Versos Spanish Clemente Althaus A mi padre

Spanish poem

A mi padre

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Si justo elogio sincero escucho en ajeno labio, que alaba en ti al caballero, al padre, al esposo, al sabio, al amigo y al guerrero; Con justa causa me aflijo, viendo que a extraños la suerte dio la dicha y regocijo de tratarte y conocerte, y no a mí que soy tu hijo. No, no hay desdicha ninguna como que la Parca aleve del tierno padre desuna a niño que aun duerme en cuna y humano alimento bebe. Dígalo yo, pues aun no hube el mes cuarto cumplido, cuando mi padre murió: todos le habéis conocido, ¡Oh hermanos, excepto yo! Al dolor que el pecho siente creces el recuerdo da de que, al nacer tu Clemente, estabas en viaje ausente de que no volviste ya. Y así jamás tierno beso en mi faz, oh padre, fue por tu amante labio impreso, ni en ser nunca me alegré de tus brazos dulce peso. Y agonizaste, lejano de tus hijos y tu esposa; ni cerrarte amiga mano los ojos, pudo amorosa, que nos buscaban en vano. Moriste entre extraña gente, a tu muerte indiferente: ¡Ah! ¡cuánto mas te valiera lidiando en batalla fiera, sucumbir gloriosamente! Si para consuelo nuestro existieras todavía, fuérasme en la vida diestro, amoroso, experto guía, y dulcísimo maestro. ¿Qué reprensión blanda y pía no me sonara en tu labio? Justo exceso, demasía del mismo amor, que no agravio, tu castigo me sería. ¡Con qué atención y placer las inmortales hazañas con que el antiguo poder y yugo de las Españas pudo América romper, Fuérame dado escucharte! Hazañas de que testigo mereciste ser y parte (con noble orgullo lo digo) por el denuedo, y el arte. Mas ¡ay de mí! que, en lugar de tan feliz y süave vida que pude gozar, odiada orfandad me cabe: ¡Desdicha inmensa y sin par! Que hizo más extraña y fuerte el que entonces no pudiera llorar, oh padre, tu muerte, que ni ese alivio siquiera quiso dejarme la suerte. Pues tan tierno simple infante preciar ni entender podía desventura semejante; y ¡acaso entonces reía mi ledo infantil semblante! ¡Ah! por qué la muerte en mí no se cebó, y el desierto de la vida huyendo así, ¡ah! por qué no te seguí, ¡apenas nacido, muerto! Por desgracia tan impía, sirve solo de consuelo pensar, oh padre, que un día te conoceré en el cielo.

(1855)