Spanish poem
Rocatriste
by Andrés Bello
La guerra es punto averiguado y fijo que la dirige Dios, no la Fortuna; y Dios de los ejércitos se dijo por esta causa, y no por otra alguna. Dando palabra de no ser prolijo, quiero, pues la ocasión es oportuna, hacer sobre este asunto una homilía para edificación ajena y mía. ¿Visteis jamás tan grande pelotera? ¿Tanto gigante? ¿Tanto monstruo bravo? Momentos hubo en que no sé si diera por el cetro de Carlos un ochavo. Viose él, y vio su corte prisionera; paró su gloria en un desnudo cabo; y cuando de salud no hay esperanza, Astolfo llega, y la victoria alcanza. Golïat, de una honda acerbo estrago, Holofernes, que muere hecho una sopa, y aquel a quien Tomiris con el trago escarneció de la sangrienta copa, de la prosperidad al blando halago navegaron un tiempo viento en popa; mas dejó su soberbia al fin postrada un niño, una mujer, una nonada. Vino el gran Corso, escándalo del mundo, a quien un reino dio cada batalla, y donde hallar pensó terror profundo, firme virtud y heroicos pechos halla. Al noble ejemplo, el brío moribundo de Europa en repentino incendio estalla, y el fallo que a un peñasco te deporta, ¡Napoleón! la tierra escucha absorta. El vulgo estos portentos atribuye a caprichos y juegos de Fortuna, la cual se dice que a su antojo influye en cuanto abraza el cerco de la luna. Mas cuando a impulso débil se destruye titánico poder, sin duda alguna es porque el cielo al oprimido ampara, y contra la injusticia se declara. Y aunque es verdad que suelen algún día, para probar la fe, vencer los malos, ello la presuntuosa altanería es humillada al fin y acaba a palos. Mas (ya lo veo) os cansa la homilía, y suspirando estáis por los regalos de la apacible, deleitosa estancia adonde aporta el Campeón de Francia. El cual, no bien está la barca surta, por la lozana orilla el paso mueve; y atravesando perfumada murta, estremecida al susurrar de un leve soplo, que a el alma los cuidados hurta y la fatiga al cuerpo, a rato breve una fábrica mira grande y bella que entre copados árboles descuella. A un lado y otro, por diversas rutas, florestas hay de pájaros pobladas, pensiles, parques, lagos, templos, grutas, por acá fuentes, por allá cascadas. Deciros de las flores y las frutas en jardines, vergeles y enramadas, fuera juntaros cuanta copia opima a cada suelo cupo y cada clima. Conducen a la fábrica eminente doce marmóreas gradas de colores, y en columnas de pórfido esplendente estriban tapizados corredores, de donde, al manso embalsamado ambiente, un divino concierto de cantores y de instrumentos varios esparcía torrentes de gratísima armonía. Las flores y la música y la calma que allí de los sentidos se apodera; aquel süave olor que llega a el alma y ya sólo al placer la deja entera; y lo que en mi sentir lleva la palma a lo demás, una gallarda hilera de bellas ninfas, que a encontrarle viene, todo al barón embelesado tiene. Después de un gentilísimo saludo una de ellas le dice: «Caballero, dichosa la ocasión llamarse pudo que te trajo a este albergue placentero, do, si no está tu corazón desnudo de humanas afecciones, como espero, y lo anuncia tu garbo y apostura, será, la que te aguarda, alta ventura». Así diciendo, al caballero indica el marmóreo portal del gran palacio; luego una sala le recibe, rica, maravillosa, de ovalado espacio; festones la techumbre multiplica de crisólito, de ópalo y topacio; de alabastro el más cándido es el muro; perfiles y cenefas de oro puro. Entrando el caballero, en medio se halla de bulliciosa juvenil cuadrilla de hermosas ninfas, que al mirarle calla, y le conduce a la más alta silla. Una, terciada al hombro alba toalla, hincada humildemente la rodilla, una bacía de oro le presenta, que los primores del cincel ostenta. Otra, que deja en leve ropa gualda brujulear las formas a la vista, y prendida a la cinta lleva el halda, y en el broche una cárdena amatista, toma el aguamanil (de una esmeralda labrado, la más grande que fue vista), y derrama al señor de Montalbano líquido aroma en una y otra mano. Otra dama tras esto, que, ceñida la frente de arrayán, tiene por gala única su beldad (que, por mi vida, la de la más encopetada iguala), «A punto está, le dice, la comida»; y la gallarda tropa, puesta en ala, al buen señor de Montalbán se inclina, y a do el banquete aguarda le encamina. Junto allí se demuestra cuanto puede excitar al más lánguido apetito, y no sé si la copia al arte excede, o si lo vario es más que lo exquisito; pues reunido pareciera adrede para que en este número infinito de viandas con que al gusto se festeja, vague la vista, en elegir perpleja. De la mesa, que entolda entre follaje verde una red de flores olorosas, va el caballero al superior paraje con cuatro damas de las más donosas. Otras, arregazado el blanco traje, coronada la sien de blancas rosas, ministran; y una de ellas, que el divino néctar servir pudiera, escancia el vino. Cuando, acabada la soberbia cena, descubierta quedó la mesa de oro, a una gran cuadra van de antorchas llena, do mientras danza alborozado coro al compás de amorosa cantilena, de suave cuerda y de metal sonoro una discreta dama al distraído barón se llega, y dícele al oído: «¿Ves la ventura que te ofrece el cielo? Predestinola a ti la reina mía, que de tu amor aguarda su consuelo, y si quisieras más, más te daría». Estaba el buen Reinaldos como lelo, y a veces receloso se decía: «¿A que el traidor de Malgesí me engaña, y cuanto miro es todo una patraña?» En esto el nombre oyó, por accidente, de Angélica. Irritado basilisco se vuelve, y con ceñudo continente caricias, ruego, amor rehuye arisco. No hay placer ni hermosura que le tiente; se despeñara del más alto risco, y en el más hondo abismo se echaría, por no ver la que tanto aborrecía. Por la primer salida, que halla abierta, de esta, a su juicio, odiosa cárcel, huye. «De nada aquí te servirá Frusberta (teniéndole, una dama así le arguye) lo postrero es del mundo esta desierta ínsula, que ignorado mar circuye; en prisiones estás, y no te queda más arbitrio que hacértelas de seda». Las cejas el francés airado enarca, que sólo entonces fue descomedido; y a la playa en demanda de la barca corre, con el intento decidido de abandonarse a ella, aunque la Parca le dé por tumba el ponto embravecido. Por la tropa de ninfas atropella, llega al mar, ve la barca, salta en ella. Mas heos aquí segunda maravilla: por más que corta el agua con la espada, así aparta la nave de la orilla como si allí estuviese emparedada, o a las ásperas rocas por la quilla con cincuenta cadenas amarrada; moverla no le es dado, más que al viento sacar un farallón de su cimiento. Estaba ya Reinaldos impaciente, pensando si a las ondas se arrojase; y al intentarlo, inesperadamente de la costa el barquillo se desase, y tomando la vuelta del poniente sin que el barón la causa adivinase, así va, que saeta no le iguala en lo veloz, ni disparada bala. El manto de la noche el mundo vela, y en tanto el barquichuelo desalado no corre por el agua, sino vuela; y lo mejor (si aún no lo he declarado) es que no se usa en él jarcia ni vela, ni remo, ni timón; y tripulado parece estar de duendes, y que sea el mismo Satanás quien pilotea. Da fondo en fin al despuntar la aurora, que en nubes se embozó de infausto agüero. Reinaldos desembarca, y una hora anduvo sin destino y sin sendero, cuando a un anciano ve, que gime y llora, y le dice: «¡Ah Señor! Un bandolero me acaba de quitar una hija amada; de su inocencia y mi dolor te apiada». Tiénela el tal en una selva espesa, y a pie el de Montalbán y solo se halla; mas no por esto rehusó la empresa; antes presenta al robador batalla. Conturbado el ladrón soltó la presa; y luego, dando un silbo, atiende y calla; apenas fue la seña oída, el puente calan, de un gran castillo, que está enfrente, de donde un jayanazo de morena faz, erizado pelo y mirar torvo, sale, y un dardo trae y una cadena que el un extremo tiene agudo y corvo. Y sin decir razón mala ni buena el dardo arroja, que, no hallando estorbo en el escudo, el fino arnés horada del paladín, y encarna una pulgada. Rïó Reinaldos desdeñosamente, que no quedó del tiro muy contento. A castigar la injuria fue impaciente; pero el bribón le adivinó el intento; la espalda le volvió y hacia otro puente que de uno y otro lado tiene asiento sobre berruecos de áspera barranca, corrió como en hüída, a toda zanca. Hay en medio del puente una argolluela; de ella el gigante la cadena traba metiendo el gancho, y cuando ve que vuela el paladín tras él con furia brava, y al puente se abalanza sin cautela, el traidor, que otra cosa no aguardaba, tira de la cadena, y al instante húndense paladín, puente y gigante. Jamás se vio invención tan rara y nueva. Aturdido Reinaldos del porrazo, rodando fue hasta el centro de una cueva, en donde pie con pie, brazo con brazo, le ata el jayán, que al hombro se le lleva, diciendo: «No nos dieras embarazo, y te estuvieras a pie quedo en casa, y no te pasaría lo que pasa». El lance, por mi vida, es apurado. «¡Cómo Fortuna en su rigor se extrema! dice el barón, ¿quién pudo haber pensado tan nueva y nunca vista estratagema? Pero que pinte lo que quiera el dado; ¡perdí el honor! ¿Qué azares hay que tema? Lo que siento es morir como un baldío, atado pies y manos, y hecho un lío. »¡La voluntad de Dios cumplida sea!» Llegan en esto al puente del castillo, do de osamenta descarnada y fea ocupado se ve cada portillo; aquí una triste víctima boquea; allá cuelga un cadáver amarillo; de sangre están teñidos muro y suelo; todo señales da de espanto y duelo. Mas no el color por esto se le muda ni al miedo da cabida el caballero. Envuelta en largas ropas de vïuda una vieja recibe al prisionero, de avellanada tez, flaca, barbuda, y de un mirar desapacible, austero. «Menguada fue la hora en que viniste, dice, a jurisdicción de Rocatriste. «Pero hallándose el número cumplido de víctimas que mueren cada día, según el rito ahora establecido en esta malhadada estancia mía, ten, si en algo lo estimas, entendido que tu fin no es llegado todavía; mas de la luz despídete, que es ésta, ¡mezquino!, la postrera, que te resta». Al solitario albergue de un oscuro sótano el caballero es conducido, en que un lecho le aguarda angosto y duro y un pedazo de pan enmohecido. Juzga llegado el término inmaturo de su vida, y lo toma a buen partido, que sin honor la vista le es amarga del mundo, y el vivir pesada carga. Postrado a la fatiga y la tristeza, del ánima mortal doble beleño, reclinó, como pudo, la cabeza, y abandonose, sin sentir, al sueño. Mas no ha dormido el infeliz gran pieza, cuando tocar se siente, y al pequeño resplandor de una lámpara expirante, el bulto de la vieja vio adelante. La cual así le habla: «Caballero, tu presencia gentil tanto me obliga, que una proposición hacerte quiero con que evitar tu muerte se consiga. Mas por que entiendas mi designio, el fuero que aquí se guarda es menester te diga, y que con harta pena haga memoria de una sangrienta y lamentable historia. »Un caballero fue, de gran riqueza, señor de este castillo y tierra un día; a todos hospedaba con franqueza; en pompa grande y esplendor vivía; a gentes de valor y de nobleza sobremanera honraba y distinguía; y tuvo una señora por esposa, tanto como leal y casta, hermosa. »Ella, que de hermosura fue un lucero, era llamada, no sin causa, Estela; llamábase Damón el caballero, y el castillo que miras, Orcancla, que en Rocatriste conmutó el primero nombre por lo que oirás en la secuela. Damón, por una selva, que cercana está a la mar, cazaba una mañana. »Y como a un caballero acaso viera correr el monte en forma de batida, según costumbre suya a todos era, a su castillo y mesa le convida. Mi marido era el tal (¡nunca lo fuera!); Marquino, duque entonces de Fonfrida; y, como los demás, es hospedado en Orcanela, y grandemente honrado. »Pues, como lo ordenó fatal estrella, puso el huésped los ojos en la dama, y al punto enamorado quedó della, que siempre amigo fue de ajena cama; mírala tan honesta como bella, y tanto más su loco ardor se inflama; ya no entiende ni piensa en otra cosa que en robar a Damón la cara esposa. »De Orcanela se va; mas a la grupa algún genio infernal pienso que lleve, que para el robo en que la mente ocupa le sugiera el ardid más ruin y aleve. Arma escondidamente una chalupa, de noche se hace al mar, y aporta en breve a un oculto lugar de esta ensenada, y pone a poco trecho una celada. »Como sonando el cuerno iba Marquino la siguiente mañana, el sin sospecha Damón, gozoso a saludarle vino, y al cuello aquel traidor los brazos le echa. Cabalgan juntos por aquel camino, y mi marido, haciendo la deshecha, frecuentemente vuelve atrás la cara, como si alguna cosa se dejara. »Revolver, dice el otro, justo fuera, si algo os dejáis que os tenga con cuidado. Es un lebrel que estimo en gran manera.. dice Marquín, mas daros temo enfado. No haréis tal. Y esto dicho, a la ligera vuelve Damón las riendas, y el malvado le lleva a do emboscada está su gente; muerto fue el infeliz traidoramente. »Con su propia bandera es el castillo tomado; en él no dejan alma viva; uno muere a dogal, otro a cuchillo; y de sentido a Estela el susto priva, en quien el más que bárbaro caudillo, como la ve que alienta apenas, iba a poner su nefario intento en obra, cuando ella del desmayo se recobra. »Fuerzas le da el honor, y a brazos lucha con este hombre crüel cuanto lascivo, que gemidos y súplicas no escucha, antes le sirve el llanto de incentivo. Bien se defiende Estela; pero es mucha la desventaja; y ya el denuedo altivo siente que mengua, y sin aliento se halla para tan fiera y desigual batalla. »Mas aunque el cuerpo es débil, no así el alma, ni el puro corazón, leal y honesto; por otro estilo quiere ver si calma de su enemigo el desalmado arresto. Señor, le dice, es tuya al fin la palma; mas ¿qué placer en medio del funesto teatro que tenemos a la vista, pudiera hacerte dulce la conquista? »¿Puede dar gusto una mujer sin vida, víctima del dolor y del espanto? Si dejar que olvidada y escondida vaya a un claustro a llorar, te cuesta tanto, permíteme a lo menos que te pida un plazo breve a la amargura y llanto que a un amor fino, aunque infelice, debo, antes de dar oídos a otro nuevo. »Concédeme que llore un solo día y a mi caro Damón dé sepultura; después tu voluntad será la mía, y me resignaré a mi desventura. Si por piedad, honor, caballería esta breve merced se me asegura, no digo yo que te amaré, sí digo que a sempiterna gratitud me obligo. »Esto propone por si algún vecino socorro llega, aunque en tan corto plazo; pensando, si no ve mejor camino, a veneno morir, a espada o lazo, antes que consentir del asesino de su marido el detestable abrazo; ni pareció, llegada al trance estrecho, ser su resolución de instable pecho. »Después de haberlo el duque masticado, últimamente admite la propuesta. Viene en el entretanto un fiel criado, y el caso por menor me manifiesta. Dice también que el duque le ha mandado que una droga mortal le tenga presta; que conmigo a comer vendrá Marquino, y él mismo ha de mezclármela en el vino. »¿Por qué una vida sola se escondía, traidor Marquino, en ese infame pecho, y no da a mis venganzas cada día pasto tu corazón pedazos hecho? Si un infierno, señor, el alma mía se vuelve ahora, recordando el hecho, qué debí de sentir, fresca la ofensa, y reciente la herida, tú lo piensa. »En el castigo lo verás patente que yo tomé de mi ofensor villano. Dos niños tuve de su vil simiente. Maté al mayor con esta propia mano. Estaba el pequeñuelo allí presente, y mirándome herir al pobre hermano, madre, decía, madre, no tan duro; asiéndole de un pie le estrello al muro. »Luego apartando enteras las cabezas, los tiernos cuerpezuelos descuartizo, y los divido en mil menudas piezas. Aún hoy de referirlo me horrorizo, después que asombros tantos y crüezas han vuelto en mí lo humano un ser postizo. Paréceme tener aquí delante la carne de mis hijos palpitante. »Mas me vengué; del hecho no me pesa. Vuelve, pues, mi marido, y con traidora cara se llega a mí, me abraza y besa. En varios platos se le sirve ahora la carne de mis hijos a la mesa; él mismo que los hizo los devora. ¡Oh sol! tú que lo viste, ¿cómo el paso no apresuraste a hundirte en el ocaso? »Valida yo, no sé de cuál pretexto, dejé la mesa, y con aquel criado salgo oculta de casa, y voyme presto a la frontera del vecino Estado, cuyo señor, que se llamaba Ernesto, era primo de Estela, y ya avisado, para salvar, si era posible, a Estela, marchaba con los suyos a Orcanela. »Pues Marquino, que de esto nada sabe, mi ausencia nota, y manda en busca mía. Cerrado estaba mi aposento a llave; la llave falta; llaman; nadie abría. Cuidadoso Marquino, y algún grave suceso recelando, a tierra envía de un puntapié las cerraduras; entra, y lo que menos imagina encuentra. »Retrajo el paso, dando un recio grito. Las dos cabezas vio en una bandeja; y este letrero, de mi mano escrito, nada en el caso que dudar le deja: Tus hijos son; matolos tu delito; mi venganza en sus carnes te festeja; sepulta lo que dellos te ha quedado; lo demás ya en tu vientre has sepultado. »Mas, recobrado del horror primero, de indicios varios, que juntar procura, coligiendo mi fuga y paradero, venganza contra mí y Ernesto jura; las armas pide y un bridón ligero, y pártese a Orcanela en derechura, no sea que, si tarda, Ernesto equipe su gente, y a esperarle se anticipe. »La medianoche o poco menos era, cuando aquí pareció con su mesnada. Protesta que la víctima primera que ha de ser a sus iras inmolada es el honor de Estela prisionera, y que ya de sus brazos no habrá nada que la defienda, y que su gusto estorbe, si bien se armase en contra suya el orbe. »A Estela hace llamar. Llega la dama con pálido semblante y lagrimoso; y conociendo el fin con que la llama y que es el resistirle infructüoso, atenta ya a cumplir lo que a su fama, tiene jurado y al difunto esposo, sígueme, respondió; y a una vecina cuadra con lento paso se encamina. »Y pisado el umbral, osada y presta un puñal en el pecho se sepulta. Hállase, en medio de la cuadra, puesta el arca triste que a Damón oculta. Bañada en sangre encima se recuesta, y al hombre aborrecido que la insulta, en vez de la beldad que estaba cierto de profanar, dejó un cadáver yerto. »Fuese despecho vengativo, o fuese que el nefando banquete de aquel día turbados los sentidos le tuviese, dicen que aun no era parte todavía este caso funesto, a que cediese del intento brutal con que venía; horrorizado, al fin, de allí se aleja, y a recibir a Ernesto se apareja. »Ernesto y yo llegamos con la aurora. Brevemente la roca fue tomada, y a mi vista exhaló su alma traidora de mil modos Marquín martirizada. A la demás caterva malhechora pasamos por el filo de la espada, y a la dama se dio sepulcro honroso a par del caro malogrado esposo. »Ernesto se volvió; yo en este ajeno castillo pensé hallar mansión segura. Era casi pasado el mes noveno, cuando a deshoras, una noche oscura, se oyó una voz que, como ronco trueno, brama en la embovedada sepultura, lecho postrero de Damón y Estela; voz que de susto y pasmo a todos hiela. »Tres gigantes dejó conmigo Ernesto para atender a la defensa mía. El que de ellos mostró mayor arresto fue a ver lo que en la tumba sucedía; y violo, el pobre, demasiado presto, porque no bien el suelo removía, cuando al bramar de la honda voz parece que el orbe, no el castillo, se estremece. »Y un monstruo que abortar quiere la tierra, solevantando la funérea losa, alza una garra, que al gigante afierra, y a sí le trae con fuerza poderosa. Luego que entero y vivo lo sotierra, un tanto la tremenda voz reposa; mas al siguiente día otra vez muge, y el castillo, otra vez temblando, cruje. »Hombre no se encontró de tan seguro corazón, que bajar allá quisiera. Yo en torno mandé alzar un grueso muro, y que con una máquina se abriera la cripta sepulcral, de do un impuro contrahecho vestiglo salió fuera. de temeroso aspecto y forma rara, cual verás, si quisieres, cara a cara. »Es tal su condición, que no hay manera de que otra carne en vez de humana pruebe; y si no es que a menudo a la barrera en que encerrado brama se le lleve algún mezquino que a sus manos muera y su voraz horrenda gula, cebe, el fuerte muro a garra y cuerno prueba, y en todos el espanto se renueva. »Así que, como ves, dura, forzosa necesidad es nuestra usanza y fuera, ni te parezca, practicable cosa trasladarme a otro sitio, aunque quisiera; hácenme mis delitos tan famosa, y tanto me odia el mundo y vitupera, que no me resta en parte alguna asilo do esperar pueda un porvenir tranquilo. »Oye, pues, lo que voy a proponerte: sé mi esposo, y señor de este castillo; que si bien es un don de baja suerte el que te ofrezco, y de pequeño brillo, quizá, si lo comparas con la muerte, encontrarás razón de preferillo; de otro modo ya sabes que te espera temprano fin en garras de la fiera». Luego que el buen Reinaldos hubo oído este prolijo lastimoso cuento, y casi a carcajadas ha reído oyendo de la vieja el pensamiento, así le dice: «Madre, yo te pido que me permitas ir a ese sangriento bruto, fantasma, o lo que fuere, armado como me ves, y con mi espada al lado». Ceñuda ella responde: «Haz lo que quieras. Sábete que eso mismo ha de valerte el ir armado, que si no lo fueras; que al fin a lo que vas es a la muerte. ¿Qué espada, ni qué arnés, ni qué quimeras? Sus uñas rasgan de la propia suerte el hierro que la seda, y no hay tan fino acero, que en su piel se abra camino. «Pues que te desagrada mi propuesta, condescender a tu demanda quiero». Llegada la mañana, a la funesta arena es descolgado el caballero. He aquí el bravo animal; he aquí que a presta carrera el más valiente huye primero, y de sus uñas, aun con ser el muro tan alto y grueso, no se cree seguro. A paso va Reinaldos, aunque tardo, firme, desenvainada su Frusberta. Mas ¿para cuándo a retratar aguardo esta alimaña en bruto y diablo injerta? Que diese el ser a este animal bastardo el diablo y lo amasase con la yerta carne y la sangre de Marquino helada, dice el autor que es cosa averiguada. De Damón fue erigido el monumento en subterránea bóveda espaciosa que sostiene un bruñido pavimento, do dice en letras de oro negra losa: «Bajo esta piedra el fúnebre aposento se oculta de Damón y de su esposa; dechado él de caballeros; ella de fe constante y de hermosura estrella». Tirado, pues, a un lóbrego escondrijo, no lejos del marmóreo mausoleo, de infernal padre abandonado hijo que de ninguna madre fue recreo, poco a poco el diabólico amasijo desarrollose horriblemente feo, hasta que, en vez del infantil vagido, aquel baladro aterrador fue oído. No era menor que un buey en el tamaño, con dos agudas astas en la frente; los ojos de un color de fuego, extraño, y de un jeme de largo cada diente; gruesa la piel, de amoratado paño y verdinegras pintas, cual serpiente; prolija barba de sanguazas llena; cerdosa y desgreñada la melena. Rollizos miembros tiene como un oso, y en corvos garfios cada cual termina. Tiene el aspecto falso y alevoso, y la mirada de intención dañina. Cuando, como acostumbra, está furioso, los dientes con tremendo son rechina; brama, cual nube que preñada estalla; con uñas, cuernos, dientes, da batalla. Tales las señas son del endiablado bruto, según le pinta don Turpino. Habiéndose a Reinaldos encarado, fuesele aproximando pian pianino. Creyendo ya entre dientes el bocado, sobre los pies traseros hace un pino, y se abalanza, la bocaza abierta. Tremendo tajo descargó Frusberta; Mas, aunque en el testuz se lo hace bueno, no le ocasiona un átomo de daño. Brinca al francés la fiera, hecha un veneno, y con la diestra esgrímele un araño. Aquella vez no le acertó de lleno; pero un pedazo llévale tamaño del ancho escudo con el corvo artejo, y rásgale la cota y el pellejo. Reinaldos otro golpe le segunda, y otro tras éste, y otro sin tardanza. Brama la fiera al recibir la tunda, y por los ojos llamaradas lanza; mas no le es dado que pavor infunda a Montalbán, que lleno de esperanza, ora esgrime de lado, ora de frente, de tajo y de revés, y a manteniente. Aunque del caso lo peor le toca, con renovado ardor cada vez carga. Anda la bestia, que se vuelve loca, ya por asir la espada, ya la adarga; con los cuernos embiste, con la boca; ora el un brazo y ora el otro alarga; bate la cola, eriza la guedeja, y al enemigo respirar no deja. Reinaldo en cuatro partes está herido. ¿Quién vio jamás igual atrevimiento? Se ve maltrecho, y no se cree perdido; mengua la sangre, y crécele el aliento; y tomó ciertamente aquel partido que era propio de un hombre de talento, que, si no vence, a manos de la fiera o a las del hambre, es menester que muera. Empezaba a ponerse el cielo oscuro, y la reñida lucha no cesaba. El paladín la espalda arrima al muro, y con su sangre la armadura lava; mas antes de morir quiere dar duro. Frusberta cada vez está más brava; si el cuero no penetra, firme y tieso, a lo menos magulla carne y hueso. Reinaldo envida el resto a una jugada: ¡Oh cuál zumba la espada tajadora! Mas ¡ay! el animal de una uñarada se la quitó. ¿Qué harás, Reinaldo, ahora? La vida y la batalla es acabada: seguramente el monstruo te devora. Siento a los ojos asomar el llanto; ¡ah! permitidme suspender el canto.