Versos Spanish Andrés Bello Santa Casa De Oración

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Santa Casa De Oración

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Santa casa de oración, templo de la Compañía, que a plegaria y a sermón llamas de noche y de día la devota población; ¿Qué esplendor, qué luz es ésta que sobre ti se derrama? No es luz de nocturna fiesta; es devastadora llama; es una pira funesta. Ni es sonido de alegría el que por los aires corre; ayes son esos que envía envuelta en humo tu torre; son gemidos de agonía. Jamás con furor tan ciego, prendió escondida centella; viose breve lumbre; y luego a grande altura descuella una cúpula de fuego. Raudo volcán se me antoja, que aglomera nube a nube de humareda parda y roja, y ya hasta los cielos sube, y encendida lava arroja. Cual león que descuartiza descuidada presa hambriento, tal, encrespado se eriza, tal ruge el fiero elemento, que te reduce a ceniza. Aunque el pueblo te circunde a socorrerte anhelante, rápido el incendio cunde, y hasta el cerro más distante terrífica luz difunde; Y en cuanto la vista abraza, tiñen medrosos reflejos toda calle y toda plaza, y aun contemplados de lejos espanto son y amenaza. Una visión gigantea que negras alas agita, en lo alto revolotea; soplando, el incendio irrita; y sacude humosa tea. ¿Será aquel ángel, al pozo de perdición derrocado, a quien la miseria es gozo? Sobre su rostro eclipsado, vislumbra horrendo alborozo. Ya del techo, alta diadema de fuego, lluvia desciende ardiente, que alumbra y quema la vasta nave, y se extiende con voracidad extrema. ¡Virgen! si compadecida te halló siempre el ruego humano, detén la fiera avenida; tiende el manto soberano sobre tu mansión querida; Sobre tu bella morada, donde con ardientes votos has sido siempre invocada; donde mil labios devotos te llamaron abogada. Y tú, ¿puedes tolerar que así las llamas te ultrajen, Santo Arcángel titular? ¿Se cebarán en tu imagen? ¿Harán pavesas tu altar? Nada aplaca su furor; la destrucción es completa; arde todo en derredor; aun a su Dios no respeta el fuego consumidor.

Y a ti también te devora, centinela vocinglero, atalaya veladora, que has contado un siglo entero a la ciudad, hora a hora. Diste las nueve, y prendida estabas viendo la hoguera en que iba a expirar tu vida; fue aquélla tu voz postrera, y tu última despedida. Cuando sellaba tu suerte ese fatídico acento, ¿quién imaginó perderte, y que en las alas del viento iba la voz de la muerte? Paréceme que decías: «¡Adiós, patria! El cielo ordena que no más las notas mías desenvuelvan la cadena de tus horas y tus días. »Mil y mil formas miré nacer al aura del mundo, y florecer a mi pie, y descender al profundo abismo de lo que fue. »Yo te vi en tu edad primera dormida esclava, Santiago, sin que en tu pecho latiera un sentimiento presago de tu suerte venidera. »Y te vi del largo sueño despertar altiva, ardiente, y oponer al torvo ceño de los tiranos, la frente de quien no conoce dueño. »Vi sobre el pendón hispano alzarse el de tres colores; suceder a un yermo un llano rico de frutos y flores; y al esclavo el ciudadano. »¡Santiago, adiós! Ya no más el aviso diligente de tu heraldo fiel oirás, que los sordos pasos cuente que hacia tu sepulcro das. »¡Adiós! Llegó mi hora aciaga, como llegará la tuya. No hay cosa que no deshaga el tiempo, y no la destruya; aún a los imperios traga».

El ángel que guarda y vela a nuestra patria naciente, ya que el incendio encarcela, mustio, la mano en la frente, al empíreo coro vuela. Saciose en el templo santo el fuego; cesó el bullicio; duerme la ciudad; y en tanto en torno al trunco edificio reina silencioso espanto. Realza una opaca y fea lumbre el horror y el asombro; frío norte el humo ondea; algún denegrido escombro acá y allá centellea. Entre la vasta rüina, tal vez despierta y se encumbra llamarada repentina, que fantástica relumbra, y todo el templo ilumina; Mas otra vez se adormece; y solamente la luna, cuando entre nubes parece, sobre el arco y la coluna luminosa resplandece. Y con pasmado estupor, reciben nave y capilla este tan nuevo esplendor, lámpara sola que brilla ante el Arca del Señor. Y ya, si no es el graznido de infelice ave nocturna que busca en vano su nido, o del aura taciturna algún lánguido gemido, O las alertas vecinas, o anunciadora campana de las preces matutinas, o la lluvia que profana las venerables rüinas, Y bate la alta muralla, y los sacros pavimentos, triste campo de batalla de encontrados elementos; todo duerme, todo calla.

Cuando, a vista de un estrago, dolorido el pecho vibra, ¿hay un sentimiento vago que nos alienta; una fibra que halla en el dolor halago? ¿Es un instinto divino, que cuando rompe y cancela la fortuna un peregrino monumento, nos revela más elevado destino? ¿O con no usada energía despierta en tu seno el alma y, bulle la fantasía, Noche oscura, muerta Calma, solemne Melancolía? Yo no sé, en verdad, qué sea lo que entonces la trasporta; absorbida en una idea, los terrenos lazos corta, y libremente vaguea. Y no es un descolorido bosquejo lo que elabora, que al pensamiento embebido el antes se vuelve ahora, y la memoria, sentido. Las antiguas tradiciones toman colores reales, y quebrantan las prisiones de las arcas sepulcrales difuntas generaciones. ¿Qué nuevo rumor se advierte? ¿Qué insólito murmurar? ¿Qué voz turba de esta suerte el silencio secular de ese asilo de la muerte? En sus lechos se incorporan las heladas osamentas; de los nichos en que moran bajan sombras macilentas; negras ropas las decoran. Grima me da, cuando miro la procesión, que la grada monta del hondo retiro, y en dos filas ordenada, hace en torno un lento giro. Va a su cabeza un anciano; una blanca mitra deja asomar su pelo cano. Cantan, y el canto semeja sordo murmullo lejano. Mueven el labio, y después desmayados ecos gimen; la luna pasa al través de sus cuerpos; y no imprimen huella en el polvo sus pies. No, no es cosa de este mundo, ni es lustre de ojos humanos, el de aquel mirar profundo; sendas hachas en sus manos dan un brillo moribundo. Y cuando atender se quiere a lo que en el aire zumba y en tristes cadencias muere, se oye el cantar de la tumba, el lúgubre Miserere. «El brazo airado detén, muestra benigno el semblante, ¡Sumo Autor de todo bien! para que otra vez levante sus muros Jerusalén».

Pero ya rayó la aurora, y a su luz, cada vez más la visón se descolora, y al fin, como un leve gas, por el aire se evapora. Sobre la gran cordillera, sube el primer sol de junio, y apresura (cual si huyera de ver tamaño infortunio) entre nubes su carrera. ¡Ah! lo que ayer parecía fábrica eterna, ¿quién pudo adivinar que hoy sería tostados leños, desnudo paredón, ceniza fría? Entre el pavor y el respeto contempla el vulgo curioso (¡horrible y mísero objeto!) de lo que fue templo hermoso el mutilado esqueleto. No brilla la antorcha clara; no arde el incienso süave; polvo inmundo afea el ara... mas ¿por qué en lo menos grave el pensamiento se para? El Tabernáculo Santo. Tu rostro en la tierra humilla, ¡Jerusalén! rasga el manto; por tu pálida mejilla hilo a hilo corra el llanto. Prendió llama, llama insana, el Señor; y dio al olvido la fiesta de la semana; y su tienda ha demolido, y desechó su peana. Callan, ¡ay!, eternamente la iglesia, la torre, el coro; calló el rezo penitente; calló el repique sonoro; calló el púlpito elocuente. La voz del himno ha cesado; duelo cubre y confusión al sagrario desolado; y la hija de Sïon es un cadáver tiznado.