Spanish poem
Rudens O El Cable Del Navío (Traducción De Plauto)
by Andrés Bello
ARTURO —En la ciudad celeste de los dioses conciudadano soy de aquel que mueve mares y tierras y las gentes todas. Pues soy, cual veis, la blanca estrella fúlgida, astro que nace a la debida hora en cielo y tierra: Arturo me apellidan, que de noche en el cielo entre los dioses brillo, y de día entre los hombres ando, como también acá los otros bajan lucientes astros, pues aquel que impera a Dioses y a mortales rey supremo por partes diferentes nos envía a observar de los hombres las costumbres, la fe y piedad, y de qué modo llegue a la fortuna cada cual; si falsa litis con falsos testimonios mueva, o si sus deudas, perjurando niegue; y de los tales luego el nombre escrito llevamos al Tonante. Así conoce al que busca lo malo, o con perjurios triunfar del adversario solicita o recabar del juez inicuo fallo con malas artes. Él lo ya juzgado juzga de nuevo, y les impone multa que el valor de la causa que vencieron excede en mucho. De los buenos lleva también registro en su estrellado trono, que no, como el malvado se imagina, aplaca al Dios con víctimas o dones; antes el gasto y el trabajo pierde, porque de las ofrendas del perjuro no acepta nada Jove, [y a los buenos] indulgente y benigno oye la súplica. Parad mientes por tanto a lo que digo vosotros que, buscáis derechamente el bien, y vida franca, honrada y pía; seguid así, y os holgaréis un día. Pero decir me cumple a lo que vengo. Difilo, autor de esta comedia, quiso que esta ciudad Cirene fuese; y mora Démones en la misma, en esta granja que veis a orillas de la mar; anciano que desterrado vino aquí de Atenas, hombre de buena pasta. Ni carece de sus patrios lugares por delito. Antes, sirviendo a los demás hallose, perdida en hacer bien hacienda pingüe, embarazado y empeñado y pobre de puro liberal... y para colmo de desgracia, una niña en edad tierna, hija suya, robáronle piratas, a quienes un bribón de siete suelas que habita aquí también, comprola. Un día que de tañer la flauta en la vecina escuela la niña, joven ya, tornaba a casa, un mozo hubo de verla, compatriota del dueño de la granja que os he dicho, Ateniense también, y al mismo punto, enamorose; ve al rufián; contrata con él que se la venda como esclava por treinta minas; diole el joven prenda, y el trato confirmó con juramento aquel follón que de la fe jurada se burla y mofa, y se le da una higa de lo que más sagrado hay en el mundo. El caso fue que vino de Agrigento un viejo igual a él; facineroso si los hay, fementido y alevoso. Hospedole el rufián, y como viera a la doncella, empieza a ponderar su gracia y gentileza celebraba asimismo la apostura de otras mujeres, que el rufián tenía para su abominable granjería. Dícele que a Sicilia se vaya, donde abunda la juventud alegre y licenciosa y deja inmenso lucro aquel comercio de mujercillas, que fortuna grande había de darle en breve. Persuadiole; un bajel se fletó secretamente, y de noche se lleva todo el ajuar a bordo. Al pobre amante, dice el rufián que va a cumplir un voto en el Templo de Venus, que veis allí, vecino a la ribera y que después del sacrificio espera le acompañe a comer. Tras esto vase furtivamente al mar; el siciliano y las mujeres y el rufián se embarcan; se cuenta al joven lo que pasa; al puerto apresurado corre; a gran distancia iba la nave ya. Pues yo que miro que así se van con la infeliz doncella quise al rufián perder; salvarle a ella. Bramé tempestüoso; olas levanté al cielo altísimas, horrendas; que si suelo embravecerme en el nacer, más bravo mi usado giro en occidente acabo. La nave dio al través; los malandrines viejo y rufián arroja, que se amparan de un pelado arrecife; y la niña al esquife con otra joven sierva sobrecogida de pavor se lanza. Se lanzan temerosas y a la playa vecina la alborotada mar las encamina no lejos de do mora Démones, de su patria desterrado como os he dicho ya; cuyo tejado hizo pedazos esta noche el viento. Este que sale esclavo es suyo. Al joven enamorado, que compró la niña presto veréis; y concluyose el cuento. Resta que os diga mi palabra extrema: Vivid, medrad, y el enemigo os tema.