lo breve del camino »y el momento en que os pregunto, »si os han estorbado el paso »o si os trae algún disgusto.» -No piensa mal mi vecino, si bien no hay guapo ni chusco que a mi persona se atreva: y, ya veis, no llego enjuto. Mi caballo es agosteño, y, como si fuera un buzo; así que pisa en el río ha de pegar un zambullo. De allí no hay quien lo levante mas que le metan un chuzo; pero, en soltando el jinete, se vuelve pájaro grullo. De esta manera se explica por qué en un macho orejudo llega tarde y mal don Lope, que aún viniera sobre un rucio donde vuestra linda hermana con esos cabellos rubios, con esos ojos azules y con esos pies menudos, me trae sorbidos los sesos de suerte, que me consulto si me habré yo vuelto mosto y corro tras el embudo. Sobre poco más o menos, sin rodeos de hombre astuto, sabéis que os puse en la feria ese trato peliagudo. Cierto que vos me dijerais aquello del exabrupto, y « hasta que hable con mi hermana, »cuanto ofrezca es prematuro...» Hablasteis con ella; y luego allá, por lo que discurro, no echó el trato a mala parte, ni vos lo disteis por nulo; puesto que me respondíais (carta canta; a ella me ajusto): «mi hermana oyó vuestro obsequio, »y os diré en tiempo oportuno... »el agosto está inmediato... »yo hoy no acepto ni rehúso.»- Vecino, yo desde entonces he contado los minutos. Hoy es primero de agosto; se corrió el plazo, y acudo; y, por si es pleito entre partes, a lo pactado me afugio. A mí me ha cabido el año mejor que a aquellos palurdos labradores de otros tiempos, que, echándosela de duchos, contaban les cuajaría, cuando los ahogó el diluvio.- Sabido ya por mi boca mi tropiezo y lo que busco, debéis vos decirme en cambio con franqueza a vuestro turno: ¿qué os tiene fuera de casa con este calor tan rudo? -«Sintiendo vuestro percance, »Vais a ver cómo yo cumplo... »Andad, don Lope... Me trajo »al campo, el calor que a muchos »mantiene bajo su techo: »¡cada cual según sus gustos! »Amparado por la sombra »de ese árbol, do acostumbro »sentarme, sin que me atedien »las horas en su transcurso, »contemplaba el reprimido »dolor, el silencio mudo »con que la naturaleza »rinde el maternal tributo; »y así, con mis pensamientos, »tal vez sobrado profundos, »pasando estaba la tarde »sin dichas y sin disgustos.» Andando íbamos camino de casa en este discurso: a la medida que andábamos crecía el blando murmullo de la fuente que en mi ejido ancho el caño, el chorro curvo, derrama en la limpia taza su claro raudal...; y un brusco impensado advertimiento del hidalgo, me detuvo, diciéndome:-«Tenga el paso, »vecino; y, si estoy confuso, »sépase que no soy hombre »que crea en brujas ni en brujos, »aunque crea en los misterios »y en los divinos recursos... »Decidme si estáis oyendo, »o si es que yo me embarullo, »un canto en cuyas cadencias »de un ángel suena el anuncio.» Presté atención: iba el eco concertándose al murmurio de la fuente de mi ejido, atenuado como el humo que de mi hogar ascendía por el ambiente difuso... Era la voz de mi hermana; su canción; la que compuso el Ángel de la familia, que va abandonando el mundo.- Mi hermana en las soledades de su apartamiento oculto, entretenía las horas como suele, por recurso, hilando del manso lino que en mi huerta le procuro, fino como sus cabellos, como sus cabellos rubio.

Entró don Lope Mendoza; trató el caso...; noble estuvo. A poco, tras un galope oyóse un relincho, y súbito nos dijo: -Ese es mi caballo, con mi criado... No abulto al afirmar que, si no fuera por lo atrasada que anduvo su madre en soltar la carga, cada pelo valía un mundo... La falta estará en la madre... Ni lo abono ni lo culpo... Hijos nacen con pitones, por ser sus padres cornudos... Pero es lo cierto, señora, y a vuestro hermano recurro para que os diga la causa, que llegar pude algo sucio, cuando, por veros, viniera a horcajadas sobre un burro; y aun llegara más temprano, que el fracaso me entretuvo... Forzado a acortar el tiempo, a la vuelta me apresuro.- Madama, el sí que me llevo, bien que dado entre repulgos, confío os lleve muy pronto a vivir en donde juzgo que no estuviera más ancha ni la esposa del gran turco. A recibiros esperan libre puerta, alzado escudo, cimerado capacete, la celada opuesta al zurdo lado, en señal que no caben allí los hijos espúreos; y en campos de oro y de gules enlazados los vetustos blasones de los Mendoza de Carvajal y de Angulo. Hízonos tres reverencias, espolsándose el muslo: salióse, y salí en obsequio de mi cuñado futuro.

Ni aun el mismo don Quijote, con ser jinete zancudo, salvando el borren trasero, ciñó el bridón más a punto; y, llamándole a las piernas, en los estribos insúrgito, cual si nuestros cumplimientos le sirviesen de conjuro, partió, como sale el diablo del cuerpo del energúmeno.

Las mujeres, desde Eva a la hoy mujer del verdugo; desde las que se arrebolan a las que limpian los cubos; desde la que zurce versos y en las medias lleva puntos, a la convencida monja que al cielo dirige el rumbo; así la que arrastra encajes como la que en su condumio sisa ochavo por ochavo hasta completar el duro; todas ellas son artistas en sus intervalos lúcidos, conforme van los menguantes, o según los plenilunios. Mi hermana (la replegada sensitiva, cuando impuro eco de voz mal sonante hería sus oídos púdicos), luego que el hombre a caballo, veloz centauro, traspuso entre el polvo y la neblina y las tintas del crepúsculo, me dijo: «Hermano: don Lope »mal mi voluntad dispuso »como galán en estrado; »mas, ¡qué bien domina el bruto! »Dado a tan fuerte ejercicio, »no extraño tenga en desuso »la galante cortesía; »¡pero es gallardo, es hercúleo! »La hermosura es delicada; »la fuerza es bella de suyo; »la aman la flor y la débil »mujer... ¡Hermano, yo juzgo »que belleza y hermosura »son dos aspectos del gusto: »la flor se ampara entre espinas »y el rosal ama el capullo!»

Era la mujer apenas rebasados los tres lustros; y era don Lope Mendoza tan fuertemente membrudo; que en la plaza de su aldea fiestas de becerros hubo, y viéndose sorprendido, si un novillo le fue al bulto, ya apretado entre las tablas y los cuernos puntiagudos, porque allí se viera a un noble salir de tamaño apuro, lo atontó de un puñetazo con aplauso del concurso.

Claros estaban los cielos, limpio el azul transparente: sólo a lo lejos se vía vellón que al aura remece, una nubecilla mansa, una nubecilla tenue, una blanca nubecilla como el ampo de la nieve...

Ancha nube en limpio espacio, ¿quién te guía? ¿quién te acrece? ¿quién te empuja, nube airada, en pavorosa creciente, que, ciñéndote de sombras, tragas polvo, el mundo envuelves?

Relámpago en fondo cárdeno, ¿cuántos volcanes te encienden? Ronco trueno que respondes, ¿a qué mandato obedeces?

Huid, míseros ganados; aves por el aire leves, huid; míseras criaturas, el torbellino os envuelve; huid; que dentro de poco no habrá amparo a que acogerse los árboles más robustos quiebran cual cañas endebles; el huracán, el granizo, os arrebatan, os hieren; la tempestad traga el mundo, y Dios no se compadece.

«¡Ay! (dije, y seguí postrado): ¡cuánto la vida me duele!» porque el alma se me iba a la tempestad rugiente... Y entonces fue cuando vino, derramándose a torrentes, copiosa lluvia; y en olas despeñadas, que al mar tienden, iban las aves ahogadas, e iban nadando las reses. A la mar iban los árboles, con sus frutos aún pendientes; del labrador afanoso los codiciados enseres iban; y a la par con ellos haces de acopiadas mieses, y, arrancados de su base, restos de pobres albergues...

Mansa lluvia, mansa lluvia, en aljófares cerniéndote del sol al último rayo, que el agua en diamantes vuelve: mansa lluvia, en derramados prismas de cristal luciente, arco de triunfo erigido al vencedor de los débiles, iris de paz para el hombre, sin pacto que le conserve: mansa lluvia, engalanada de colores transparentes, amaranto y oro y púrpura, que no imitan los pinceles: cariñosa, mansa lluvia, a medida que te ciernes sobre las flores del campo, hijas de matas silvestres, renace mi triste vida ¡a la calma que apetece! ¡Vivir es amar! y miro el placer con que agradecen allá en el monte los árboles y aquí las flores campestres, mansa lluvia cariñosa, ¡los beneficios que viertes! y tú, de concordia iris, escala de luz, que asciendes a do reside el misterio de la vida y de la muerte, tú eres el santo camino por do libres van y vienen las bendiciones que parten, las esperanzas que vuelven.

¡Visiones de los sentidos! ¡Pasad, pasad como suelen cruzar, dándose las manos, las niñas en danza alegre!

-¿Quiénes sois, que yo os conozco, pareja en que amor florece, a la par que andáis por campos donde el tomillo trasciende, y a seguir vuestra jornada tanta voluntad me mueve? -Fuimos tu Padre y tu Madre, aun antes que tú nacieses.

-¿Quiénes sois, niños benditos? Conoceros me parece... -Éramos amigos tuyos, cuando niños inocentes; éramos tus condiscípulos de la vida en los dinteles. Tus iguales nos juzgamos en la edad adolescente; y, si hoy favor te pedimos, que, aceptado, nos ofende, somos los que te abrazaban para herirte y esconderse... ¡Dejamos por nuestra prosa de la fama los laureles, virtudes que no nos caben, ideas que nos exceden!... -¡Pasad, pasad, mis amigos! La confesión os releve: ¡mi voluntad os disculpa y la experiencia os absuelve!

Y tú, ¿a qué vienes, anciano, a quien he visto otras veces? -Voy detrás de mis discípulos que corren más que las liebres, y en la carrera del mundo el que atrás queda se pierde.

¡Aparta, mujer hermosa! ¡Por donde viniste, vete! ¡Esconde aquesos collares, arracadas y alfileres con que adorné tu belleza y prendí tu pecho aleve! ¡Aparta, mujer traidora, que aun tus caricias me ofenden!

¿Quién eres tú que muy lejos, tan lejos te me apareces, que ya mis cansados ojos dudan en reconocerte? -Tu primer amor me llamo. -¡Tu memoria me enternece! Fuiste el ideal del alma, la santidad de mis preces, la diosa de mis sentidos, la mujer hermosa y débil que amor me brindó en la vida y amor me brindó en la muerte.

En pos va la consolante caridad... ¡Benignos seres, hembras de virtud humilde, hermanas del que padece! Vosotras sois la hermosura sin vanidad ni oropeles, la dicha fecunda en lágrimas, ¡la pobreza rica en bienes!

¡Oh, tú, el último en la hilera, de tanto dolor el héroe! De ti sólo vi un reflejo, como mi sombra otras veces. Fantasma, visión, que enseñas la risa, y lágrimas bebes, ¿por qué escribes con la punta del corazón y te dueles?- Apenas ya te recuerdo... díme, por piedad, ¿quién eres? -Yo soy tú. -¡Maldita seas, fascinación de mi mente! Me brinda el mundo favores en la pugna con los fuertes, la fama con sus aplausos, el éxito con laureles: y, pues que la vida es lucha donde todos acometen vencedores o vencidos, el vencido se defiende, y allá, tras su desengaño, la quieta paz se le ofrece, como al náufrago que arrojan las olas a los placeres... ¡Las olas que le llevaron, le trajeron, y las siente rugir sin que le amenacen en la playa en que se aduerme!...- ¡Visión! eres la memoria; eres la verdad que miente; ¡no escribas más con la punta de mi corazón, y aléjate!