Spanish poem
A San Ignacio de Loyola
by Antonio de Zayas (1871–1945)
Vástago fuerte de Ayalde, vió de la infancia las horas pasar en montes de Azpeitia y en verdes valles de Azcoitia.
Águila audaz tiende el vuelo desde el caudal del Urola, que ha de ahuyentar al milano de Witemberg, desde Roma.
Adolescente, en la vieja ciudadela de Pamplona, el brillo de la armadura acrece con sangre propia.
Y hace del lecho en que sufre un escamel, donde forja para arduas lides el alma, cual toledana tizona.
En la cueva de Manresa depone mundanas glorias, la voluntad ejercita y el alma hasta Dios remonta.
De Melanchon, las blasfemias; de Erasmo, las paradojas; de Calvino, los sofismas, y de Lutero, las cóleras,
polvo son cuando se estrellan en la razón de su docta milicia, cual sierpe, cauta, prudente como paloma.
Del árbol cuyas raíces él arraigara en Loyola, retoños son el iluso duque Francisco de Borja,
que de la corte del César Carlos desdeña las pompas, y el tusón del cuello arranca para colgarse la estola.
Francisco Javier, nacido en tierra abrupta, que evoca de los Albretes, encono, de los Champaña, las trovas.
Y hasta el Oriente conduce la Cruz divina del Gólgota, y con sus brazos consagra los techos de las pagodas.
Luis de Gonzaga que, cándido, ante la Virgen se postra, del Buen Consejo y sus vírgenes ánima y cuerpo le inmola.
El siempre lozano lirio del regio tronco de Kotska, en cuyo limpio regazo Jesús, infante, se posa.
Y entre los nuevos apóstoles que enfilan las lentas proras al mar azul antillano, al golfo de California,
descuellan ilustres émulos del sabio rector Acosta, que del vergel del Ocaso inventan faunas y floras.
En las feraces comarcas que brindan esencias opimas, desde la margen del Bravo hasta la Mérida tórrida,
de Ignacio van los alumnos prendiendo la clara antorcha del saber, y aclimatando múltiples plantas de Europa.
En las ingentes montañas ricos filones explotan de plata, que el orfebrero cincela en diversas formas.
Las olvidadas llanuras con rubios trigos exornan, y con policromas flores tejen fragantes alfombras.
Con los tezontles bermejos arcos sin fin eslabonan que pasan de cumbre a cumbre, que cruzan de trocha a trocha.
Columnas, sostén del cauce por donde corren las ondas de mil abundantes fuentes, durante siglos ociosas,
y que dóciles acuden a trocar el yermo en fronda, el arisco erial, en huerto; el jaramago, en magnolia.
Adalid de Jesucristo, en su radiante corona luciente esmeralda, emblema de esperanza redentora.
Rabadán de los rebaños de almas nobles de Vasconia, botarel inconmovible del templo santo del dogma,
extiende tu negro manto por esta raza, que, heroica, volvió a cortar en Granada los lauros de Covadonga.
Y tus insignes virtudes sembrando en España, todas sus diferentes familias se fundan en una sola.
Que ante el mismo altar se postre, que estudie las mismas crónicas, que el mismo solio defienda, que hable en el mismo idioma,
a ejemplo de los titanes que el planeta a la redonda por vez primera surcaron a bordo de la «Victoria».