Spanish poem
En la primavera
by Antonio Ros de Olano (1808–1886)
Ungida en blando rocío despierta amorosa el alba, tímida beldad que en sueños su amante, el Sol, busca y llama: claros sus ojos azules de luminosas pestañas, al beber luz en los cielos, la luz al suelo derraman. Salúdala el Santuario con la voz de la campana, mientras le dice sus himnos en los aires la calandria; y al influjo cariñoso de su espléndida mirada, se esponja de amor la tierra, la vida ríe en las plantas. Ancha clámide de nieve desprenden de sus espaldas los cerros, al anunciarse de abril la augusta mañana; y de las cumbres desciende libre, saltadora el agua, en elegantes, revueltas cintas de cristal y plata. Recibe el amante valle con flores su desposada; y ella, tras húmedos besos, se aduerme entre verdes algas. Las festivas, redolentes, ligeras brisas, resbalan sobre el mar o sobre flores, entre el cielo y las cabañas; y se mecen halagüeñas en mil idas y tornadas, bajo formas infinitas del hombre las esperanzas. Puesta la popa a la arena y la proa a la bonanza, dejando el refugio amigo, levadas las corvas áncoras, libra las turgentes velas la nave de Dios fiada; que así la ambición fenicia, mostró, surcando las aguas, cual las mercedes del suelo por oro en la mar se cambian. El labrador que abrió el surco, y de sus trojes preciadas arrojó fértil semilla con mano atrevida y franca, cela la espiga naciente sobre campos de esmeralda, mientras que, libres del yugo, los tardos bueyes descansan. Óyense alegres canciones de las rústicas zagalas: amor las pone en sus labios, bien sentidas, mal calladas, ecos que acaso responden en su delectable pausa a las trovas que en la noche profirió la serenata... Y aún dicen que la doncella, desde la puerta foránea, al huir la blanca luna de la aurora sonrosada, sorprendió junto a la reja, defensa de la ventana, donde no llegan los labios, aunque los ruegos alcanzan, al amante que allí puso, como regalo a la Maya, ramos de fresca verbena en generosa guirnalda. ¡Oh, naturaleza! ¡Oh, madre! Cuando presentas tus galas, amor encuentra do quiera sus ofrendas y sus aras. No de otra suerte a tu influjo la entumecida crisálida rompe la mística celda, y en metamorfosis rápida, de oro y de carmín lucientes despliega veloces alas, y vuela al altar de Flora en nueva vida agitada: gusano ayer en su cárcel, gira libre, inquieta, vaga, cual si, guardando memoria de su brevedad pasada, sintiera que no le cabe gozar delicias tan anchas. Muge la esbelta novilla desde el otero a distancia; primer celo en que se enciende al pacer la verde grama... Suma de gala y de fuerza, monstruo de fiereza y gracia, el toro al clamor amante la frente adusta levanta. Por más saciar el olfato las hondas fosas dilata: enhiestas las finas puntas, rueda la hirviente mirada: juega la flexible cola con ondulantes lazadas; y, azotándose los flancos, cual con serpiente irritada, rayo que en trueno responde pronto al imán que le llama, rápido corno el relámpago, parte, arrolla, triunfa o mata. Los árboles se columpian en el seno de las auras, las aves pueblan el éter; los ríos serenos pasan... Y, en tanto, un eco distante, que el viento interrumpe a ráfagas, trae y lleva los acordes de la primitiva flauta... Son los de la edad de oro trinos de la flauta pánica, recreación de pastores, mientras pacen sus manadas y vense en libre careo correr del monte a la falda menudas, ágiles, limpias, de vario color pintadas, generación de Amaltea, las mil esparcidas cabras... Y, en medio al vario conjunto, señor entre sus esclavas, celoso barbón hirsuto, de corona esparramada, y olor genial, que denuncia a los machos de su raza; dispensador de favores, dejando va por do marcha vapor de naturaleza, dulce a sus hembras ingrávidas. ¡Horizontes de la vida! ¡Limitaciones humanas! ¡Tal traéis a la memoria las religiones pasadas! Tal veo en el templo egipcio la adoración humillada ante el símbolo monstruoso del padre de las Cabañas; y aun más cerca a los sentidos contemplo en Grecia, hermanadas deformidades cupídicas e idealidades de estatua, y el mito erótico, en donde triunfa del vigor la gracia tras la lid voluptuosa apenas significada, si el torpe bruto rendido tan flojamente se amansa, que sobre sus rudos lomos la gracia gentil cabalga. Así, al contemplar de lejos la mar tranquila, rizada de nívea espuma, que en iris los rayos del sol desata, paréceme ver que nace de las ondas azuladas, bella cual si a mi deseo mi libertad la evocara y a mi voluntad surgiera, sensible Diosa pagana, la Venus chíprea, meciéndose en leve concha de nácar, por cendal de sus contornos las sueltas madejas áureas, con pompa de blancos Cisnes que sumisos acompañan, y Céfiros y Nereidas que la acercan a la playa. Oigo el plácido concierto de los orbes en la estancia del Infinito, do viven, giran, se atraen y se aman, y esa sublime armonía es el suspiro, es el habla de la Creación entera que suspira enamorada.
¡Bienvenida la inocente huéspeda, de donde quiera que llegue al humilde techo del triste que la desea! ¡Oh mi mansa golondrina! ¡Oh mi dulce forastera! ¡Bienvenida! A tu llegada mantuve abierta la reja: tu trino suena en mi oído; tus alas, con las esencias de otras auras de otros climas, mi frente árida refrescan; y con versátiles giros las vigas añosas cuentas, y reconoces la estancia donde tus hijos nacieran. ¡Aquí fueron tus amores, no turbados por la fiesta ni por el llanto; aquí fueron, en la paz de esta vivienda! Allí tu nido te aguarda; tus hijos no lo recuerdan: tú vuelves a visitarlo, y yo lo guardé en tu ausencia. Pliega tus nítidas alas, y tus leves plumas peina; reposa, mi peregrina, mi huéspeda y compañera. ¡Quién sabe! Acaso tu vuelo posaste la vez postrera en la ascética, ignorada choza del anacoreta. De Tierra-Santa tal vez, nueva peregrina, vengas, y del Líbano doblaste ayer las cumbres excelsas. ¡Quién sabe! Tal vez ha poco que, del Sinaí en la cresta, oías los regios salmos que la Religión eleva. Acaso en Jerusalén tus últimos hijos quedan, nacidos junto a un pesebre, como el Redentor naciera. Las sublimes soledades de aquella cristiana tierra cruzaste tal vez, llevada del Simoún en la carrera. Tal vez de la Palestina, do el sol enciende la arena, rompiendo la estiva calma jadeabas pasajera... O bebiendo en el Jordán del agua de la pureza, para alentar tu camino sobre la triste Judea, volaste en torno a las tumbas do reposan los Profetas, y en el sepulcro de Cristo se oyó tu mística queja. ¡Quién sabe! Acaso rasante, desempulgada saeta, mediste de un solo sulco la ya derrumbada Grecia; o acaso de populosas, profanas ciudades vengas, de bordear los palacios que te cerraban sus puertas, para que los artesones de esmalte y oro, y las regias randas y tapicería que al lujo tributa el Persa, y los jarros de la China, y las lunas de Venecia, tu nido de pobre barro no manchase ni ofendiera!- Si así es, mi peregrina, noble avecilla, los deja: ¡inhospitalarios son los magnates de la tierra! Tuerce tu rumbo del centro a que afluye la riqueza; que es el hombre en la fortuna menos humano que fiera. El escándalo del rico; la risa de las rameras; la orquesta de los saraos; los clarines de la guerra; los tumultos, gritería y ceremoniosas fiestas, estruendos son ofensivos a tu sencilla existencia. Libre en el aire del campo, cuando la aurora despiertas, y con las primeras sombras del crepúsculo te albergas: los gozadores del mundo, los que esas ciudades pueblan, cierran sus ojos al día; la noche los desenfrena. Tú eres la hija del ambiente, y del alba, y de las frescas florecillas amorosas que abril y mayo despliegan. Familiar, pura y sencilla, Dios no puso en ti defensa, y dijo, porque te amaran: «Anuncia, la primavera, »y engéndrese en ti el instinto »de la emigración, y lleva »tu mensaje a cien regiones, »sin errar nunca la senda. »Cruza mares y desiertos, »las ruinas visita, y llega »al asilo en donde mora »la paz en santa modestia.» ¡Y fuiste! Y sin duda el dedo, de la sabia Omnipotencia trazó en el aire el camino que a cien regiones te lleva... Misterios son tus jornadas, viajes de escondida ciencia, a donde sólo te sigue la inspiración del poeta. ¡Oh mi mansa golondrina y mi dulce compañera! ¡Bienvenida seas al techo del triste que te desea; y así tus hijuelos guarden memoria de mi vivienda, como yo de ti me acuerdo en los meses de tu ausencia!