Versos Spanish Andrés Bello Quise Más De Una Vez, En Mala Hora

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Quise Más De Una Vez, En Mala Hora

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Quise más de una vez, en mala hora, escribir una página, Isidora, que detener tu vista mereciera. Desoyome mi Musa. Toda entera me pasé, te lo juro, esta mañana, hilando coplas con tenaz porfía. —Musa, son para el álbum, le decía, de una joven beldad. —¡Plegaria vana! No me salió una sola ni mediana. —Para este bello altar que se atavía con tanta flor de amena poesía, entretejer una guirnalda quiero, digna de la deidad que en él venero. Es (tú lo sabes) cosa de obligación forzosa. Si agradable te fue mi culto un día, te ruego, te conjuro, te requiero, amada Musa mía, que lo muestres ahora; y si ya cesas de mirarme propicia, este postrero favor te pido sólo. —¡Ni por ésas! Despechado, el papel hice pavesas; al tintero, la pluma consignaba; y ofrecerle pensaba, por único tributo, humilde excusa la culpa echando a la inocente Musa, como es costumbre en semejantes casos; cuando acercarse miro a lentos pasos una, no sé si diga ninfa, diosa, aparición, fantasma: caprichosa forma que cada instante de color, de semblante, y de tocados, y de ropas muda: ora triste, ora alegre, ora sañuda; ya pálida, ya rubia, ya morena. Tan presto por el cuello y las espaldas derrama en ondas de oro la melena; tan presto, en trenzas de ébano cogida, adórnala de joyas y guirnaldas; y tan presto ¡qué horror! encanecida la lleva; o sin piedad la troncha y tala, y de prestados rizos hace gala. Ora el ropaje en anchuroso vuelo desplega; y va arrastrando luenga falda verde, azul, carmesí, purpúrea, gualda, de gasa, de tisú, de terciopelo. Señala luego en mórbido relieve su figura gentil basquiña leve. Sus ojos aprisiona en blanco velo, pudibunda beata, que hace de más valor lo que recata. Y un momento después, traviesa niña, ríe, retoza, guiña; no sabe tener quieta su pupila de fuego; busca y rehuye luego: cuanto más melindrosa, más coqueta. Suspenso, absorto estaba yo pensando si era ilusión aquello; y lo estuviera, sabe Dios hasta cuándo, si ella misma por fin no me dijera: —Nadie puede sacarte del empeño en que te ves, sino mi numen solo. El arte de agradar yo sola enseño. Ríete de las Musas y de Apolo. Si aplaudido un poeta en boga está, y ante los ojos de las damas brilla, y con el loro, el gato y la perrilla, divide los honores del sofá, débelo todo a mí, que, cuando tomo esta mágica vara, lo más pobre hago rico, y trasmuto el oro en cobre. Sea su entendimiento agudo o romo, tosco o pulido, vista larga o corta, ingenio estéril o feraz, no importa, todo aquel que se viste mi librea, altivo, ufano, espléndido campea. Y a más de cuatro orates coronas di tempranas, que, a despecho de críticos embates, durarán (no lo afirmo) tres semanas. Por no cansarte más, yo soy la Moda. Oye; y aprenderás mi ciencia toda. En tres o cuatro prácticas lecciones, voy a especificar mis opiniones; y podrás expedirte en el presente caso, y en los demás, gallardamente. —¿Una leyenda o cuento es a lo que dedicas el intento? Manos a la labor; o da principio con gran proemio de elegante ripio; o si te place, empieza con esa nonchalance de buen tono, con ese aire de lánguido abandono de quien al despertar se despereza, como si del lector no hicieses caso, ni de la historia; y cuando paso a paso, por entre mil rodeos, ambages y floreos, llegue al fin el momento de contarla; y ya el lector dé al diablo tanta charla; allá como a la octava ciento y cuatro, mudarás de teatro, y en una digresión... (importa un pucho que no tenga que ver poco, ni mucho, con el sujeto, porque, amigo, hoy día ¿qué es para un escritor de fantasía, en resumidas cuentas, el sujeto? Es una percha cómoda, de donde cuanto en su seno tu cartera esconde; estudio, ensayo, informe mamotreto, puedes colgar sin el menor empacho. Uno de mis pupilos, excelente muchacho, ha escrito en diversísimos estilos composiciones vastas, panteísticas, escépticas, católicas y místicas, patrióticas, y báquicas, y eróticas, miríficas y exóticas; y se propone hacer una leyenda en que bonitamente las ensarte todas, sin que aparezca en nada el arte (que es lo que más a un genio recomienda), dando en ella a lectores eruditos, que tengan razonables apetitos, una merienda monstruo, una merienda con variedad de platos estupenda). Pues, como digo, en una digresión... (cuanto menos oportuna mejor); produces de esa suerte mayor sorpresa, que es en el arte un mérito sublime, a que debe aspirar todo el que rime. Era una transición obra de suma dificultad para la inhábil pluma de aquellos escritores desdichados de los tiempos pasados. Era, como ponerlos en un potro, el tener que pasar de un tema a otro, de modo que el lector inteligente, con movimiento el más süave y blando, se hallara, sin saber cómo, ni cuándo, arrebatado a un mundo diferente. En esto, como en todo, los modernos han dado un paso agigantado. Hácese de este modo: ¿hay que pasar de un baile, por ejemplo, a una batalla, de un mesón a un templo, de una choza a un palacio soberano? Se pone en medio un número romano. Por tan sencillo arbitrio, como ése, al discreto lector, mal que le pese, en menos de un segundo, se le dispara a donde tú le mandes, desde los Pirineos a los Andes, desde la tierra al Tártaro profundo, o al bañado de luz coro seráfico, con más velocidad que va un aviso por el alambre electro-telegráfico; y sin que de antemano, o al proviso, se tome la fatiga de preparar la cosa; y gruña cuanto quiera y lo maldiga el bueno de Martínez de la Rosa; y hágalo con el clásico areopago. Pero yo mismo sin pensar divago; de uno en otro paréntesis, me pierdo. Lo que quise decir, si bien me acuerdo, es que la línea recta, cuanto puedas, evites; tortüosas las veredas son que prefiere el consumado artista para el placer del alma o de la vista. Como sobre un terreno, de matorrales y malezas lleno, un raudal serpentino va abriéndose camino lenta y difícilmente; y aquí desaparece de repente bajo el tupido monte; y en lejano horizonte, vuelve a mostrar su clara o turbia onda para que, a poco trecho, cuando algunos pantanos haya hecho, bosque denso otra vez su curso esconda; no de modo distinto, aunque el fino lector se desanime, el sujeto camine, y por entre el espeso laberinto de las enmarañadas digresiones, se hunda, reaparezca, se zabulla de nuevo, y nuevamente salga y bulla hasta llegar al fin que te propones. Mas ora en filosóficos zigzagues teológicos, políticos, divagues, o en un rocín aprietes los talones, lanzándote a remotas excursiones, o vía recta el argumento vaya, y la locomotiva, potencia de no fútil inventiva, quieras tener a raya, (lo que, si mis preceptos obedeces, harás muy pocas veces) haya sin falta alguna en tus poemas luna, que esplendorosa o pálida rïele. ¡Oh de la noche solitaria reina! ¿cuál hay que a ti no apele, vate, que canas peina, o que rubio mostacho apenas hila? Pero tan socorrida como ahora nunca fuiste. Vigila todo autor, toda autora que a veces aúlla o canta, ríe o llora, porque la bella luz con que plateas el universo, irradie sus ideas, desde el que hijo mimado de la fama ciñe a su frente inmarcesible rama, hasta el que dice veya por veía en tosca jerigonza todavía. No deje, pues, de rïelar la luna, o en el cristal de límpida laguna que el aura arrulle y que entre sauces duerma. o en el follaje oscuro de una yerma cumbre, recién mojada de rocío, o en bullicioso río que al voraz oceano, en que se abismará, corre anhelante, ¡imagen, ay, del existir humano! Un ay de cuando en cuando es importante. Por lo pronto, hará ver que tienes hecho de hebras delicadísimas el pecho, blandas en sumo grado y sensitivas; y no será preciso que te afanes, y los sesos que tengas los devanes, buscando frases nuevas, expresivas con que secretos íntimos reveles del corazón. Atente a tus rïeles; y pon de trecho en trecho uno o dos ayes, cuando la cuerda del dolor ensayes. Tras un cuadro de vívidos colores en que retrates lúbricos amores, encaja bellamente una homilía contra la corrupción social; y luego que a la ya inaguantable tiranía de este gobierno jesüita, godo, que lo Inficiona y lo agangrena todo, lances una filípica de fuego, llora la servidumbre de la prensa, que prohíbe decir lo que se piensa, y por ninguna hendrija permite que respire uno siquiera (sábenlo los lectores demasiado), útil verdad, de tantas que cobija en sus profundidades tu mollera; es el cuadro encantado que se descubre en más dichosa era. Leyendo tan espléndida bambolla, habrá mil que suspiren por el día en que eches a volar la fantasía que tu medula cerebral empolla. Si el tono blando tomas, conviene que derrames profusamente aromas, y que todas las voces embalsames de azahares, jazmines y azucenas, y que de olores la nariz abrumes. «Sacudir las alillas pueda apenas el céfiro, agobiadas de perfumes. Bello concepto, a que echarás el guante, aunque no faltará tal vez pedante que a Byron lo atribuya. ¡Necios! ¡cómo si fuera culpa tuya que, cuando para ti del cielo vino, Byron lo interceptase en el camino! Es de rigor que llores alguna pobre niña arrebatada en verdes años ¡ay! a los amores. Su imagen adorada de tu memoria un punto no se aparte; y para más desgracia atormentarte, y de esas penas aguzar la punta, dirás que la difunta era un ángel de amor, era un modelo de perfección, en que vació natura toda virtud, y gracia, y hermosura; divina joya, incomparable perla, que, para tu regalo y tu consuelo, quiso envïar expresamente el cielo a un mundo vil, indigno de tenerla; y con estos elogios, y otros tales, conocerán las damas lo que vales, y el tuyo propio harás sin que te cueste una sola palabra que tu modestia en lo menor moleste, ¡Sólo con un diamante otro se labra! Tenga abundante acopio de ensueños tu paleta. Nada más de mi gusto, ni más propio. Cual suele de abejillas tropa inquieta volar entre el tomillo y la violeta, así acudir se ve legión alada de ensueños en la silla o la almohada de todo aquel que el inspirado pecho a su pupitre arrima, o se desvela en solitario lecho, dándole caza a la difícil rima. Pero lo que en el día logra aplauso mayor, es una cosa que se suele llamar misantropía. Huye a la selva umbrosa, o más bien a la selva que desnuda de su follaje la estación sañuda; oculta allí el hastío que devora tu gastada existencia; el negro tinte que los odios fantásticos colora, de cada objeto alrededor se pinte. Huye a donde jamás hiera tu oído el eco envenenado, aborrecido, de humana voz; allí donde la roca amortaja de nieves su cabeza titánica; o allí donde bosteza de apagado volcán lóbrega boca. ¿Ves cómo ya el postrero rayo del sol expira en el otero, y al entreabrirse cárdenos nublados, de tempestad preñados, lámpara sepulcral arde el lucero sobre la tierra que la sombra enluta? Huye al amigo seno de la gruta. Medita allí, cavila; y de tu pecho el negro humor destila sobre todos los seres gota a gota; y llama al mundo en que naciste, infierno, de que fue a Lucifer dado el gobierno para jugar con él a la pelota, y con este menguado, pobre, triste, infinitesimal átomo humano, discorde unión de espíritu y materia, que monarca se cree de cuanto existe, porque le cupo el privilegio vano de conocer él mismo su miseria. Todo allí muerte, esplín, hondo fastidio, no el que con el champaña se disipa, o con el humo de cigarro o pipa, sino el que pensamientos de suicidio engendra; y logren sólo distraerte impresiones de horror, de duelo y, muerte. O el ronco trueno música te sea, y de encontrados vientos la pelea, y de natura atormentada el grito cuando sobre sus bases de granito el bosque secular se bambolea; o el esquilón distante que llora la agonía del moribundo día, aunque de plagio se te queje el Dante; o del buho el fatídico graznido, que por la soledad pavor derrama: o el gemir de la tórtola que llama, y llama sin cesar... y llama en vano, en el desierto nido, al esposo querido, que presa fue de cazador villano. Pero no es bien que mucho te demores en silvestres y rústicas escenas, que huelen a la edad de los pastores, cuando andaban Belardos y Filenas cantando a las orillas de los ríos insulsos inocentes amoríos. ¿Inocencias ahora? Nada de eso en un siglo de luz y de progreso. Loca algazara aturda en infernal zahurda, do el adusto Timón, medio beodo, haga de todo befa, insulte a todo; y brillen entre copas las espadas, y se mate, y se ría a carcajadas; y retumbe en satánicos cantares audaz blasfemia, horrífica, inaudita, que es para ejercitados paladares una salsa exquisita. Mucho más dijo la parlera Diosa, sin que de tanto embrollo de lindos disparates, otra cosa engendrarse pudiera en mi meollo, que confusión, y vértigo, y mareo. En el estado que me vi, me veo; impotente la voz, el alma seca, y por añadidura, una jaqueca. Pero, para decir, bella Isidora, que eres un ángel que la tierra adora, que sabes ser honesta y ser amable, ¿ha de ser necesario que me empeñe por selvas y por riscos, que me ensueñe, que me arome, y por último, me endiable? Antes seguro estoy de que sería imperdonable insulto el ofrecerte semejante culto. Si ya no soy ni aquello que solía, pues de la frente que la edad despoja, huye, como el amor, la poesía, puedo hablar a lo menos el lenguaje de la verdad, que, ni al pudor sonroja, tu hacer procura a la razón ultraje. Aunque de la divina lumbre, aquella que al genio vivifica, una centella en mi verso no luzca, ni lo esmalte rica facundia, y todo en fin le falte cuanto en la poesía al gusto halaga, lo compone benigna una alma bella que de lo ingenuo y lo veraz se paga.

nonchalance

veya veía

ay

rïeles

ayes