Spanish poem
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¡Pobre niño! Tú, al nacer te fué ingrata la fortuna; que abandonaron tu cuna los que te dieron el ser. Y de tu desgracia en pos, fuistes la tierra cruzando, y en tu orfandad, implorando una limosna, por Dios. Algunos te acariciaron, y muchos te repelieron: trabaja, pues, te dijeron, ¿y por qué no te enseñaron? Por intuición no hay saber, es necesario enseñar; y se tiene que sembrar si se quiere recojer. Han pasado algunos años y hoy la caridad te llama, y un colegio te reclama para darte desengaños.
Que aun en la primera edad el magnate de la tierra, ya revela que en sí encierra imperiosa voluntad. Los niños, como eres pobre, con desdén te mirarán, y avaros, te negarán lo supérfluo que les sobre. Cuando llegue un día de fiesta, á todos los verás ir que se van á divertir y a jugar en la floresta. Sólo tú te quedarás mirándolos tristemente, diciendo con voz doliente: ¡Madre... madre...! ¿En dónde estás? Cuando tú sepas leer, yo te daré un libro santo, para que enjugues tu llanto y cese tu padecer. Lo reservo para tí, que en las hojas de la Biblia, tu hallarás esa familia que no has encontrado aquí. Tal vez con pena dirás: «Me encuentro desheredado;» no es así, quien te ha creado no deshereda jamás. Porque ese Dios de consuelo amor y justicia encierra,
y si algo niega en la tierra es para darlo en el cielo. Sólo su herencia retarda á aquellos desventurados que los mira dominados por una pasión bastarda. Por la envidia, cuyo afán, al hombre lo precipita, y tras su huella maldita todos los crímenes van. Al cielo le pediré que no conozcas la envidia; que aquel que con ella lidia, pierde en el mundo la fé. Y la fé es el gran tesoro que enriquece nuestra vida; cuando perdemos su egida de nada nos sirve el oro. Con la fé nuestra razón comprende de Dios el nombre, porque la fé es para el hombre ¡la tierra de promisión!