Spanish poem
A mi madre
Como en la dura guerra del océano y huracán tonante, recuerda el navegante el quieto asilo de la dulce tierra; tal yo, madre querida, sola dulzura de mi triste vida, en este mar tempestüoso, inmenso de tedio y amargura, me vuelvo a ti y en tu cariño pienso, como en puerto de amor y de ventura. Y cuando más la pena me castiga, t al peso del tormento parece que se rinde el sufrimiento: ¡Ay! ¿dónde, dónde estás, mi única amiga, exclamo gemebundo, que a tu Clemente a consolar no vienes, tú que eres para mí todo en el mundo y cifras para mí todos sus bienes? Tú que eres de mi suerte en los rigores padre, amigos y amores, pues de todo me tiene despojado la fiereza del hado. ¿Adónde, adónde estás, para contarte mis desventuras mil parte por parte? Que mal podré, si a ti no lo confío, confiar a nadie el sentimiento mío; y años ha que me dijo la experiencia que no hay quien del que sufre, con espanto y presurosa planta no se aleje, cual católica turba del hereje a quien persigue el anatema santo. Mas tú que eres mi madre, que con ojos serenos nunca pudiste oír malos ajenos, que de dolor larga experiencia has hecho, y a quien no hay alabanza que no cuadre por tu sensible generoso pecho, leerás sin hastío los tristísimos versos que te envío desde el lejano suelo donde moro; antes los regará tu ardiente lloro, y mirarme quisieras a tu lado para darme el consuelo demandado, y a mi lloroso rostro dulce abrigo dar en tu seno amigo; como allá en mis niñeces cuando, en tu ausencia maltratado a veces, a tu encuentro llorando veloz iba a decirte mi agravio; y tú me consolabas compasiva, y mi oído halagabas con aquesos dulces acentos de sin par terneza, que sólo al dulce labio de una madre enseñó naturaleza, y mil me dabas regalados besos. Nací, y aún me arrullaban en la cuna, cuando a mi padre me robó la fiera enemiga Fortuna, cual si darme a entender así quisiera que a tan triste partida correspondiera el viaje de mi vida. ¡Ay! madre, y el deceno año apenas cumplí, cuando el malvado destino me arrancó a tu dulce lado, levándome a distante suelo ajeno! Hoy es, y aún a recordar me aflijo que, sin decir adiós a tu pobre hijo ni estrecharle a tu seno, del bajel con secreto te partiste, temiendo el trance de un adiós tan triste. ¡Cuánto con voces, cuánto no te llamé con alarido y llanto, al verte de repente en la barquilla que tornaba a la orilla, el lloroso semblante cubriendo, oh madre, con tu blanco lienzo! Y en tanto la ligera resonante nave iba ya rozando; San Lorenzo pronto pasó, doblando su carrera; y yo que contemplaba con ansiosa vista la costa, al fin no vi do quiera sino el cielo y la mar espacïosa. ¡Cuál entonces quedé, al pensar que a un tiempo de mi madre y mi patria me alejaba! ¡Cuánto apuró de aquella doble ausencia el profundo pesar! a mi presencia la extraña gente, con mi llanto pía, con blanda mano hiriéndome la frente, «¡pobre niño, decía, que de su dulce madre vive ausente!» De pueril turba juguetona y leda la bulliciosa rueda abandonar usaba de repente; y a llorar me apartaba, a llorar sin consuelo, que tu recuerdo y el del patrio suelo súbito me asaltaba; y recordaba los felices días cuando en la tarde ociosa, en el abierto corredor sentada, jugar con mis hermanos me veías. Y un lustro que duró tal pesadumbre el estar triste y solo hizo costumbre de sociedad esquivo y taciturno siempre y pensativo; pasó ya la tristeza a ser naturaleza, y la melancolía más profunda de entonces fue mi condición segunda. Di al fin la vuelta a mi país nativo, y de mi vida el júbilo más vivo, que, en descuento de tantas aflicciones, darme quiso la suerte, fue el de volver, tras de la ausencia, a verte: ¿Quién dirá la dulzura de ese instante, del largo abrazo estrecho en que a tu pecho confundí mi pecho y junté mi semblante a tu semblante; y uno y otro deshecho en dulcísimo llanto de alegría, nada más murmuraron nuestros labios que «hijo de mis entrañas», «madre mïa»? Y cuando de la patria la dulzura y el amor de la familia y tu cuidado a templar empezaban mi tristura, de la vida en la más secreta fuente me hirió con cruda saña enfermedad extraña que a la tumba me arrastra lentamente; pues a tornarme la salud primera vana la ciencia fue, como fue vano de Lima la perenne primavera abandonar por climas donde eterno extrema sus rigores el invierno. Mas con el dulce engaño siempre me ha lisonjeado la Esperanza de que, al nacer cada año, le saludara mi feliz mudanza: ¡Ay! que los años huyen, y ya el quinto empezó no distinto para mí de sus tristes compañeros; y otros tras él sucederán ligeros, sin que ninguno en su fatal hüida, me deje o traiga la salud perdida. Pero tales congojas, y mayores, paciente tolerase, si pudiera pábulo dar a mi afición innata al arte que con voces por colores creación retrata; pero mi mal lo veda inexorable, y, si sus leyes obstinado quiebro, agudísima espada atravesar parece mi cerebro, envuelta en parda nube la mirada, llenos de sordo estruendo los oídos, y turbadas potencias sentidos: tanto que pueden, dulce madre, apenas, poetizando mis extrañas penas y destino tirano, idear la mente y escribir la mano estos que a ti dedico versos rudos, de primor y elegancia tan desnudos. Para mayor tormento, se imagina donde quiera consuelos y divina felicidad mi arrebatada mente, que fácil se afervora y alucina, y es en todo por ella divisada la dicha que jamás encuentra en nada. Como goloso infante, viendo henchido de licor rubio el cristalino vaso que de su audaz inquieta mano acaso al alcance dejó servil olvido; si engañado le coge y bebe ansioso, en lugar de la miel apetecida que imaginó gustar, gusta rabioso el sabor de amarguísima bebida, destinada al provecho de enfermo preso en congojoso lecho; tal engañada el alma, halla tan sólo un sinsabor donde creyó un contento; y aunque padece sin cesar el dolo de suerte mofadora, dolores no le excusa el escarmiento, y en cada día un desengaño llora. Y ¡siempre así será! ¿de la ventura nunca veré el semblante? Y desde que del sol la lumbre pura mis ojos alumbró hasta que en oscura eterna sombra se hundan y alto sueño, ¿no habré de ser feliz ni un sólo instante? ¿Perenne desamor es mi destino? ¿Eterna soledad es mi camino? ¡Ay! tú mi adiós postrero sola recibirás, si ya no muero, para mi mayor daño, de ti distante y en país extraño; y solitario partiré del mundo, cual de grande ciudad triste extranjero parte, sin que de nadie se despida, ni brazos le den fieles el abrazo postrer de la partida de su breve morada en los dinteles, ni el usado lenguaje de labio alguno amigo oiga, que del vïaje como augurio feliz lleve consigo. ¡Cuántas veces, como él, solo me alejo de alguna gran metrópoli europea, y en largo lloro mis mejillas baño, al ver que a otras ciudades me encamino donde nadie me espera ni desea, donde será, como en aquélla, extraño el triste peregrino! Y este viaje que ignora dulce saludo y tierna despedida es una imagen fiel y dolorosa del viaje solitario de mi vida. Mas no me niegue el hado siquiera este consuelo de morir en mi patria y a tu lado, y en el regazo amado donde durmió mil veces pequeñuelo, incline tu hijo y hunda su pálida cabeza moribunda. Cuando, en muerte próxima y temprana, en la vecina iglesia triste doble de los agonizantes la campana; inmoble cuando sin alma esté mi cuerpo y cual cera amarillo; cuando, al sonoro impulso del martillo el postrer clavo mi ataúd taladre; cuando por fin con indolente priesa escondan mi cadáver en la huesa; me llorarás tú solamente, madre.
(1858)