Spanish poem
Revelación
by Rubén Darío
En el acantilado de una roca que se alza sobre el mar, yo lancé un grito que de viento y de sal llenó mi boca:
A la visión azul de lo infinito, al poniente magnífico y sangriento, al rojo sol todo milagro y mito.
Y sentí que sorbía en sal y viento como una comunión de comuniones que en mí hería sentido y pensamiento.
Vidas de palpitantes corazones, luz que ciencia concreta en sus entrañas, y prodigios de las constelaciones.
Y oí la voz del dios de las montañas que anunciaba su vuelta en el concierto maravilloso de sus siete cañas.
Y clamé y dijo mi palabra: «¡Es cierto, el gran dios de la fuerza y de la vida, Pan, el gran Pan de lo inmortal, no ha muerto!»
Volví la vista a la montaña erguida como buscando la bicorne frente que pone sol en l'alma del panida.
Y vi la singular doble serpiente que enroscada al celeste caduceo pasó sobre las olas de repente
llevada por Mercurio. Y mi deseo tornó a Thalasa maternal la vista. Pues todo hallo en la mar cuando la veo.
Y vi azul y topacio y amatista, oro, perla y argento y violeta, y de la hija de Electra la conquista.
Y escuché el ronco ruido de trompeta que del tritón el caracol derrama, y a la sirena, amada del poeta.
Y con la voz de quien aspira y ama, clamé: «¿Dónde está el dios que hace del lodo con el hendido pie brotar el trigo,
que a la tribu ideal salva en su éxodo?» Y oí dentro de mí: «Yo estoy contigo, y estoy en ti y por ti: yo soy el todo».
EN ELOGIO DEL ILMO. SR. OBISPO DE CÓRDOBA, FR. MAMERTO ESQUIU, O. M,
Un báculo que era como un tallo de lirios, una vida en cilicios de adorables martirios, un blanco horror de Belcebú, un salterio celeste de vírgenes y santos, un cáliz de virtudes y una copa de cantos, tal era Fr. Mamerto Esquiú.
Con su mano sagrada fué a recoger estrellas. Antes cansó su planta, dejando augustas huellas, feliz Pastor de su país; ahora corta del Padre las sacras azucenas; sobre esta tierra amarga, cogía a manos llenas las florecillas del de Asís.
¡Oh luminosas Pascuas! ¡Oh Santa Epifanía! ¡Salvete flores martyrum! canta el clarín del día con voz de bronce y de cristal: Sobre la tierra grata brota el agua divina, la rosa de la gracia su púrpura culmina sobre el cayado pastoral.
Crisóstomo le anima, Jerónimo le doma; su espíritu era un águila con ojos de paloma; su verbo es una flor. Y aquel maravilloso poeta, San Francisco, las voces enseñóle con que encantó a su aprisco en las praderas del Señor.
Tal cual la Biblia dice, con címbalo sonoro, a Dios daba sus loas. Formó su santo coro de Fe, Esperanza y Caridad: Trompetas argentinas dicen sus ideales, y su órgano vibrante tenía dos pedales, y eran el Bien y la Verdad.
Trompetas argentinas claman su triunfo ahora, trompetas argentinas de heraldos de la aurora que anuncia el día del altar, cuando la hostia, esa virgen, y ese mártir, el cirio, ante su imagen digan el místico martirio, en que el Cordero ha de balar.
Llegaron a su mente hierosolimitana, la criselefantina divinidad pagana, las dulces musas de Helicón; y él se ajustó a los números severos y apostólicos, y en su sermón se escuchan los sones melancólicos de los salterios de Sión.
Yo, que la verleniana zampoña toco a veces, bajo los verdes mirtos o bajo los cipreses, canto hoy tan sacra luz; en el marmóreo plinto cincelo mi epigrama, y bajo el ala inmensa de la divina Fama, ¡grabo una rosa y una Cruz!