Spanish poem
El árbol y el pájaro viajero
Un árbol que vegetaba en apartado sendero, así a un pájaro viajero con tristes voces hablaba:
«Yo a la tierra estoy sujeto, y tú en el éter vacío te espacias a tu albedrío: tú vives y yo vegeto. ¡Ah! ¡Cuánta parte del mundo recorres en sólo un día, con sin igual alegría, con deleite sin segundo! Adonde te place vas, y doquier que el vuelo llevas ves siempre bellezas nuevas, sin que te hastíes jamás. Tú ves el inmenso mar a quien el humilde río donde se baña el pie mío sus aguas va a tributar. ¡Cortárame la segur, con tal al menos que en él trocado en raudo bajel, volara de Norte a Sur! ¡Henchidas de aura süave, alas me fueran las velas como esas con que tú vuelas, y fuera yo también ave! Mas, preso en tanto en el suelo, apenas una aura leve mis hojas y ramas mueve, alzar quisiera mi vuelo, mas,¿cómo volar podré si, aunque son alas ramos que los árboles llevamos, lo impide el clavado pie? ¡Cuánto es fuerza que te asombres y te deleites y agrades, al visitar las ciudades que edificaron los hombres! El que muchas cosas ve logra de ciencia un tesoro; pero yo todo lo ignoro: sólo mi desdicha sé. Cuando aquí el invierno impera los árboles despojando, partiendo a clima más blando, gozas siempre primavera. Ven, feliz pájaro, ven a contarme cuanto viste, aunque me deje más triste la noticia de tu bien. Sobre mis hojas detente que callarán entretanto que tu dulcísimo canto me relate largamente lo que tan de paso nombra la multitud caminante que a descansar un instante se sienta bajo mi sombra: empiezan hermoso cuento que oigo con curioso afán mas de repente se van, y el fin les escucha el viento»
Dijo el triste árbol así con murmullo plañidero; mas al pájaro viajero esto responder oí:
«Engañado árbol que dices que, por tener libre vuelo en tierra, océano y cielo, somos las aves felices: sabe que es mas venturoso quien nunca pudo viajar, ni abandonó del hogar el dulcísimo reposo. ¡Dichosas raíces tuyas! cadenas que Dios te puso para impedirte que iluso de los patrios campos huyas! Desde que dejé mi nido, sembrada está de millares de peligros y pesares la vida que yo he vivido. ¿Qué vale, dime, que viva el pájaro libre en alto, si allí el hombre le da asalto, y le mata o le cautiva? ¿De qué nos valen las alas, que juzgas tan alto bien, si alas da el hombre también a las flechas y a las balas? Y nuestras desdichas sumas en sus alevosas flechas lloran tal vez el ser hechas ¡Ay! ¡de nuestras propias plumas! Viví largos días preso entre unas doradas rejas do fueron mis tristes quejas de una beldad embeleso. Si, burlando su custodia, logré escaparme de allí, en el ígneo, arcabuz di del cazador que nos odia. Ve cuál a tus ramas llego, herido del ala y pie, y en todo mi cuerpo ve las huellas del voraz fuego. ¡Ay! ¡fuera mortal herida la que entonces me causara bala que de mi hembra cara fin puso a la dulce vida! Y a mis implumes hijuelos, mis delicias y cuidados, de su nido arrebatados lloran también mis desvelos. No alcanzo cómo el dolor de verme solo y vïudo más en mi muerte no pudo que el plomo devorador, si mi canora garganta despide tan dulce acento, tú eres hojoso instrumento en donde la brisa canta. Si de tus flores y verdes móviles músicas hojas en cada año te despojas, y todas tus galas pierdes, de los inviernos el daño reparan las primaveras, y tu pompa recuperas, en la juventud del año. No iluso envidies la suerte de tanto otro árbol hermano, a quien del hombre la mano en raudo bajel convierte. Esas orgullosas naves, cual las que tú ser quisieras, y que, aladas y ligeras, son del mar gigantes aves; asaltadas de repente por horrísono aquilón, presto sepultadas son en el vórtice rugiente. ¡Cuántas veces miré yo llegar sólo a la ribera la destrozada madera de la que ufana partió! Yen los asaltos crüeles de las ondas y del viento, maldijo el fatal momento en que por altos másteles y flotantes banderolas, sus ramas dejó infeliz, por el ancla a raíz, y la tierra por las olas. ¡Ay! el placer de viajar es doloroso placer, y vale más nunca ver lo que siempre hay que llorar. Y pues ya de la sentida voz de mis querellas sabes cuál de las míseras aves es la dolorosa vida, y cuál la astuta crueldad que por do quier las insidia; en vez de tener envidia, al que merece piedad, duélete de mis congojas, y dame luego un asilo secreto, blando y tranquilo entre tus espesas hojas».
(1863)