Spanish poem
Todo El Mundo Es Mudable
by Duque de Rivas (1791–1865)
Todo el mundo es mudable, Ni el bien ni el mal son eternos: La apacible primavera Sigue al riguroso invierno. A la obscura noche el día, Y a la borrasca, que al cielo Empañó con densas nubes Y asustó con rudos truenos, La calma serena y pura. Así suelen a los tiempos De desventuras y llantos, Seguir de paz y consuelo. Del Rhin en la orilla helada, Abrumado de sí mesmo, Vargas proscripto gemía, Su fortuna maldiciendo, Cuando noticias recibe De que la patria le ha abierto Lar, puertas... Júzgalo absorto Ilusión de su deseo; Mas Jacinta se lo escribe, Y cuanto ella dice, es cierto. Otra carta de la madre De Jacinta que al momento, Vuele a Sevilla, le ruega, En donde dará Himeneo, El día de su llegada, A tan constante amor premio. * * * No la paloma, que presa Llora en doloroso encierro, Si acaso un resquicio mira, Tiende apresurado el vuelo Hacia el palomar y nido, En donde vió el sol primero; Ni el torrente, a quien contuvo El malecón interpuesto, En cuanto lo encuentra roto, Se arroja a su antiguo lecho, Y por él se precipita Hacia la mar, que es su centro, Tan veloces como Vargas; Corre, sin tomar resuello, A Sevilla: los instantes, Son Para él siglos eternos. Montes, llanuras, ciudades, Ríos, Estados diversos Atrás deja, y los caballos De tardos acusa y lentos. Ya salva las altas cumbres Del nevado Pirineo, Y entra en España; ya escucha La lengua de sus abuelos ¿Qué importa? Ni un solo instante Retarda su raudo vuelo. Halla a cada paso amigos, Halla intereses y deudos: No se para, corre, corre, Que tiene en Sevilla puesto Su afán, y hasta que descubra La Giralda no hay sosiego. * * * Apenas ha quince días, Que en las márgenes del Reno De su Jacinta la carta Leyó, juzgándolo sueño; Y los caños de Carmona Ve a su siniestra creciendo, Y a¡ frente la antigua puerta, Para él la puerta del cielo. Cualquiera mujer que mira En mantilla y de paseo, Que es Jacinta que le espera, Juzga, y le palpita el pecho. Al llegar se desengaña Y en otra que ve más lejos Jacinta fuera de casa Está, sí, sale a su encuentro. Era en punto mediodía: Entra por fin, Y Molestos Los guardas el carruaje Detienen corto momento. Los maldice y les da oro, Por que le detengan menos: "Corre", al potillón le grita, Y torna a marchar de nuevo. Por las retorcidas calles Echa pestes y reniegos A cada lenta carreta. A cada corro interpuesto, Que a templar el paso obliga De los caballos ligeros, Y anheloso a verse llega De la ciudad en el centro. Oye de fúnebres cantos El triste son desde lejos, Se aproxima, y por la calle Que va a tomar, un entierro Pasa. Con hachas de cera, Pobres, vestidos de negro, Van de dos en dos; los siguen Las cofradías; a lento Paso un féretro se acerca, De un blanco paño cubierto, Con una palma, y corona De blancas flores... ¡Agüero Terrible! que es de doncella Principal y de respeto El funeral le parece Hierve taciturno el pueblo En derredor. Manda Vargas, Turbado con tal encuentro, Que tome por otra calle, Al postillón. Revolviendo Este los caballos, torna Por un callejón estrecho, Y a la calle ansiada llega Después de corto rodeo. Mucha gente en los balcones Está, mostrando en sus gestos Sorpresa de que en tal día Llegue a la casa un viajero. Párase la carretela; La puerta está abierta, yermos El ancho portal y el patio; Reina en la casa el silencio. De un salto Vargas se apea, Corre a la escalera presto, De ella por un lado y otro De cera advierte un reguero Reciente. Veloz la sube, Abre la mampara...¡Cielos! Colgada está la antesala Enreedor Con paños negros Enlutada una gran mesa Mira colocada en medio, Y en sus cuatro ángulos arden, Sobre cuatro candeleros De plata, cándidas velas Consumidas casi: el suelo Cubren deshojadas flores, Siemprevivas y romero. ¡Dios!... ¡Pobre Vargas! Absorto, Sin voz, sin alma, y en hielo Convertido, ni respira. Ojos cual los de un espectro Gira en derredor; se ahoga Sin respiración su pecho. Volviendo en sí un corto instante, Oye llorar allá dentro; Cuando se abre lentamente Una puerta, que al momento Se cierra, y un sacerdote Que por ella sale, lleno De lágrimas el semblante (De dar en vano consuelo Viene a una madre infelice), Queda inmoble a Vargas viendo. Vargas lo mira, y no alienta; Mas tras de breve silencio Rompe al cabo, y le pregunta Con un angustiado esfuerzo, «¿Dónde está?»... Quedóse helada Su lengua. Fáltale aliento Al turbado sacerdote, Y con agitado aspecto Alza el rostro, y levantando La diestra, señala al cielo. Vargas le comprende; arroja Un alarido de infierno; Huye veloz, la escalera Baja delirante, ciego, Nada ve, corre cual loco Por las calles, y muy presto Desaparece. En Sevilla La noticia cunde luego De su llegada: le buscan Sus amigos y sus deudos. Todo, todo en vano: algunos Dan señas de que le vieron Junto a la Torre del Oro, Cuando el sol ya estaba puesto. * * * En un remanso, que forma El Guadalquivir, no lejos De Gelves, a las dos noches Unos pescadores vieron, A la luz de escasa luna, De un joven ahogado el cuerpo, Vestido aun. Procuraron, Compasivos, recogerlo; Pero al llegar con la barca, Y al agitar con los remos El agua, veloz corriente Llevó el cadáver. Suspensos Siguiéronlo un corto rato Con los ojos, y muy presto Fué leve punto en las aguas, Y de vista lo perdieron.