Spanish poem
De gemidos quejumbrosos
I.
Y al eco de las campanas Que en el se va repitiendo, Los esqueletos se rompen, De mis pálidos recuerdos! Será cierto que pasaron, Y para siempre murieron? ¿Es verdad que cuanto toco, Cuanto miro y cuanto quiero Todo ilusion me parece, Todo me parece un cuento!.. Y que tuve un tiempo madre Y que ora ya no la tengo... Tambien un sueño parece, ¡Pero qué terrible sueño!
Ayer en sueños te ví... Que triste cosa es soñar, Y que triste es despertar De un triste sueño... ay de mí!
Te ví... la triste mirada, Lánguida hácia mí volvias, Bañada en lágrimas frias, Hijas de la tumba helada.
Y parece que al mirarme, Con tu mirada serena, Todo el raudal de mi pena Se alzaba para matarme.
Y tambien me parecia Que tu acento desolado,
Llegando hasta mí pausado; —Ya estoy muerta!—repetia.
Y al repetirlo, gimiendo El eco en el hondo abismo De mi pecho, iba asi mismo —Ya estoy muerta!—repitiendo.
Y que terror... que quebranto Aquel eco me causaba... Llegué á pensar que me hallaba, En la region del espanto.
Y aun que era mi madre aquella, Que en sueños á ver tornaba, Ni yo amante la buscaba, Ni me acariciaba ella.
Allí estaba sola y triste, Con su enlutado vestido, Diciendo con manso ruido: —Te he perdido y me perdiste.—
Y llorabamos... ¡qué horror! Llorabamos de tal suerte; Ella lágrimas de muerte, Yo lágrimas de dolor.
Todo en osco apartamiento, Como si una estraña fuera, O cual si herirme pudiera, Con el soplo de su aliento.
Y es que el sepulcro insondable, Con sus vapores infectos, Mediaba entre ambos afectos, De un origen entrañable.
Aun en sueños! tan sombría, La contemplé en su ternura, Que el alma con saña dura, La amaba y la repelia.
A la dulce, á la sin par Madre que me llevó el cielo! Ah! que amargo desconsuelo Debe su tumba llenar!
Aquella á quien dió la vida, Tener miedo de su sombra! Es ingratitud que asombra, La que en el hombre se anida!
Mas tú que tanto has amado, Tú que tanto has padecido, Tú que nunca has ofendido, Y que siempre has perdonado.
A la que nació en tu seno Sé que no guardas rencores; Tú toda mieles y amores, Aun de la tumba en el cieno.
Ruega, ruega á Dios por mí, Desde tu lecho de espinas, Por donde al cielo caminas Al alejarte de aquí.
Y cuando al Dios de ternura, Llegues de gracia cubierta, Dile no cierre su puerta A esta humilde criatura.
Por que en santa paz unidas, Donde no hay penas ni olvido, Gocemos en blando nido, Las glorias desconocidas.
Como en un tiempo dichoso Fuí al campo por la mañana, Que estaba hermosa y risueña, Que fresca y galana estaba; Fuíme al romper de la aurora, Cuando tocaban al alba, Cuando aun los hombres dormian Y los jilgueros cantaban Saltando de rosa en rosa, Volando de rama en rama.
Con su murmurio apacible, Solita la fuente estaba, Bajo el castaño frondoso Que tiernamente la guarda. Y estaba la verde yerba Toda cubierta de escarcha. Las ténues lejanas nieblas Cual vaporosos fantasmas, Vagaban tristes y errantes Sobre las altas montañas.
El lejano campanario Sobre las nieblas se alzaba, Con sus graciosos festones, Con su armoniosa campana. Y en torno el humilde templo, Bajo su sombra guardadas, Veianse humildes chozas, Aun mas que la nieve blancas.
¡Cuánta pureza en la atmósfera! Cuanta dulcísima calma, Del cieio azul descendiendo, En torno se respiraba! Mas yo vestida de luto Y aun mas enlutada el alma, Bajo las ramas del bosque Bajo las ramas paseaba Soñando en sueños de muerte Que nos rasgan las entrañas. Paseaba yo silenciosa, Paseaba yo solitaria. Mientras las aguas del rio Camino del mar rodaban. En vano, en vano buscando Al ángel de mi esperanza Que con sus alas ligeras, Hácia los cielos tornara.
Pobre ángel! pobre ángel mio... Cuanto en la tierra te amaba!
¿Mas cómo no amarte cuando Tus alas me cobijaban, Si fueron ellas mi cuna, La cuna en que me arrullabas. Si fueron mi dulce aliento Y el paño, ay! Dios! de mis lágrimas! Hora corren hilo á hilo, Hora mis megillas bañan, Bañan la tierra que piso Y en su amargura me empapan, Mas nadie viene, ángel mio, Ay! nadie viene á enjugarlas.
Tras la cerrada ventana, Y un enlutado vestido Que cual desgajada rama Pende en la muda pared Cubierto de blancas gasas. No está mi casa desierta, No está desierta mi estancia... Madre mia... madre mia, Ay! la que yo tanto amaba, Que aun que no estás á mi lado Y aunque tu voz no me llama, Tu sombra si, si... tu sombra, Tu sombra siempre me aguarda!
Muchos lloran, y lloran, y se quejan, Y entre quejas, y llantos, y suspiros, Que hijos son del dolor, La ruda fuerza del dolor mitigan, Cantando al son de lira cariñosa Con plañidera voz. Yo ni lloro, ni canto, ni me quejo, Mas en mi seno recogida guardo La hiél del corazon; Y por eso, vivir, vivo muriendo, Que sentir nadie sin morir pudiera, Ay! lo que siento yo!
Rosalia Castro de Murguia.