Spanish poem
II (Pobre alma sola, no te…)
Pobre alma sola, no te entristezcas, Deja que pasen, deja que lleguen La primavera y el triste otoño, Ora el estío y ora las nieves.
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Que no tan sólo para ti corren Horas y meses; Todo contigo, seres y mundos, De prisa marchan, todo envejece.
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Que hoy, mañana, antes y ahora, Lo mismo siempre, Hombres y frutos, plantas y flores, Vienen y vanse, nacen y mueren.
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Cuando te apene lo que atrás dejas, Recuerda siempre Que es más dichoso quien de la vida Mayor espacio corrido tiene.
No va solo el que llora. No os sequéis, por piedad, lágrimas mías; Basta un pesar al alma, Jamás, jamás le bastará una dicha.
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Juguete del destino, arista humilde, Rodé triste y perdida; Pero conmigo lo llevaba todo: Llevaba mi dolor por compañía.
«¡La copa es de oro fino, El néctar que contiene es de los cielos!» Dijo, y bebió con ansia Hasta el último sorbo de veneno.
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¡Era tarde!; después ardió su sangre Emponzoñada, y muerto, Aun rojiza brillaba en su sepulcro La llama inextinguible del deseo.
¡Ea!, ¡aprisa subamos de la vida La cada vez más empinada cuesta! Empújame dolor, y hálleme luego En su cima fantástica y desierta.
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No, ni amante, ni amigo, Allí podrá seguirme; ¡Avancemos!... ¡Yo ansío de la muerte La soledad terrible!
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Mas ¿para qué subir?; fatiga inútil Cuando es la vida fatigosa llama, Y podemos, ¡poder desventurado!, Con un soplo levísimo apagarla.
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Ruge á mis pies el mar, ¡soberbia tumba! La onda encrespada estréllase imponente Contra la roca, y triste muere el día Como en el hombre la esperanza muere.
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¡Morir!; esto es lo cierto; Y todo lo demás mentira y humo; Y del abismo inmenso, Un cuerpo sepultóse en lo profundo.
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Lo que encontró después posible y cierto El suicida infeliz, ¿quién lo adivina? ¡Dichoso aquel que espera Tras de esta vida hallarse en mejor vida!
Yo no he nacido para odiar, sin duda, Ni tampoco he nacido para amar, Cuando el amor y el odio han lastimado Mi corazón de una manera igual.
Como la peña oculta por el musgo De algún arroyo solitario al pie, Inmóvil y olvidada, yo quisiera Ya vivir sin amar ni aborrecer.
Cayendo van los bravos combatientes Y más se aclaran cada vez las filas. No lloréis, sin embargo; En el vacío que los muertos dejan Otros vendrán á proseguir la liza.
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¡Vendrán!...; mas presto del vampiro odioso Destruid las guaridas, Si no queréis que los guerreros vuelvan Tristes y obscuros á morir sin gloria Antes de ver la patria redimida.
Viendo que, semejantes á las flores Que el huracán en su furor deshace, Éstos, después de aquéllos, Llenos de vida y de esperanzas caen Al entrar en la lid donde con gloria Por la patria combaten,
Tal como el pobre abuelo que contempla Del nietezuelo amado los despojos, Exclamó alzando la mirada al cielo De angustia lleno y doloroso asombro: —¡Pero es verdad, Dios mío, que ellos mueren Y quedamos nosotros!
En la Corona fúnebre de Andrés Muruais, 1883.
Más rápidos que el rayo, Más alados que el viento, Inquietos vagamundos que no pueden Refrenar nunca el inconstante vuelo, Así descienden de la mar al fondo Como escalan la altura de los cielos.
Mas si son impalpables é incorpóreos Y múltiples y varios, ¿Por qué llamarles pensamientos negros Ó pensamientos blancos, Si no tienen color, esos del alma Invisibles Eternos é invisibles soberanos?
Hora tras hora, día tras día, Entre el cielo y la tierra que quedan Eternos vigías, Como torrente que se despeña Pasa la vida.
Devolvedle á la flor su perfume Después de marchita; De las ondas que besan la playa Y que unas tras otras besándola expiran, Recoged los rumores, las quejas, Y en planchas de bronce grabar su armonía.
Tiempos que fueron, llantos y risas, Negros tormentos, dulces mentiras, ¡Ay! ¿En dónde su rastro dejaron, En dónde, alma mía?
Tan sólo dudas y terrores siento, Divino Cristo, si de Ti me aparto; Mas cuando hacia la Cruz vuelvo los ojos, Me resigno á seguir con mi calvario. Y alzando al cielo la mirada ansiosa Busco á tu Padre en el espacio inmenso, Como el piloto en la tormenta busca La luz del faro que le guíe al puerto.