Spanish poem
Cristina, o sea Venganza y perdón de amor
A mi amigo el artista Francisco Laso
CANTO PRIMERO
Entre cuantas beldades, ora en prosa han sido celebradas, ora en rima, fue la mayor Doña Cristina Llosa, flor la más bella del jardín de Lima; que esta insigne ciudad, madre famosa de hechiceras beldades de alta estima, nunca engendró ni engendrará ninguna que tantas gracias y atractivos una. Breve boca de perlas y de grana; reluciente mejilla que púrpura con sus pinceles la Salud lozana; frente de lirios y de nieve pura: hermosura ninguna circasiana la igualara en las rosas blancura, que cierto no es que pálida o trigueña sea por fuerza la beldad limeña Díganlo mil a quienes Lima hoy debe el no perder su fama gloriosa, y en cuya faz, entre la blanda nieve, arde perenne la purpúrea rosa: dilo, tú, copia de la joven Hebe, de cuya tez fresquísima y lustrosa la imagen fiel contemplará quien eche hojas de rosa sobre blanca leche. Y dilo, ingrata, tú cuya cadena ha tanto tiempo que cautivo arrastro, con quien se ennegreciera la azucena y se ebanificara el alabastro: ni tan blanca su faz, tranquila y llena, muestra en verano de la noche el astro, citando la noche, con la luz que envía, es un segundo, pero fresco día. Tú, cuya pura virginal mejilla carmín delicadísimo colora, que al encendido rosicler humilla que tiñe las mejillas de la Aurora, por quien de envidia tornase amarilla la hija más bella de la bella Flora, cuando en campos que pinta primavera es reina de las flores altanera. Mas, aunque hablar de ti me sea grato, y pintar tu hermosura peregrina, preguntará el lector si acaso trato, en lugar del retrato de Cristina, de hacer en estos versos tu retrato; y como ella es ahora mi heroína, es bien que vuelva el verso de contado a seguir el retrato comenzado. Tuviera envidia a su flexible cuello el ave dulce que su muerte canta: su copioso larguísimo cabello hollarle puede su pequeña planta Dejárase por pie tan breve y bello hollar Amor gustoso la garganta: mas ya estoy en los pies ¡grave descuido! Cuando el semblante aún no he concluido. Su nariz (que es facción que vez muy rara se halla buena, de modo que nos mueve a rabia ver en tina hermosa cara luenga y corva nariz, o chata y breve) ni un punto de la línea se separa que una nariz perfecta seguir debe, y no fuera, a compás y a cincel hecha, ni más proporcionada ni derecha. Hasta la negra Envidia, a su despecho, la linda mano de marfil alaba, y el brazo hermoso y más hermoso pecho: mas ¡ay! que lo mejor se me olvidaba: sin ojos ¿qué retrato habrá bien hecho? mas, como ésta concluyo, en la otra octava sus ojos, buen lector, podré pintarte, que bien merecen una octava aparte. mas no atino a pintar, te lo confieso, esas oscuras vívidas centellas, y conozco que anduve bien sin seso en, prometerte la pintura de ellas; que es poco, aunque parezca grande exceso, decir que soles son, que son estrellas; y así nada diré, pues que me agrada mas que poco decir, no decir nada. En fin ella era tal, que dificulto que otra tan bella en todo Lima hoy halles, y esto aquí sea dicho sin insulto de tantos bellos soberanos talles: a verla y dar a Dios ardiente culto se paraban las gentes en las calles, exclamando: Bendito el Señor sea, ¡que tan divinas hermosuras crea! Mas, como no hubo ni hay nada perfecto en este bajo mando, borrón era de tantas perfecciones un defecto: ser la mujer más vana y altanera y más contraria al amoroso afecto que se ha visto jamás o verse espera, pues quien le dio de la beldad la palma olvidó darle un corazón y un alma. Y así, por dentro despiadada y cruda, la aparente beldad engañadora era estatua, de espíritu desnuda, era flor, si bellísima, inodora; pintura hermosa, pero inerte y muda, rico palacio donde nadie mora, suntuoso templo, de su dios vacío, bello cadáver, insensible y frío. Ansiaba merecer su blanca mano de galanes un número infinito: pero siempre su afán les salió vano; que al que el imperdonable atroz delito de pintarle su amor ciego y tirano osase de palabra, o por escrito, anhelando a los vínculos nupciales, colérica negaba sus umbrales. No valía con ella cosa alguna para que depusiera su dureza: buen nombre y opinión, ilustre cuna, valor, ingenio, honores y belleza, y hasta los mismos bienes de fortuna todo lo despreciaba su altiveza: ni ya más circunstancias enumero, dicho que despreciaba hasta el dinero. Nada puede vencer su horror secreto a Cupido, a quien teme al par que a Marte; no fue el dios niño de más odio objeto a la insensible bárbara Anaxarte; ni la cruda beldad de quien Moreto, con tan vivo pincel y feliz arte, pintó el desdén en la española escena, fue a la amorosa llama más ajena. Una vïuda ya y anciana tía, que de madre en lugar siempre ha tenido, de continuo, a elegir la persuadía entre tantos amantes un marido; mas la doncella con tenaz porfía a su prudente voz negaba oído: oigamos cómo la habla y aconseja, algunas veces la sensata vieja: «¿Por qué la edad de los amores tierna así malogras, y eximirte quieres de aquella ley universal y eterna que encadena varones y mujeres? Amor es el monarca que gobierna con blandísima ley todos los seres: amor, después de Dios, es el segundo conservador del venturoso mundo. »En aire, tierra y mar, pez, bruto y ave sienten de Amor las fecundantes llamas; plantas y árboles aman, en süave lazo uniendo las ramas a las ramas; amar la dura piedra también sabe, ¡y sola tú en el universo no amas, y tú monstruosa indiferencia sola la eterna ley del universo viola! »Ansiosa de lograr tu blanca diestra, la nobleza de Lima te visita, y a porfía su amor cada cual muestra, y agradarte a porfía solicita: pero tú, a todos a la par siniestra, con la crueldad más negra e inaudita, fieros desdenes sin cesar les haces, despreciando el honor de sus enlaces. »Pero, al eres discreta, dime ¿dónde, aunque le busques por el mundo entero, hallarás un esposo como el conde don Fabricio de Zúñiga y Guerrero? Lo galán y discreto, corresponde en él a lo valiente y caballero: por él suspiran todas las limeñas, y tú sola le esquivas y desdeñas. »Mas al tiempo veloz, que no reposa, el persuadirte a costa tuya dejo: cuando tan fea cuanto es hoy hermosa tu cara mires en el fiel espejo, sin esperanzas ya de ser esposa, dirás arrepentida: buen consejo me daba cuerda mi difunta tía, ¡y yo, necia de mí, no la creía!» Pero la interrumpía su sobrina diciendo: «Será acaso devaneo, mas la naturaleza no me inclina al amor, ni a los lazos de himeneo: deja que goce libertad divina que a toda costa conservar deseo: que viva deja, déjame que muera en el feliz estado de soltera. »Si del placer es para ti la fuente y el alma de la tierra y de los cielos, Amor es para mí tan solamente padre de las rencillas y los celos; él es del llanto el manantial ardiente, él cría las sospechas y desvelos, y en fin él es la causa y el origen de cuantos fieros males nos afligen. »Fuera de esto, a tu gusto en todo cedo; mas te digo, por mucho que te asombres, que vivo, ni pintado sufrir puedo al odioso linaje de los hombres: todos ellos me causan odio y miedo: si me amas, ni siquiera me los nombres, que es cual si me nombraras los demonios, ni me propongas nunca matrimonios. «¡Tener yo amor! ¡yo de un tirano fiero que marido se llame ser esclava! ¡Yo ser vasalla del Amor! primero que me hiera una flecha de su aljaba, mi pecho rasgue matador acero!» Y tanto enojo y furia demostraba, que la anciana callábase prudente, compadeciendo su furor demente. Mas llegó un tiempo en que, de ver corrido que a domar tal soberbia nada alcanza, bien como suya, imaginó Cupido una feroz y bárbara venganza, sacándola de tino y de sentido con un extraño amor sin esperanza, en el cual escarmiente el mundo, y huya de ofender tal deidad como la suya.
CANTO SEGUNDO
Es de saber que a Lima entonces vino para la noble tía una pintura, obra maestra de pintor divino, de tal celeste gracia y hermosura, tan natural y viva, que no atino, por mucho que mi ingenio lo procura, su mérito a expresar remotamente, ni lo lograra pluma más valiente. Representaba a aquel que la manzana dio a Citerea; y nunca tan hermoso pareció ante la adúltera Espartana que, turbando a dos mundos el reposo, huyó ciega con él a la troyana ribera, abandonando al rey su esposo, su patrio Eurotas y su infante prole, cuanto hermoso allí el arte retratole. Y es, tanta la verdad del colorido, y tal bulto aparenta y tal relieve, que, del fondo del cuadro desprendido, parece que respira y que se mueve: espera las palabras el oído; y para que a la vista su error pruebe y la convenza de que es lienzo plano, preciso se hace el aplicar la mano. Apenas le miró la humana fiera, cuando, sin saber cómo, en un instante, siente ablandarse y convertirse en cera el pecho de durísimo diamante; cual si echado raíces allí hubiera, enclavada detiénela delante del cuadro que figura al Pastor Frigio la fuerza irresistible del prodigio. Fija la vista en él, no pestañea, y ni un punto los ojos dél aparta, que, mientras más le mira, más desea mirarle, de mirarle jamás harta: mas en verle, pintado, se recrea, que, vivo, un tiempo la beldad de Esparta, cuando el ofendido Menelao los alejaba voladora nao. Y por mirar a Paris, no repara en Citerea, en Juno y en Minerva que hacia él avanzan con nobleza rara a hacerle juez de su contienda acerba. Su gran belleza diosas las declara; pero Cristina su atención reserva, sin hacer caso del divino grupo, para aquel solo que hechizarla supo. Y sin color, y sin aliento, y muda, tanto en mirar al cuadro se extasía, que de si vive o de si muere en duda quien la viera en tal acto quedaría: su propio ser en el que mira muda, e, inmóviles entrambos a porfía, la creyeras inánime escultura, o pintura mirando otra pintura. Un amor desde entonces infinito de su alma y sus sentidos se hace dueño: le es tósigo el manjar más exquisito, y en blandas plumas la desoye el sueño: ya el lozano frescor se ve marchito del semblante purpúreo y marfileño: ya no es más que la sombra ¡ay Dios! de aquella tan vana y desdeñosa cuanto bella. Pendiente del retrato noche y día de ella le pide que por fin se duela, y tanto se afervora y desvaría, que lo abraza y lo besa, muda tela hallando solo, indiferente y fría, en vez del hombre que encontrar anhela; como, en vez de mujer, hallaban antes una insensible estatua sus amantes. «¡Qué leo! ¡enamorarse de un retrato! (No faltará lector que esto me diga) ¡No, no es posible amor tan insensato!» Mas es bien considere que castiga el corazón durísimo o ingrato de su vana o indómita enemiga El vengativo Dios, que bien pudiera castigarla con pena más severa. A más, tan imposible no es la cosa como parece, pues contino vemos a mil prendados de una necia hermosa hacer los más ridículos extremos por el cuerpo sin alma de una diosa; y tú, lector, y yo tal vez estemos enamorados de mujeres fatuas que más bien que mujeres son estatuas. Todo lo pueden el amor y el oro; y en las historias de otros tiempos hallo que Pasifae se prendó de un toro y Semíramis quiso a su caballo; con otros casos mil que, por decoro y por huir prolijidades, callo; y harto de Amor las fuerzas testimonia la reina de la antigua Babilonia. Y si ella amó al corcel, y Pasifae se enamoró de la cornuda fiera, en rareza menor Cristina cae, que el retrato de un hombre ama siquiera, la semejanza fiel es quien la atrae, que del pincel la magia es de manera, que tal vez, al copiar, ya no es distinta de la viva figura la que pinta. Y si el efecto o ilusiones raras que obran las realizadas fantasías de las artes, lector, dificultaras, te diré que en Madrid por muchos días (y eso que hay en Madrid muy buenas caras) me enamoré de la hija de Herodias, que viva al lienzo trasladó Ticiano, y no es pintura, sino rostro humano. Y aunque debiera darme horror y espanto verla con la cabeza del Bautista infame premio de su danza tanto supo hermosearla el inmortal artista, que a su beldad y voluptuoso encanto no hay duro corazón que se resista; y de ella me prendé, como pudiera de alguna mujer viva y verdadera. Y todas las mañanas al Museo íbame a devorarla con los ojos: aún me parece que ante mí la veo con esos entreabiertos labios rojos; aún contemplar esa garganta creo y aquella espalda, del amor antojos; aun es de mis deseos acicate la fresca carne que, cual viva, late. Y del Corregio y del pintor de Urbino amé también las hijas hechiceras, y tendrás por mayor mi desatino, si el que están en el suelo consideras que el mar circunda y parte el Apenino, y en donde el sexo hermoso lo es de veras, no como en otras partes donde creo que debiera llamarse sexo feo. Prendome sobre todo la divina hermosura de aquella Galatea que ostenta la orgullosa Farnesina, y que en su concha en triunfo se pasea por la extensión pacífica marina: copiola el Sancio de su propia idea, cuando, de perfección en tanto anhelo, no le bastaba terrenal modelo. Pero, ¿qué corazón la más que humana beldad, no dejará de amor cautivo, de alguna, o Venus, o Minerva, o Diana, marmóreas hijas del cincel Argivo? Y de ti, oh de las Venus soberana, Venus de Milo, enamorado vivo, sintiendo que en el mundo las mujeres no sean tan hermosas cual tú lo eres. Ni olvido a Pigmalión que, no contento de terrena beldad, estatua labra a quien da cuanto finge el pensamiento, y a quien falta tan sólo la palabra: y al contemplar tan mágico portento, es fuerza que el Amor el pecho le abra, y que, prendado de su propia hechura, ciñan sus brazos una piedra dura. Y a Venus sin cesar sus preces manda para que anime estatua tan hermosa; hasta que, oyendo su tenaz demanda, compadecida la potente Diosa le da que el mármol duro en carne blanda se cambie, descendiendo amante esposa, el tálamo dichoso la reciba, esculpida mujer, estatua viva. Mas del arte apartándonos ahora, si a amar empieza una mujer cualquiera, ¿de qué es de lo que el hombre se enamora? No ya de su belleza verdadera; el propio parto de su mente adora, enamorado está de una quimera, que perfecta y divina se figura y más hermosa aún que la Hermosura. Si pues es nuevo Pigmalión cada hombre que se enamora de su propia idea, ¿quién habrá que se admire y que se asombre del amor de Cristina y no lo crea, y a mí me dé de mentiroso el nombre? Mas Cristina me llama y me desea, por que tanto su duelo no dilate, y dél la libre o de una vez la mate. ¿Qué fue de esa Cristina tan hermosa, altiva reina de sumisa corte, la mujer mas altiva y desdeñosa que se pudo encontrar del Sur al Norte, la que, cual ángel o celeste diosa, despreciara un monarca por consorte? ¡Ah! que hoy suspira, de un retrato esclava, la que a todos los hombres desdeñaba. Ardía todo Lima en sus amores; do quier seguían sus esquivas huellas más amantes que Mayo cría flores o noche de verano enciende estrellas; pues la que ansiaban tantos amadores, la que envidia causaba a las más bellas, hoy en profunda soledad se mira y sólo triste compasión inspira. Así a veces se queja en mal tamaño, mientras vierte de lágrimas un río; «¿cuándo un amor se ha visto tan extraño, tan vano o imposible como el mío? ¡Ay! que yo soy la causa de mi daño: yo con mi orgullo y mi desdén impío merecí del Amor este castigo y esta venganza atroz que usa conmigo. «Oh tú que así de amor me tienes loca, ¡Quién pudiera infundirte el alma y vida! ¡Quién amores oyera de tu boca que a besos que no vuelve me convida! ¡Quién en tu pecho, que hoy en vano toca mi ardiente pecho en que el amor se anida, pusiera un corazón cuyos latidos vibraran con los míos confundidos! « ¿Por qué no mueves hacia mí tus plantas, cuando te buscan las ansiosas mías? ¿Por qué nunca a mi encuentro te adelantas, cuando te vengo a ver todos los días? ¿Por qué tu eterna cárcel no quebrantas? ¿De tu inmovilidad nunca te hastías? Baja, baja por fin, baja al momento a la vida, al amor, al movimiento. «¿Por qué me miras con tan dulces ojos, si nada sientes, ni me pides nada? ¿Por qué sonríen esos labios rojos, si está la voz en ellos sepultada? ¿Por qué, sin que te apiaden mis enojos, ni tu dureza mi pasión invada, te miro, a mi dolor indiferente, en el mismo ademán eternamente? «Baste ya, baste, y con mi ardor despierto, oye por fin la voz con que te llamo; ese labio que ríe entrëabierto de abrir se acabe, y me repita: te amo; anime un corazón tu pecho muero, que responda al anhelo en que me inflamo, y al fin abiertos tus inertes brazos mi cuello ciñan con amantes lazos. «Mas, aunque sé que eres un vano lienzo que con sombra y color animó el arte, y aunque me asombro siempre y avergüenzo, conociendo lo que eres, de adorarte, con nada mi pasión combato y venzo; nada ha podido ser, ni será parte a que, aunque tengan vida verdadera, mi amor a los demás no te prefiera. «Pero ¿qué digo? acaso fiel traslado, copia de un hombre verdadero fuiste, ¡y vive de beldad ese dechado, y aquella gracia celestial existe! Y no sospecha que de mí es amado, y que por él yo me desvivo triste; que, si mis ansias y mi amor supiera, también me amara, por piedad siquiera. «Mas, ¿dónde, dónde vives, alma mía? ¿Qué dichosa región tal joya encierra? ¡Ah! ¡yo, sin descansar noche ni día, pasando mar, desierto ardua sierra, a pie, mendiga, sola, llegaría, a las extremidades de la tierra, si al fin supiera que en alguna parte del ancho mundo me era dado hallarte! «Mas ¡ay! es imposible que en aqueste planeta vil tanta belleza exista, y del Levante hasta el extremo Oeste jamás la hallara la anhelante vista; subió inspirado a la mansión celeste el alto numen del sublime artista, vio al más bello ángel, y al volver al suelo, fiel le copió para mi eterno duelo. «¡Ay! que así delirando, el fiero dardo ahondo más en la enconada llaga, y, tanto apeteciendo, nada aguardo que mi ardiente deseo satisfaga! acelera hacia mí tu vuelo tardo, oh tú, consoladora dulce maga, porque de tanto mal en el asedio, eres, oh Muerte, mi único remedio». Y así diciendo, pronto a las usadas caricias torna, y a los vanos besos y a los llantos y quejas no escuchadas y a todos sus inútiles excesos: sólo le puede hablar con las miradas, los miembros todos en la tela presos, la idolatrada imagen, y con esta habla muda tan sólo le contesta. Pero tú, pero tú, que desconoces mi sincera pasión, ni con el habla de los ojos respondes a mis voces, más insensible que pintada tabla a mis tormentos duros y feroces: mi amor en vano a tus oídos habla un idioma ardentísimo de fuego: vencer no logro tu fatal despego. Vano es mi dulce lisonjero halago, vana de amor toda patente prueba: tú miras de mis lágrimas el lago, sin que su vista a compasión te mueva; y en vano el gusto te adivino, y hago en cada día una fineza nueva: nada te infunde el alma y sentimiento: soy cual la triste cuya historia cuento. Y tanto fue creciendo su manía, que, privada de sueño y de sustento, consumiendo se fue de día en día, y se quedó cadáver macilento que el más crüel a compasión movía era sólo su vida un morir lento, un doloroso agonizar constante, un arrancarse el alma a cada instante. Acongojada la amorosa dama, mirando adolecer a su sobrina, facultativos, numerosos llama, insignes por acierto y por doctrina, para que den salud a la que ama: mas, ¿qué maravillosa medicina, o qué ignorada yerba el pecho cura de la amorosa pertinaz locura? ¿Qué específicos raros, qué cordiales podrán curar del alma la dolencia, cual se curan dolencias corporales? ¿Cuándo los hombres lograrán la ciencia que sane del espíritu los males y del dolor aplaque la violencia, y que corte del alma el amor fiero cual corpóreo tumor corta el acero? ¡Ay! que ni hierro tajador, ni fuego, de un alma arranca, en el dolor sumida, el obcecado amor, rebelde y ciego, que se arraiga en las fuentes de la vida; y, aunque es para el Amor frívolo juego, con nada cierra la profunda herida que abre su aguda envenenada flecha, cuando la asesta al corazón derecha. La rica anciana que jamás fue avara vanamente ofreció toda su hacienda al que a Cristina la salud tornara, guardando a su vejez tan dulce prenda: mas de dolencia tan profunda y rara no hay quien la causa ni el remedio entienda, y de curar tentados cuantos modos enseña el arte, la desahucian todos. Se desespera la infeliz señora viendo que su Cristina se le muere, y noche y día sin consuelo llora, y con ella morir a un tiempo quiere; triste contempla a la que tanto adora mirar al cuadro que de amor la hiere con tan viva atención, cómo si fuera cada vez que le mira la primera. Y tal vez a su pecho la estrechaba, y en sus labios mil besos imprimía, y consuelo infundirle procuraba, y los nombres más dulces le decía; lágrimas con sus lágrimas mezclaba suspiros con los suyos confundía, y los más crudos pechos que las vieran en lágrimas también se deshicieran. Y así en tan crudas ansias veladoras y en penas y congojas tan impías, vio Cristina lucir tristes auroras, vio Cristina cerrar noches sombrías; hasta que el mudo vuelo de las horas y sucesión eterna de los días, el término cumpliendo de dos años, puso fin a tormentos tan extraños. Pues el Amor, al cabo satisfecho de horrible castigo que le ha dado, y del estrago en sus encantos hecho compadecido, y de su triste estado volver resuelve al dolorido pecho, que ya purgó bastante su pecado, la paz perdida, y fue de la manera que saber puede quien saberla quiera. Pues conocer el fin de su congoja no te puede costar mayor trabajo, lector querido, que voltear la hoja, si es que un instante el cuento te distrajo y mi estilo al contarlo no te enoja, que encumbro a veces y que a veces bajo y si esta parte entristecer te hace, espera un venturoso desenlace. Mas, si en esta mi historia lo que enfada son tantas digresiones por ventura, cual río, que, vecino a su llegada, al inmenso océano se apresura, así mi narración acelerada irá al cercano fin en derechura; y si en más digresiones tú reparas, serán, lector, tan cortas como raras.
CANTO TERCERO
En aquella sazón llegó de España con el nuevo virrey un caballero, de belleza tan grande y tan extraña, que contentara el gusto más severo: ningún lunar su perfección empaña, y ni la misma Envidia le halla pero, junto a él de Belveder fuera el Apolo sombra y bosquejo de beldad tan sólo. Pintártelo, lector, me proponía; pero no es bien que retratar presuma con mi descolorida poesía su noble gracia y su belleza suma: para pintarlas, menester sería que se cambiara en un pincel mi pluma, aunque hay plumas también que son pinceles que igualan los del Sancio y los de Apeles. Y plumas suele haber tan superiores, que, al pintar una cosa, linda o fea, convierten las palabras en colores: ¡Lástima que la mía no lo sea! Y así no puedo dar a mis lectores sino una vaga o imperfecta idea, bosquejo débil y no fiel traslado, del hermoso Español recién llegado. Con el retrato a quien Cristina adora mi admiración tan sólo le compara; y del uno y del otro, a lo que ahora se puede ver, la semejanza es rara: mas, si hay tal semejanza asombradora, yo te diré que la razón es clara, pues es muy natural, lector sensato, que un hombre se parezca a su retrato. Que, al pintar al adúltero Troyano, el artista le tuvo por modelo; y para hallar modelo más cercano a suma perfección, con vano anhelo no sólo recorriera el reino hispano, sino también el ámbito del suelo; y, si hermoso el retrato parecía, él era más hermoso todavía. Más de una carta de favor traía para la que madre es de la cuitada, y a señora tan noble y de valía fue solícito a ver a su llegada; t, como ni un instante se desvía Cristina de la imagen adorada, al pie del cuadro, y en la sala sola, el extranjero joven encontrola. No notó ella su entrada, que a la puerta la espalda daba, el cuadro de hito en hito mirando: llama aquél por que lo advierta la que niega a sus ojos el palmito; ella, al cabo, de su éxtasis despierta, y volviendo la cara, lanza un grito, viendo al retrato que ama al otro lado en un hombre bellísimo encarnado. Y un sueño le parece, una mentira que le finge su mente alucinada, y ahora al vivo, ahora al pintado mira, devorando a los dos con la mirada; de verlos juntos más y más se admira, y no sabe cuál es quien más le agrada, aunque a creer que agrádale comienzo mas el hombre de carne que el de lienzo. Y ¡qué ansias vivas y qué impulsos siente de correr desalada al joven bello, y estampar en su boca un beso ardiente y con sus brazos enlazar su cuello! Mas se reprime, que, aunque eternamente al retrato acaricia, pasa aquello con un retrato o una estatua hermosa; mas con un hombre vivo, es otra cosa. Aunque habrá muchas que me arguyan que eso hacerlo con un cuadro, es manifiesto indicio de simpleza y poco seso, y que es más natural y en razón puesto a algún hombre abrazar de carne y hueso, aunque no sea de tan lindo gesto, que al lienzo más hermoso bello busto, los cuales ni reciben ni dan gusto. El Español en tanto la saluda y dice: Bella niña, Dios os guarde: ella va a hablarle de su pena aguda y del amor en cuyas llamas arde; pero la lengua se mantiene muda, y el natural pudor la hace cobarde, y le detiene a la mitad la planta que presurosa al joven se adelanta. Y, cuando advierte que hacia el joven iba, sí el pudor celeste profanando, Tiñe la blanca faz en grana viva, al suelo las miradas humillando; al fin de allí se escapa fugitiva, al hermoso Español maravillando que, al ver tal porte, con razón no poca la califica rematada loca, Mas, quedándose solo, al fin repara en lo que representa la pintura, en que antes, claro está, no reparara por mirar a la viva criatura; en ella al punto conoció su cara y su propia persona y apostura, hallándose tan fiel en el cotejo, como si se mirara en un espejo. Entonces algo a sospechar comienza de la verdad de tan extraño caso y a entender la atención y la vergüenza de la doncella de juicio escaso; otra vez llama, y antes que le venza el tedio de aguardar, con presto paso salió, y con la mayor cortesanía le recibió la cariñosa tía. Sin quedar de su trato enamorado, el joven de la vieja no se aparta: venir con el virrey, ser su privado, causa es de agrado y de atenciones harta; y a tantas cartas de favor añado la que fue de favor la mejor carta: el gentil parecer y la belleza, carta que da al nacer naturaleza. A todos se dirige el sobrescrito, cual primitivo universal lenguaje, y por ella el viajero y el proscrito hallan más blando y fácil hospedaje; no hay pueblo alguno de tan fiero rito que al extranjero hermoso no agasaje: ¡Irresistible magia que conquista los corazones a primera vista! Mas ya la triste enamorada espera y a confortarla empieza la esperanza, esa maga tan dulce y lisonjera que todo mal a suavizar alcanza: bastó que entre retrato y hombre viera una grande perfecta semejanza, y aguarda ya, por mucho que le cueste lo que de aquél no pudo, lograr de éste. Y torna nuevamente a amar la vida, y la muerte espantosa no desea, ni a venir con instancia la convida para que en trance tal su alivio sea: ya la tiene de nuevo aborrecida y ya de nuevo le parece fea, y considera que es aún muy joven para que penas el vivir le roben. Y se imagina con terror y espanto verse envuelta en la fúnebre mortaja, y, de los monjes al solemne canto, ser conducida en la mortuoria caja a la eterna mansión del Camposanto; y le parece con horror que baja al hondo seno de la oscura tierra que ya sobre ella sus abismos cierra. Y como ya no es tanta su tristeza, y como el alma admite algún consuelo, ya su salud a florecer empieza, y el ayuno ya cesa y el desvelo; a retoñar principia su belleza, cual planta, muerta con el crudo hielo del invierno, en la nueva primavera día a día sus galas recupera. El hermoso Español la extraña historia de Cristina infeliz bien pronto sabe, (que en Lima hasta a los niños es notoria) y entiende que la abruma el peso grave de la cruda venganza y la victoria del dios que tiene en su poder la llave de todos los humanos corazones y envuelve lo creado en sus prisiones. Primero el tierno corazón se apiada del infeliz estado de Cristina, y el verla de su imagen tan prendada a justa gratitud después le inclina: no era además de su beldad pasada, cuando él la llegó a ver, tal la rüina, que no pudiese conocer cualquiera que igual no tuvo su beldad primera. Y torna a ver a la afligida presto y la halla menos triste y más bonita, y más le va gustando por supuesto: cada vez es más larga la visita: ella entre tanto con rubor honesto calla del pecho la amorosa cuita, mas la dicen sus ojos mal su grado, que son lenguas que nunca se han callado. Cuando, ausente el que adora, mira atenta de su retrato la beldad divina, no como antes el verle la atormenta, porque su amor en él ya no termina, sino que pasa a aquel que representa y a quien ver en el lienzo se imagina: ya no ama la pintura en ella propia, sino en aquel cuya belleza copia. Ya con primor se toca y atavía, y vuelve a usar de femenil adorno, y en públicos paseos extasía la muchedumbre que se apiña en torno: cobra una nueva gracia cada día; ya parecen de nuevo hechos a torno los blancos brazos, y la mano blanca compite ya con el jazmín que arranca. Torna el pecho turgente a ser cual onda de mar tranquilo que en la blanda orilla va y viene, y la garganta ya redonda se muestra, y purpurina la mejilla; mas no encuentro expresión que corresponda a tan perfecta hermosa maravilla, que a la Cristina de otro tiempo excede es lo más que mi verso decir puede. Que, si cual hoy, entonces la doncella. más perfecta y hermosa fue de Lima, entonces fría estatua se vio en ella, y hoy es belleza que el amor anima; pues, para que una bella sea bella, es necesario que el amor le imprima esa expresión de espiritual dulzura que él sólo puede dar a la hermosura. Que, cuando un crudo pecho el amor doma y en sus fuegos lo abrasa, de repente animada expresión el rostro toma, en vez de la primera indiferente: hablan los ojos silencioso idioma como el que hablan los labios elocuente, y, sin que el labio a los acentos se abra, iguala la sonrisa a la palabra. Ya es cual la flor que a su belleza junta la fragancia más pura y exquisita, es la hija de Jair, cuya difunta beldad la voz de Cristo resucita, la estatua a quien la diosa de Amatunta traslada el fuego que su pecho agita; palacio donde mora un rey potente, templo que anima la deidad presente. Mas creció su belleza, si incremento tanta belleza recibir podía, de ser amada con el gran contento y la felicidad y la alegría; del cuadro a vista, el Español el cuento a la atenta Cristina refería de haber él sido (que amistad lo ordena) vivo modelo del raptor de Elena. Y añadió: «¿Quién entonces me dijera que, atravesando un día el océano, y que, viniendo a Lima la hechicera desde el distante suelo castellano, antes que su modelo, conociera vuestro divino rostro soberano, y en vuestros lares mereciera abrigo, la obra dichosa del pintor amigo! «Si copia fiel de la hermosura, vuestra, sol cuya luz ni leve nube empaña, hecha por mano primorosa y diestra, llevado hubiera a la feliz España la más divina y portentosa muestra de la tierra gentil que el Rímac baña, y las beldades mágicas que cría ¡esta nueva mejor Andalucía! «Si anticipado hubiéranme los fieros hados, conmigo tanto tiempo avaros, el celestial placer de conoceros, y la inefable dicha de adoraros, en copia sólo me bastaba veros, ¡oh divina belleza, para amaros, y a vuestras plantas con fervor rendiros del alma los más íntimos suspiros!» Dice, y cayendo ante sus pies de hinojos, la de Cristina con su mano toca: ella, encendidos los claveles rojos de las mejillas, calla con la boca, hablando sólo con amantes ojos, que toda voz a declarar es poca lo que sintiendo están entrambos pechos, al gran tumulto del amor estrechos. Con miradas de imán vence y fascina y atrae el uno al otro dulcemente, y el uno al otro más y más se inclina; ya se junta una frente a la otra frente; de la joven la boca purpurina toca del Español el labio ardiente, y atados quedan en un largo beso, de amantes brazos cada cuello preso. ¿Quién dulzura dará a mi pobre verso con que la dicha de sus almas cante? Un día de otro día no es diverso: es todo el tiempo un venturoso instante. Ante ellos desparece el universo; para cada feliz amado amante es el otro feliz amante amado el solo ser que existe en lo creado. ¡Dulcísimos coloquios donde suena sin cesar el tan dulce: «yo te adoro», bien a Cristina le pagáis su pena, y su cruel desesperado lloro! No envidia ya, de regocijo llena, del cielo santo al más dichoso coro, que no ha dicha mayor en lo creado que la dicha de amar y ser amado. Y Cristina a su amante dice a veces: «puesto que el cielo el bien me ha concedido que no le osaban demandar mis preces, mi tormento feroz echó en olvido; y, aunque he apurado del dolor las heces, no siento el haber tanto padecido, pues del pasado mal me recompensa de amar amada la ventura inmensa. «Cuando miro el placer que mi alma endiosa, oh dulce dueño, cuando estoy contigo, el tiempo de soberbia desdeñosa, en que he vivido sin amar, maldigo... Mas fue mejor mostrarse de amorosa pasión el pecho entonces enemigo, porque así, de tu amor cual adivina; para ti sólo se guardó Cristina. «Si tanto te adoré sin conocerte; y sólo por imagen y traslado, cuando te reputaba tela inerte y vano ser por el pintor ideado; ¿cómo habré de adorarte, hoy que la suerte me da mirarte vivo, aquí, a mi lado, y que tú, agradecido a mis amores, con igual frenesí también me adores? «Y pues el amor tanta dulzura, y sin amor la vida no comprendo, y es el mundo desierta sepultura de cuantos sin amor viven muriendo, mientras aquí nuestra existencia dura, gocemos en amarnos, y no siendo sino un alma en dos cuerpos, ni la muerte consiga desatar lazo tan fuerte». Y el amoroso joven respondía: «no más recuerdes, adorado dueño, el tiempo de tu loca idolatría, y el vano ardor y el insensato empeño con que, prendada de la imagen mía, te consumiste cual ardiente leño, la gran belleza reduciendo a sombra que Lima entera su ornamento nombra. «¡Ah! cuando pienso en el horrible duelo que te hice padecer, aunque inocente, de haberte amado el imposible anhelo el corazón me abrasa vanamente. ¡Quién entonces a tu amor diera consuelo, adelantando nuestro bien presente! ¡Cuántas veces, en vano, he deseado que cambiar se pudiera lo pasado! «¡Y consumiendo tal belleza estuve, sin yo saberlo! ¡y el divino rostro, que fiel retrata el de inmortal querube, y a cuya vista, idólatra, me postro, por mí velaba del dolor la nube, amortecidos el jazmín y el ostro! ¡Y por mí se quejó la dulce boca que el beso de los ángeles provoca! «¡Y fue por mí por quien de amargo llanto desperdiciaron cristalinos mares los grandes ojos que me abrasan tanto, que sufriera peligros a millares y arrostrara mil muertes sin espanto, para que ni el menor de los pesares, ni la pena más leve y pasajera, una lágrima sola les bebiera! «Mas, pues ni el mismo Dios cambiar pudiera los días que pasaron, yo te juro que horas de amor y dicha placentera solo habrá de brindarte lo futuro: adorarte será mi vida entera, y de la tumba ni en el seno oscuro podrá nunca extinguirse el amor mío, que alma será de mi cadáver frío! «Del dilatado y hórrido tormento que el cielo vengador enviarte quiso será mi amor el inmortal descuento: yo tu esclavo seré, tierno y sumiso, y obedecer tu oculto pensamiento en la tierra será mi paraíso». Así la adora, y entre tanto extática oye Cristina la amorosa plática. Con silencio expresivo le contesta, ni consiente su gozo que más hable; y le mira entre amante y entre honesta, con celeste expresión inenarrable: es para ambos la vida eterna fiesta, una ilusión divina y perdurable, un sueño celestial y permanente, el mismo siempre y siempre diferente. ¿Quién dirá cuál se alegra y regocija la tan discreta cariñosa anciana, al ver a la que siempre amó cual hija de una y otra locura por fin sana? Alegres ojos en los novios fija, y los bendice con la diestra ufana, rogando que el Eterno les conceda una vida tan larga como leda. Al fin lució la aurora en que el divino Himeneo encendió la pura tea, uniéndolos con lazo diamantino que hasta la muerte duradero sea. Es el virrey el ínclito padrino; Lima toda en las fiestas se recrea, siendo alegres y ricas entre todas aquellas nobles venturosas bodas. Guardaron sus afectos amorosos, en paz viviendo nunca interrumpida, aquellos felicísimos esposos los años todos de su larga vida; hijos tuvieron más que el padre hermosos, hijas por quien la madre fue excedida, pues cada uno es fuerza y cada una que de ambos padres las bellezas una. Y entre puros seniles regocijos, de grato amor y reverencia objetos, y de cuidados tiernos y prolijos, en sus últimos días, siempre quietos, gozaron a los hijos de sus hijos, y a los hijos gozaron de sus nietos: y su vejez postrera parecía tarde serena de sereno día. ¡Oh tú a quien este ejemplo hago presente, el leerlo, oh ingrata, te acobarde; de Cristina el castigo te escarmiente; y pues fuerza es amar temprano o tarde, tu claro ingenio y tu temor prudente el castigo de Amor no es bien que aguarde, y a su venganza y punición tremenda adelanta solícita la enmienda. Pídele ya perdón de tanta ofensa; y, pues bien sabes que te adoro ciego, mis constantes ardores recompensa, y tu diestra a mi fe concede luego. ¡Ah! no retardes mi ventura inmensa; y de amor, de placer y de sosiego el hado blando nuestra vida teja, cual la de aquella tan feliz pareja.
(1863)