Versos Spanish Antonio Ros de Olano La pajarera

Spanish poem

La pajarera

by (1808–1886)

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EL POETA. No vuelvas a la líquida morada virgen del lago que a los aires subes... Sigue sobre la niebla reclinada: nunca te arropen las flotantes nubes...

LA VISIÓN.Mi viaje es a la nada.

EL POETA.Como el halcón tras de la garza huida, por los espacios seguiré tu vuelo; alas de amor impulsan mi subida; si al cielo vas, te prenderé en el cielo...

LA VISIÓN. Es la mayor caída.

EL POETA.Sepa quién eres, virgen de halagüeños ojos, que antes me veló el rocío; leve cendal revela tus pequeños redondos pechos, al intento mío...

LA VISIÓN.El hada de los sueños.

EL POETA.¡Ah! yo te miro en la extensión lejana, muy más hermosa cuanto más desnuda...- ¿Huyendo vas la sensación humana?- ¿Teme tal vez tu corazón la duda?...

LA VISIÓN.El tedio de mañana. Yo soy la garza que el halcón sujeta, viendo los horizontes más lejanos: cuando me alcance tu ambición inquieta, ¡acuérdate! se quebrará en tus manos la lira del poeta.

ALERTA! ¡alerta! Que al grito de dolor también despierta.

Al lado de la vida Duerme la muerte... ¡Guarda que la dormida

no se despierte! la vida humana vive sólo en el sueño de su otra hermana. -¡Alerta! ¡alerta! ¡Que la que duerme, pronto se despierta!

Nos esperan hazañas, gloria y despojos... Guardad vuestras cabañas; secad los ojos, madres y esposas; que, como sois sencillas, ¡Estáis llorosas! -¡Alerta! ¡alerta! ¡Nadie al amor su corazón convierta!

Troquemos nuestros lares por la esperanza; mirad cómo los mares brindan bonanza. Boguen las flotas hasta las de oro y perlas playas remotas.- -¡Alerta! ¡alerta! que en el mar la ambición no siempre acierta.

Hijos desheredados del Paraíso, corremos afanados tras lo preciso... Y a la fortuna pedimos nuestros fueros desde la cuna. -¡Alerta! ¡alerta! Que del Edén cerrada está la puerta.

Páramo sin caminos es la existencia, y vamos peregrinos tras nuestra herencia... Y andando, andando, nos derriba la muerte sin saber cuándo. -¡Alerta!... ¡alerta!... Que está la tumba a nuestros pies abierta.

Notas sueltas

Ya el golpe de las olas no estremece la roca en que me siento... Es la tarde: la noche se avecina... La brisa desfallece, y abate el mar su crespo movimiento.

Salen de Oriente formas soñolientas, y queda sólo, al lado de Occidente, como enlace del día con la noche, el luminoso broche del menguado crepúsculo muriente.

Cual pequeñuelo en encantada cuna, dormí en la peña al son de la onda brava, olvidado del tiempo y la fortuna; y he despertado ahora, al dibujarse la creciente luna.

¡Luz cenital de todas las esferas! ¡Dios de la creación! Bajo tu manto el Universo va... Tu luz le guía...

-¿Dónde está aquel lucero, perpetua causa de dolor y llanto, primera culpa de mi amor primero?

¡Oh, fosas olvidadas, donde solos están los huesos quietos de las gentes pasadas!... ¡Cuántos guardáis, dulcísimos secretos de esperanzas y dichas malogradas!

La noche envuelve el mundo... Siento frío... ¡Inmensa soledad! tuya es la pena universal que llora en el rocío... Tuya será también la paz serena que de la muerte aguarda el pecho mío.

En el oasis de Oriente enturbia la limpia fuente El beduino, y, al susurro de una palma, apaga la sed del alma el peregrino.

Paloma: cuando el aire cruzar te veo, siento melancolía... No sé qué siento... ¡Vas solitaria vagando por los aires como mi alma!

¿Por qué me duele la vida? ¿Por qué me duele? ¡ay de mí! ¿Por qué pensar sin descanso? ¿Por qué naciste y nací?

Ave que te lanzaste, del primer vuelo, a desplegar tus alas por el desierto... Perdida tórtola, ¡el desierto no tiene fuente ni sombra!

El árbol a la fuente protegía, dando apacible sombra a su venero; pero la fuente de la sombra huía a la voz del arroyo lisonjero. El arroyo, que alegre discurría, vióla llegar y la besó el primero; de allí fue al lecho de agitado río, y éste la sepultó en el mar bravío.

I

Mientras te llaman Dolores, los galanes vierten flores A tus pies... Mas mi edad es la experiencia... ¡Y la tuya la inocencia sólo es!

II

Las edades y el destino nos van marcando el camino del amor... ¿Dónde está el bien de la vida, si la esperanza cumplida da dolor?

III

Navega amor en bonanza, y le grita la esperanza: «¡Ven acá!...» ¡Llegar al puerto es su daño!... Que allí dice el desengaño: «¡Quita allá!»

Padre, vino a la comarca, después de la guerra última, cierto capitán inválido y con él una hija suya. Vinieron siendo ella niña (diez años ha fue la lucha); y hoy el pobre veterano ya apenas a andar se ayuda; mas la hija en que se apoya, por ser su planta insegura, parece lleva en el alma las diez primaveras juntas. Siempre que los hallo al paso, el anciano me saluda; mas la tímida doncella no eleva los ojos nunca. María es su dulce nombre, y no lo ignoráis sin duda, pues siendo vos cura de almas conoceréis la más pura. Llegad, padre, a su morada, que en vos el hábito excusa pisar el dintel sagrado, do nunca entró la calumnia; hablad al padre y la hija en nombre del que os anuncia que elige por compañera si su mano no rehúsa, a la hija virtuosa del inválido, en que acusan honra y valor de soldado, pobreza y heridas juntas. La respuesta que él os diere, juzgad bien, por las arrugas de su frente apesarada, si a su corazón se ajusta. Esto cumple a mi conciencia; procurad vos que se cumpla, pues no siempre entra el contento donde llama la fortuna... Y decidme si María me manda en respuesta muda, una rosa de su alma en cada mejilla púdica.

Cantó anoche Serenita... ¡Qué cantar, válgame Dios! Cantábame una playera que su madre le enseñó... salía de su garganta en cada nota un dolor, y, al reprimir los suspiros, era tan triste su voz, que, cuando espiró en su boca, me temblaba el corazón...

-¡Serenita, abre los brazos!... -¡Ah!... caballero, eso no: hija soy yo del gitano y usía es todo un señor. -Serenita, abre la mano; toma, y publica que yo las tristezas que me canta las pago con un favor. Adiós, adiós, Serenita... -Adiós; caballero, adiós.

I

Entre el llanto y la risa media un quejido; de la vida a la muerte sólo un suspiro.

II

Cuando recuerdo la historia de mi vida por el mundo, no hallo ni un solo segundo sin pesar en mi memoria; y cual si hubiese tenido otra existencia anterior, siento nostalgias de amor de otro mundo en que he vivido.

III

A un pajarillo oprimía un niño en su amor tirano, y al verlo ahogado decía: ¡Desdichada totovía, que se me ha muerto en la mano!

IV

¡Allá voy! ¿De dónde vino voz soltada en el desierto al paso del peregrino?... Fue la voz del hijo muerto delante de su camino.

Hay una tumba en un monte, donde tan sólo es sagrada la poca tierra ocupada por el cuerpo que allí está... Dando espalda al horizonte, ha tiempo que un pastor zafio, deletrea el epitafio, y al cabo lee... ¡Soledad!

Oigame, señor mío, y abra esa mano más limpia que la plata que estoy mirando... bajo los dedos con mi segunda vista miro el dinero.

Yo soy la gitanilla que canta y llora, según lo pida el gusto del que la oiga. Al son que pidan cantan, lloran o rezan mis seguidillas.

Para las ocasiones traigo la prueba; hablan como cotorras mis castañuelas. Alzo el pandero, me remonto en el aire y allí me cierno.

Primer cantar

«Donde pacen los toros »y los corderos, »y es cuna de pastores, »sierra de Gredos, »el cielo azul »ve escondida una choza »junto a una cruz.

»Cuando a la pastorcilla, »hija del sol, »cayéronse las alas »del corazón, »pasaba sola »sentada en aquel sitio »horas y horas.»

Yo soy la gitanilla que llora o canta, a medida del gusto de quien le paga. Las mismas coplas, según quien las escucha, cantan o lloran.

Segundo cantar

«Volaba una paloma... »blanca y sin hiel... »madre, y me dio tristeza »no sé por qué... »¿A dónde y sola, »cuando ya anochecía, »fue la paloma?

»Con el alma en los ojos »le seguí el vuelo, »y la perdí de vista »lejos, muy lejos. »Llévame, madre, »donde nunca me acuerde »de aquella tarde.»

Yo soy la gitanilla que canta o ríe, a medida del gusto de quien lo pide... Mas yo por dentro, cuando canto o me río, sé lo que siento.

Tercer cantar

«¡Florecillas del monte! »Almas de niños

»parecéis en el suelo »do habéis nacido... »La niña andaba »distraída pisando »sobre esas almas.

»Bendita la inocencia »mientras sonríe... »Porque tan solamente »sabe que existe... »Y existir sólo, »es extender las alas »de un mundo a otro.

»Cuando tras la sonrisa »nace el suspiro, »ya tenemos memoria »de un bien perdido... »Con el dolor »se nos caen las alas »del corazón.»

»Yo soy la gitanilla »que anda en el aire...

»Dígame quien bien quiera »que cante o baile...»- La gitanilla dijo, y se fue bailando sus seguidillas.

A la sombra de un chopo yace un gitano, tendido boca arriba, muerto o borracho; y por la boca, la nariz y los ojos le andan las moscas.

Decir solemos de la mar que es fiera, porque obedece al atrevido viento; y es claro espejo en esta baja esfera donde se mira y goza el firmamento. La mar es mansa, es limpia, es placentera, si no la enturbia el huracán violento; cual la mujer es vaso de hermosura hasta que apaga nuestra sed impura.

Doncellas de la aldea: soy el viejo gaitero que marcha siempre al instrumento unido.- ¡Qué olor el que recrea por todo el limpio ejido!... ¡Claro me dice que lo habéis barrido con fajos de romero!- Para empezar la danza un beso os pido: ¿Cuál de vosotras me dará el primero?

-¡Pues no poco desea el anciano gaitero, porque toca!...

-¡Tomad el instrumento, soplad y dadle viento, y, por mucho que estéis dale que dale, veréis cuán poco os vale la gaita para el canto y movimiento!

Las muchachas, al ver que enflaquecía la gaita entre sus manos hasta quedarse afónica y sin panza... Exclamaron al fin:-¡Ahí queda eso! Cada cual al gaitero le dio un beso, y comenzó la danza.

Al lado de la noche está el sigilo, noche y sigilo que la flor anhela para beber la miel que cae del cielo y el perfume que vuela. Es la noche, y mi canto va tranquilo a ti, flor, que lo coges en su vuelo. ¡Mennhana! ¡Mennhana!

Blancos tus dientes son como las hojas de la flor del azahar: de vida llenas, por tus redondos brazos sonrosados crúzanse azules venas; y esbelta corres con tus pies desnudos más que mi yegua al trasponer los prados. ¡Mennhana! ¡Mennhana!

Tu voz me encanta y de tus besos vivo, y tu pecho turgente se subleva y grita ¡amor! y con placer aspira el viento que mis cánticos te lleva, cual bebe la gacela en el verano el agua dulce en que a la vez se mira. ¡Mennhana! ¡Mennhana!

Son ébano luciente tus cabellos, tu aliento es ámbar, y marfil y seda tus manos y tu cuello, amada mía... Para que nada entristecerte pueda, dime, tú, qué te falta, entre los bellos inánimes tesoros que Alá cría. ¡Mennhana! ¡Mennhana!

Hoy mi hermano el menor vendrá temprano sus camellos cargados con riqueza de perfumes, collares y tejidos, del Sultán gentileza... Y cuanto traiga de Bagdad mi hermano yo te daré entre ruegos repetidos... ¡Sultana, Mennhana!

Y me darás tú en cambio tu hermosura, y besaré tus pechos de azucenas, que en medio tienen un botón de rosa que se destaca apenas. ¡Y nunca el lecho del que amor te jura rival ninguna partirá orgullosa! ¡Sultana, Mennhana!