Spanish poem
Visión
by Rubén Darío
Tras de la misteriosa selva extraña vi que se levantaba el firmamento horadada y labrada una montaña.
Que tenía en la sombra su cimiento. Y en aquella montaña estaba el nido del trueno, del relámpago y del viento.
Y tras sus arcos negros el rugido se oía del león. Y cual obscura catedral de algún dios desconocido,
aquella fabulosa arquitectura formada de prodigios y visiones, visión monumental me dió pavura.
A sus pies habitaban los leones; y las torres y flechas de oro fino se juntaban con las constelaciones.
Y había un vasto domo diamantino donde se alzaba un trono extraordinario sobre sereno fondo azul marino.
Hierro y piedra primero y mármol pario luego, y arriba mágicos metales. Una escala subía hasta el santuario,
de la divina sede. Los astrales esplendores las gradas repartidas de tres en tres bañaban. Colosales
aguilas con las alas extendidas se contemplan en el centro de una atmósfera de luces y de vidas.
Y en una palidez de oro de luna una paloma blanca se cernía, alada perla en mística laguna.
La montaña labrada parecía por un majestuoso Piraneso Babélico. En sus flancos se diría
que hubiese cincelado el bloque espeso el rayo; y en lo alto enorme friso de la luz recibía un áureo beso,
beso de luz de aurora y paraíso. Y yo grité en la sombra:—¿En qué lugares vaga hoy el ama mía?—De improviso
surgió ante mí, ceñida de azahares y de rosas blanquísimas, Estela, la que suele surgir en mis cantares.
Y díjome con voz de filomela: —No temas: es el reino de la Lira de Dante; y la paloma que revuela
en la luz es Beatrice. Aquí conspira todo al supremo amor y alto deseo. Aquí llega el que adora y el que admira.
—¿Y aquel trono, le dije, que allá veo? —Ese es el trono en que su gloria asienta ceñido el lauro el gibelino Orfeo.
Y abajo es donde duerme la tormenta. Y el lobo y el león entre lo obscuro encienden su pupila, cual violenta
brasa. Y el vasto y misterioso muro es piedra y hierro; luego las arcadas del medio son de mármol; de oro puro
la parte superior, donde en gloriosas albas eternas se abre al infinito la sacrosanta Rosa de las rosas.
—¡Oh bendito el Señor!—clamé—bendito, que permitió al arcángel de Florencia dejar tal mundo de misterio escrito
con lengua humana y sobrehumana ciencia, y crear este extraño imperio eterno y ese trono radiante en su eminencia, ante el cual abismado me prosterno. ¡Y feliz quien al Cielo se levanta por las gradas de hierro de su Infierno!
Y ella:—Que este prodigio diga y cante tu voz.—Y yo:—Por el amor humano he llegado al divino. ¡Gloria al Dante!
Ella, en acto de gracia, con la mano me mostró de las águilas los vuelos, y ascendió como un lirio, soberana
hacia Beatriz, paloma de los cielos. Y en el azul dejaba blancas huellas Que eran a mí delicias y consuelos.
Y vi que me miraban las estrellas!