Spanish poem
Carta Al Sr. D. Pedro A. De Alarcón, Acerca De La Poesía
Amigo, cedo al fin. Los que dispersos Entregué al aire vano En mi edad juvenil fútiles versos, Hoy con piadosa mano Recojo y cierro en el modesto libro, Que al triste olvido de la edad entrego, O al duro fallo de los tiempos libro. Lo engendré en la nocturna Fiebre de mis pasiones primerizas, Y hoy guardo en él, como en sagrada urna, Del corazón las cálidas cenizas. En él están mis infantiles sueños, El laurel disputado en arduas lizas, De la osada ambición locos empeños, Le fe jurada, la esperanza muerta, La aspiración incierta, Los horizontes del amor risueños: Cuanto amé y esperé. Huecas y frías En el oído extraño, Ajeno a mi placer, sordo a mi daño, Sonarán siempre las canciones mías; Pero, al volver sus páginas, yo encuentro Mi gozo entre ellas o mi antigua angustia, Cual suele hallarse dentro De un olvidado libro una flor mustia.
Yo cobarde no oculto Mi fe en ti, desdeñada Poesía, Ni el ciego amor y el fervoroso culto Con que en tus aras me postré algún día: No reniego de ti cuando la mofa, Cuando el villano insulto Responden sólo a tu vibrante estrofa: No aparto de mi labio De tu cáliz de hiel las negras heces, Ni te abandono al miserable agravio, O a las burlas soeces Del vulgo, indigno de tu noble estro; Y cuando ante el siniestro Tribunal vas de tus inicuos jueces Yo, discípulo tuyo, por tres veces No negaré al Maestro.
¡Santa palabra de Jehová!
Con ella Moisés cantó el enojo Con que borró de Faraón la huella En sus líquidos antros el Mar-Rojo: Con ella sobre Nínive, sujeta Al yugo del pecado, y sobre Tiro, Y en la ancha plaza de Sidón inquieta, Quejumbroso suspiro O eterna maldición lanzó el Profeta: Con ella junto al cauce Del extranjero río, su salterio Colgando al tronco del umbroso sauce, Lloró Judá su amargo cautiverio: Con ella dijo su doliente cuita Job a la inmunda fiera del desierto; Y con ella la hermosa Sulamita Cantó al amor en su cercado huerto.
¡Numen severo de la historia!
Vive Todo lo que el poeta Con sabio ritmo sonoroso escribe; Muere lo que desdeña! Allá, en la vaga Muda extensión del páramo infinito, La soberbia pirámide naufraga: La esfinge de granito Se hunde en la arena movediza; el verde Musgo los templos de Ática sepulta: La corva reja del arado muerde Las feraces colinas Donde su oprobio Babilonia oculta: El rebaño del árabe se pierde Entre las vastas ruinas Que cubren tus llanuras, oh Cartago; Mientras que en las vecinas Costas de Italia, con el propio estrago, Tu egregia vencedora, La Reina de las águilas latinas, Sola, entre tumbas profanadas llora.
Envuelta en el sudario De un vergonzoso olvido, Fuera la Tierra el miserable osario De las humanas razas, si el gemido O el cántico de gloria De los antiguos vates, Eco veraz de la solemne historia. No nos trajera en clamoroso ruido Sus fragorosas ruinas y combates, Ayes de muerte y gritos de victoria. De un siglo al otro siglo el viento lleva En las vibrantes cuerdas de la lira, La predicción de la esperanza nueva O el triste llanto de la edad que expira, Y como en la callada Soledad de las noches de astro en astro Vuela el pálido rastro De la luz increada, Así el vate, en la oscura Noche del tiempo que el pasado esconde, Habla a los bardos de la edad futura, Y Ossián los cantos de Ilión murmura Y Dante al salmo de David responde.
¡Hija de la Belleza!
A la alborada De blanca luz ceñida, A la aurora de púrpura bañada, Y en la tarde apagada De húmeda niebla y de vapor vestida. Son sus joyas las perlas del rocío, Las flores son sus galas, Su claro espejo el trasparente río, Los céfiros sus alas. Las rojas nubes sus movibles tiendas, Su blanda cuna las inciertas olas, Y el ancho espacio las etéreas sendas Por donde marcha a solas. Gime en la selva que estremece el viento, Triste en la fuente solitaria llora, Canta del ave en el alegre acento, Ríe en la luz de la naciente aurora; Y cuando cruza con callado vuelo La tierra, el mar o el cielo, Todo un ritmo sonoro Vibra al compás del cadencioso metro, Y en luminoso coro Van las estrellas de oro Rodando en torno a su extendido cetro.
¡Hija del sentimiento!
En la indecisa Vaguedad del espíritu: en la calma De la conciencia justa: Del débil niño en la infantil sonrisa; En los deliquios lánguidos del alma; Del corazón en la soberbia augusta: En la ira noble, en el amor materno, En la ansia no cumplida, En los hastíos de la humana vida Y en el místico amor de un bien eterno: En el lóbrego abismo, Cárcel que la pasión fiera quebranta, En el grito febril del heroísmo, Y en la oculta virtud, callada y santa, Como en el crimen mismo, Ella, la Poesía, Surge y cruza sombría, Y el puñal blande o la oración murmura: Ciñe a la virgen los nupciales velos: Solloza en la olvidada sepultura, Y, en los humanos duelos, Con la tendida diestra A toda angustia inconsolable muestra La eterna luz de los abiertos cielos.
Tal, en la edad confusa En que a la vida el corazón despierta, Yo, la soñada Musa Vi en el umbral de la cerrada puerta, Que mi ambición ilusa Juzgó a la gloria y la esperanza abierta. No entré...pero en mi oído Sonó el grande ruido De los santos acordes celestiales; Y aun hoy, en este olvido Y en esta amiga sombra, Donde es la paz un díctamo a mis males, Entre el silencio escucho, y aun me asombra, El rumor de los himnos inmortales.
Tú, que has unido a ellos, Oh dulce amigo, tu canción sonora, Y alumbraste con vívidos destellos Esta noche del alma abrumadora: Brioso corazón que en las bastardas Horas sin fe que nos legó el destino, Inmaculado aun guardas De una alta estirpe el resplandor divino, Abre el libro y no temas, Al revolver las hojas De mis pobres poemas, Que ose en ellos cantar glorias supremas Ni supremas congojas. El débil numen que mi verso inspira Nunca osó ambicionar más noble palma Que traducir fielmente con la lira La efusión de mi alma.