Spanish poem
La Virgen de los Remedios
by Antonio de Zayas (1871–1945)
Soldados de esta mi hueste, dilectos hermanos míos, hijos de la misma tierra y del mismo Señor hijos:
¿Como caducos ancianos, como temblorosos niños, sufriréis, la mano ociosa, estos torpes sacrificios?
¿Dejaréis la humana sangre caliente correr a ríos y en sus pedestales quietos a esos vergonzosos ídolos?
¡No! Vuestro honor os lo veda, os lo vedan vuestros ritos, que, no con sangre, con agua recibisteis el bautismo.
Caiga el monstruo sanguinario que se erige en ese cipo, destrozad viles emblemas, borrad necios jeroglíficos,
haced pedazos las aras, haced las pilas añicos, ensangrentadas con pilas de cabezas de los indios.
Muestra, Juan de Villafuerte, esa Virgen que contigo desde Sevilla trajiste. Tráela y ponla en ese mismo
lugar donde obsceno ríe un dios que, de sangre ahito, es tan falso como Judas, vendedor de Jesucristo.
Trae la Virgen, Villafuerte, para que a sus pies divinos celebremos desagravios por tan nefandos oficios.
Así, ante el gran teocali, de todas armas guarnido, el guantelete en la mano y la tizona en el cinto,
arenga a su escasa hueste un hombre recio y cetrino, de ojos sagaces y oscuros, poblados cabellos híspidos,
castaña barba partida y un continente tan digno, que la llaneza no daña la autoridad del caudillo.
Así prorrumpe una tarde clara del Abril florido, entre españoles hidalgos y entre caciques broncíneos,
los unos, de sus palabras al rumor, enardecidos; los otros estupefactos, pero de cólera lívidos,
mientras que el Vésper sonroja de ingente montaña el ígneo cono, que viste la nieve de eterno manto virgíneo.
II
Como cauce que revienta, como vendaval que sopla, como epidemia que cunde, como incendio que devora,
apenas Cortés termina su oración, rompen en tromba estoques y partesanas, martinetes y garzotas.
En vano atajar pretenden del núcleo español la cólera, indianas turbas vestidas de tilmas albas y rojas,
de policromos zarapes o de camisas tan cortas, que ni encubren piernas flácidas ni velan mánidas flojas.
Los avezados jinetes dispersan la masa idólatra, como veloces centauros de audaces lapitas hordas.
Los secos golpes del hacha el humano alud arrollan, los arcabuces fulminan cien anatemas de pólvora;
las fuertes clavas trituran enormes pilas marmóreas, mientras las lanzas derriban absurdas efigies hórridas.
A poco, los aires rasga agudo clangor de trompa, y aparece, revestido de sus litúrgicas ropas,
Fray Bartolomé de Olmedo que argénteo hisopo enarbola, las manchadas piedras lustra y breve oración entona.
Y, como abriéronse antaño del mar Bermejo las ondas ante Moisés fugitivo de la legión Faraónica,
se abre un camino por medio de la muchedumbre atónita ante Juan de Villafuerte que la excelsa Imagen porta.
Contritos los españoles la rodilla en tierra doblan, diseñan la cruz tocando frente, pecho, hombros y boca;
dulces lágrimas inundan las bajas pupilas todas y del ángel el saludo de todos los labios brota
como áurea estrella entre nubes, como, en yermo glacial, rosa, como azucena entre cardos, como arroyuelo entre rocas,
como murmurio de brisa, como acorde de arpa eolia, como perfume de incienso, como quejumbre de tórtola.
III
Con un griñón de albo lino en torno a la faz morena y sobre la sien el peso de breve corona regia;
la túnica de escarlata, cuyo brocado de seda quizá se urdió en los telares de Granada o de Valencia;
el manto azul como el cielo, el Dios Niño en la siniestra mano, también revestido y coronado cual Ella;
en la diestra un cetro de oro, la estatura de dos tercias, de plata la media luna que con pies ocultos huella,
como una sacra pirámide se yergue la efigie excelsa en pedestal que parece de un candelabro de iglesia.
¿Quién puede de tal Imagen narrar las ignotas gestas? ¿Quién sabe de cuáles labios oyó la oración primera?
¿Quién fue el inexperto artista que, del buril por la ingenua virtud, en devota virgen convirtió un tronco de leña?
Acaso del Duero al margen, quizá junto al sobrio Eresma consoló en agreste ermita de los pastores las penas.
Quizá fué de San Fernando bajo las claras enseñas a perseguir alquiceles por los campos de la Bética,
o protegió los linajes del solar de alguna aldea, guardada en una hornacina o erigida en una ménsula.
Casta Imagen que conoces del mar las ondas acerbas y de los pérfidos trópicos las alevosas tormentas:
broquel de cristianos pechos, que a tus secuaces preservas de celadas de otomíes, de dardos de tlascaltecas;
nunca el pedestal que ocupas a ultrajar ídolos vuelvan ni imperen sus torpes ritos en este valle que oteas.
El áureo cetro que empuñas rija las huestes de Hesperia y, en toda lid, en Tu Mano, bengala invencible sea.
¡Y de Anahuac en los huertos y en torno de Tu ara nueva, te adoren todas las almas, te alaben todas las lenguas!
IV
Ven con malévolos ojos los irritados caciques en el pedestal lustrado enhiesta la Santa Virgen.
Y de la tenaz sequía que devasta los maíces cúlpanla, de los labriegos entre las familias simples.
Y los labriegos furiosos ir al Zócalo deciden, y en sus primitivas aras restaurar sus dioses viles.
Tranquilo Cortés tolera que a su arbitrio todos griten y, cuando la ciega cólera de la indiada llega al límite,
se presenta precedido de farautes y alguaciles, y así el motín avasalla con voz afable, aunque firme:
«¿Queréis que los campos vuestros con lluvia se fertilicen? A esa Reina, vuestra Madre, el agua ansiada pedidle.»
Acoge procaz murmullo tales palabras, y dice Cortés entonces: «Si incrédulo vuestro labio orar resiste,
para el poder demostraros de esa soberana Efigie, vamos a pedir nosotros que estos campos beneficie».
Fray Bartolomé de Olmedo al punto prorrumpe en Kiries, que fervorosa contesta la gente que a Hernando sigue.
Y luego de negras nubes el cielo azul se reviste, del Ixllatxihualt se enluta la enorme volcada esfinge.
El aguacero desborda las acequias de sus lindes, los ahuehuetes gigantes perlan sus verdes urdimbres,
las hojas de los magüeyes pierden opacos matices y por las extensas milpas el agua resbala y ríe.
Ante el celeste portento los aztecas adalides tuercen las rojas pupilas cierran los puños febriles,
muerden los labios procaces y, aunque convictos se fingen, de sus almas las heridas no cierran con cicatrices
y, de la noche en la sombra, preparan en sus cubiles más nefandos sacrilegios, más alevosos ardides.
V
Una noche silenciosa con estrellas y sin luna, rondan aviesos caciques las casas de Moctezuma.
A poco, fornidos mozos por cautas señales juntan y dirigen al Teocalí sus pisadas con astucia.
El lóbrego umbral traspasan, amarran con cuerdas muchas el pedestal, de la Virgen inconmovible columna,
y aunque hacen todos alardes de recia musculatura, echar en balde por tierra quieren la estatua impoluta.
Como los musgos se adhieren al haz de la peña abrupta, a las cuerdas adheridas dejan las manos robustas,
los espantosos muñones enhiestos, al cielo insultan, y sus pasmadas pupilas vela angustiosa penumbra.
Aquí un jayán de repente dobla la firme cintura, allá un cacique es lanzado cual piedra de catapulta.
Y la Soberana Imagen del indio vil las injurias ve con semblante indulgente que un nimbo de luz circunda.
Deponed vuestros enconos, tenaces y ciegas turbas, que no impediréis que al cabo el fallo de Dios se cumpla.
No derraméis contumaces toda la hiel que satura vuestros duros corazones y vuestras mentes oscuras...
Que ya el español despierta, pone la lanza en la cuja, tiende el caballo al galope y vuestros designios frustra.
Ya del arcabuz la horquilla planta en el suelo y apunta contra tilmas y zarapes contra zarcillos y plumas.
Ya vuestras gentes dispersa por canales y lagunas, como las ondas del viento las nubes que el cielo enlutan.
¡Salve, victoriosa Virgen! ¡Salve, de tus fieles brújula! ¡Salve, Fontana do el hombre se lava de toda culpa!
¡Y aquesta díscola raza con tus miradas alumbra, con tus milagros redime, con tus sonrisas sojuzga!
VI
Noche terrible la noche primera del mes de Julio, para Cortés de zozobra, para los indios de júbilo.
Ni un astro en el firmamento ni un solo puente seguro por donde la hispana hueste pase los canales turbios.
En torno a su albergue mísero llegan siniestros augurios, batir de taimados remos, sordos y hostiles murmullos.
Al lazo escapar es fuerza con piernas, dientes y puños, y al menos salvar la fama a expensas del pingüe lucro.
Las indianas javelinas cruzan el ambiente oscuro, chocan en cotas malladas, prenden en pechos hercúleos.
Los acosados jinetes saltan abismos profundos, los perseguidos infantes surcan las aguas desnudos.
Aquí sucumbe un mancebo de rostro cándido y rubio, allá un provecto hijodalgo de miembros flacos y duros,
acullá conforta un fraile a un viejo en el trance último, y un jayán la clava esgrime contra cien hombres, tozudo.
Al fin Cortés, de Tacuba consigue encontrar el rumbo, y al arribar a Popotla suspende el rápido curso.
El tronco de un ahuehuete, que de su fronda el orgullo al cielo levanta, como de la hispana gloria túmulo,
presta descanso al caudillo que, aunque está meditabundo, tiene el corazón entero y siente normal el pulso.
Sereno pregunta a todos cuantos llegan, uno a uno, noticias de los que tardan en juntarse al débil núcleo.
De cada amigo la pérdida aprende afligido y mustio, no con el alma encogida, mas sí con los ojos húmedos.
Pregunta por la Malinche, y cuando responde alguno que ya se aproxima indemne por largo sendero oculto,
del héroe noble sonrisa desfrunce el semblante adusto y el astro de la esperanza alivia de su alma el luto.
VII
Cuando es más terrible el choque, cuando es mayor el estrépito, cuando venablos y piedras cortan veloces el viento,
cuando en distintos lenguajes suenan clamores diversos, se oyen feroces arengas se escuchan locos denuestos,
un hombre de faz curtida por las injurias del tiempo, verdes los ojos audaces, canos la barba y cabello,
sin quijotes en los muslos y sin coraza en el pecho y en la altanera cabeza caduco abollado yelmo,
libres las manos, seguido de tres robustos mancebos, las gradas del Teocalí ganando a golpes de remo,
la santa Imagen agarra con fuertes nerviosos dedos, cual de la parra a los postes suele agarrarse el sarmiento.
Boga en la balsa, a la Imagen dando el broquel de su cuerpo contra sibilantes flechas, contra tezontles bermejos.
Arriba a segura margen donde anciano arcabucero le aguarda, con un fogoso caballo alazán del diestro.
Villafuerte, que tal era el libertador intrépido de la Efigie, la coloca en el arzón delantero.
Los agudos acicates clava al corcel y corriendo entre milpas y magüeyes, entre nopales y légamos,
pasa de Popotla el linde, salva de Tacuba el pueblo y ve subir a su hueste de Totoltepec al cerro.
Allí su bridón dirige, bañado de espuma el freno, de sangre el ijar teñido, ronco y prolijo el resuello.
Galopa hacia allí; mas antes de alcanzar al roto séquito, ante un maguey que descuella en un escondido cueto,
echa pie a tierra y un hoyo con el propio estoque abriendo, en él, en llanto sumido, esconde el Tesoro excelso;
y, en cruz la manos, de hinojos y entrecortado el acento, así la pena solaza que lleva del alma dentro.
VIII
Refugio de pecadores, Estrella de la mañana, Calor de nuestros hogares, Pastora de nuestras almas:
Tú sabes, Reina del cielo, Tú sabes cuánto gozaba al verte hollar victoriosa de los paganos el ara.
Tuyo es, Señora, mi brazo; tuyos mi pavés y espada, y sólo en tu honor mi lengua quisiera decir palabras.
Para mis pupilas, sólo eres Tú la antorcha clara, y tu pureza intachable tiene en mi pecho un alcázar.
Por doquier llevar quisiera conmigo Tu Imagen Santa, orgullo, honor, dicha, amparo de mi estirpe castellana.
Pero exponerte no debo a insultos de la canalla y es fuerza que aquí te esconda ¡oh, Madre llena de gracia!
Mas la fe con que Te adoro me da la firme esperanza de que en los riesgos futuros Tu Corazón me acompaña.
Tus ojos a Dios eleva, mueve Tus labios sin mácula y mansamente murmura por tu siervo una plegaria.
Hallen refugio en Tu Manto todos los hijos de España contra tarascos ardides, contra aztecas asechanzas.
Aniquila a los tenaces enemigos de mi Patria, como ayer la media luna hollaste con limpia Planta.
Y cuando presto recobren a Tenochtitlan las lanzas de la legión española de que eres Tú Capitana,
con los mismos entusiasmos, con las mismas tiernas lágrimas, los mismos cultos y honores tendrás en la misma plaza.
Así acabó Villafuerte su oración improvisada, a un tiempo como miel dulce y como acíbar amarga.
Y, del corcel apurando las fuerzas ya asaz escasas, partió veloz al encuentro de amigos y camaradas,
cuando los lirios del valle y el liquen de las montañas con delicados matices colora risueña el alba.
IX
Fausto, inolvidable día el trece del mes de Agosto, evocación del terrible martirio de San Hipólito,
en que los rayos prolíficos del claro sol de los trópicos, por los anales de Hesperia esparce fulgor insólito.
Donde siniestro se alzaba de torpe déspota el trono, el César Carlos primero erige el cristiano solio,
las piedras del sacrificio lavan sagrados hisopos y a los ayes de las víctimas suceden himnos devotos.
Donde sonrisas feroces en caras de horrendos monstruos remataban cuerpos rígidos de incomprensibles contornos
que, de los hombres vergüenza y de las artes bochorno, al corazón daban miedo y repugnancia a los ojos,
hoy la Cruz sus brazos abre y arraiga el divino tronco al borde de las lagunas y en medio de campos opimos.
La Casta Madre del Verbo cubre con su manto a todos cuantos plegarias le entonan, cuantos le ofrendan sollozos.
De sus incólumes pechos manan carismas a chorros, cual de granítica roca huye el cristal del arroyo.
Ya nunca las blancas ínfulas veránse tintas en rojo ni las humanas cabezas separadas de sus torsos.
Ya los idólatras tímpanos oirán con ingenuo asombro las Epístolas de Pablo y el Credo español de Osio,
y ahuyentarán las aciagas tinieblas de siglos hórridos, con antorchas de Domingo, candelabros de Isidoro.
Mas ¡ay! del júbilo en medio en medio del alborozo, la Imagen que Villafuerte salvó del indiano encono,
no se yergue en el cortejo de fijodalgos en hombros, ni a los ancianos conforta ni regocija a los mozos.
¿Quién de la Imagen se acuerda? ¿Quién del caballero heroico que en un maguey sepultura le abrió con su estoque propio?
X
Pasaron los regocijos, las emociones pasaron, pasaron tranquilamente no menos de veinte años.
El Tetlotépec habita un cacique bautizado por el fervor evangélico de los frailes franciscanos.
El nombre de Ce Cuanhutli, que en el lenguaje vernáculo es Águila, por el nombre cambió de Juan, agregando
como apellidos del nuevo linaje, ya bautizado, Águila y Tovar, aqueste de un su padrino hijodalgo.
Bajaba el buen catecúmeno del alba a los tenues rayos a Tacuba, do los Hijos de Asís estaban labrando
iglesia y templo, de pobres y peregrinos descanso, de pecadores refugio, paz de tullidos y ancianos,
cuando una luz tan intensa como la luz de un relámpago, mas no de matiz tan vivo, mas no de fulgor tan rápido,
de un maguey en torno advierte, que el haz de verdosos gladios alza, entre pirus y tunas, todo el alcor dominando.
Ante el resplandor insólito detiene Don Juan el paso, y de la Virgen la Imagen sus ojos ven asombrados.
La misma pequeña efigie que de los indios a salvo logró poner Villafuerte en un lubricán nefasto.
Era la misma la Imagen, los mismos corona y manto, el mismo divino niño, el mismo cetro dorado,
el mismo brial purpúreo el mismo emblema africano, y, por pedestal, el mismo pedestal de candelabro.
Al verla, Don Juan de hinojos se pone, el semblante pálido, que al propio tiempo delata la devoción y el espanto.
La señal de la Cruz hace tres veces con torpe mano y, confundido, a la tierra baja la frente y los párpados.
A poco los alza y mira al celestial simulacro que así, por darle sosiego, se digna mover los labios.
XI
«¿Por qué, de pavor transido, así el corazón te late? ¿Cuándo un hijo tanto miedo pudo tener a su madre?
»No temas. Porque tus obras son al Señor agradables, te escoge para que seas de mis designios faraute.
»Ya estar oculta no debo en esta silvestre cárcel, sino habitar con vosotros y recibir homenajes».
«Baja a Tacuba y refiere lo que te digo a los frailes y di que a encontrarme vengan y a cumplir mis voluntades.»
Calla, y el fulgor mirífico se diluye al mismo instante en la claridad temprana que inunda el inmenso valle.
Don Juan del Águila apenas lo que le acontece sabe y por la varga desciende con el paso vacilante.
En cuanto llega a Tacuba relata al Guardián el trance, con estupor de los legos, con recelo de los Padres.
Y si después muchas veces se muestra la Santa Imagen al converso cuando pasa de su escondrijo delante,
otras tantas el milagro dejan que se lleve el aire los prudentes corazones, las orejas suspicaces.
Al fin, el indio infelice mal herido es una tarde por un sillar desprendido de complicado andamiaje
levantado de la iglesia en construcción sobre el ábside, y, en el convento acogido, consuelos sacramentales
recibe; pero a la noche aparece a consolarle la Excelsa Efigie, y le dona, como remedio admirable,
un cinto que dócil ciñe y, cual si mano de un ángel fuese, la fiebre le cura y le torna fuerte y ágil.
Entonces suben al cerro religiosos y seglares, labriegos y mercaderes, arcabuceros y alcaldes,
y, aunque el prodigio presencian, interpretarlo no saben y, murmurando plegarias, se vuelven a sus hogares.
XII
Tortura del catecúmeno el alma noble y sencilla la ingratitud de los hombres para la Imagen Divina.
Y ansioso de tributarle honra, de sus gracias digna, devotamente la esconde en los pliegues de la tilma,
y en su casa la coloca en una mesa, guarnida por estofa de albo lino y campestres florecillas.
Mas de su culto el Objeto en ausentarse se obstina, prefiriendo a la del Indio su rural mansión antigua.
En vano don Juan celoso sanos manjares le brinda, poniendo en un tecomate dorados granos de milpa.
La Santa Madre no gusta de atenciones clandestinas, y cuantas veces la encierran vuelve a la agreste capilla.
No acepta en humilde casa gayas flores ni aras íntimas, ni fuego de gualdo aceite, ni luz de cera amarilla;
quiere ostentosos honores, populares letanías, oraciones de profanos, de sacerdotes antífonas.
Quiere que en aquel paraje en donde moró cautiva, le adornen altar lujoso, le eleven devota ermita.
Al cabo la fe del pueblo y los divinos carismas, que ella clemente derrama como fecunda semilla,
le dan del agreste cerro sobre la risueña cima una mansión que ella erige del Anahuac en vigía.
Desde entonces las mercedes de la Virgen pura y limpia, como benéfica lluvia descienden a la campiña,
y es de guerreros adarga, de nautas segura guía, de pecadores refugio y de enfermos medicina.
Los terremotos aplaca, se adelanta a las perfidias, de las venganzas disuade y los odios apacigua.
A la simiente preserva del gusano que la esquilma, cura a los hombres en cólera y a las mujeres encinta.
XIII
Gloria de los mejicanos, astro de sus horizontes, de sus rebaños zagala, protectora de sus trojes.
¿Cómo podrá humana lengua contar los altos favores que hiciste a apenados indios y a afligidos españoles?
A tu celeste conjuro se elevan cristianas torres, se completan doctas aulas, repican sagrados bronces.
En la ciudad y en el valle se arrepienten corazones si bajas del monte al llano, si subes del llano al monte.
La fimbria de tu vestido besan desnudos pastores, consagran graves Prelados, adornan contritos Próceres.
Doncella plena de gracia, que a Dios en el seno escondes, porque eres la más perfecta de las hijas de los hombres:
de los altivos virreyes lo mismo los ruegos oyes, que las ingenuas plegarias que te dirigen los pobres.
A los desvalidos huérfanos en los hospicios acoges y en los santos hospitales en fuga a la Parca pones.
La sed de la tierra apagas, agua de ingrávidas odres vertiendo por los sembrados, volcando por los alcores.
Tus eficaces miradas, que eclipsan todos los soles, maduran fragantes piñas, sazonan prietos zapotes,
y en palacio que defienden muros de rojo tezontle y en miserables cabañas de descalzos labradores,
tu excelsa estampa preside, del tibio invierno en las noches, los familiares coloquios y las tiernas oraciones.
Tú la bendita costumbre arraigas en indias proles de dirigirte alabanzas del crepúsculo a los toques...
¡Salve, virginal Imagen que, tallada en duro roble, trajeron hispanas huestes a estos vergeles precoces!
¡Salve, Tú que jamás niegas a los mortales tus dones, ni al bajar del monte al llano ni al subir del llano al monte!
XIV
Inicuas ingratitudes de las autóctonas gentes, vergonzosas ambiciones de magistrados aleves,
cobardes apostasías de torpes e incultos prestes, abominables ejemplos de Ministros imprudentes,
de Tenochtitlan las llaves, los atributos del Jefe arrancaron de las manos intactas de los Virreyes.
Las populares pasiones, desbordadas cual torrentes, mancillaron su memoria, olvidaron sus mercedes.
Y hasta aventar las cenizas intentaron de aquel héroe, con sus contrarios Temistocles, con sus amigos Orestes.
Pudieron ciegos caudillos arrancar de los dinteles los hespéricos escudos, los anagramas celestes.
Mas Tú, soberana Virgen, no abandonaste a tus fieles ni quisiste que sus labios se cerraran a las preces.
Ni que del noble Quiroga fueran las siembras estériles en los indómitos vástagos de las aztecas progenies.
Y, de Tu amor por prodigio, aun estos hijos rebeldes para norma de sus vidas observan hispanas leyes,
y el palpitar de sus pechos y el concepto de sus mentes denuncian en un lenguaje que es de acero por el temple,
de cristal por lo diáfano, por lo límpido de nieve, por lo brillante de fuego, de mármol por lo perenne.
Lengua sublime que hablaron Berenguelas e Isabeles, invencibles capitanes, defensores de altas tesis,
contemplativos ascetas, sacerdotes combatientes, atrevidos argonautas y pedagogos campestres.
Y, de Tu amor por milagro, aun en estas tierras fértiles las sencillas multitudes ante Dios doblan las frentes.
¡Aun las ciudades sus sombras permites Tú que proyecten, con Zumárragas y Gantes, Mendozas y Bucarelis!
XV
Yo, de Nueva España huésped en días para ella lúgubres, después de adorar la Santa Imagen de Guadalupe,
remedios a mis tristezas quise buscar en la cúspide del cerro, donde la Virgen de los Remedios refulge.
Era una hermosa mañana del dorado mes de Octubre, edad provecta del año más grave, pero más dulce.
Por la enroscada pendiente que al templo humilde conduce, asaltan los chapulines los troncos de los pirúes.
Los alineados magüeyes el néctar espeso fluyen que es, destilado, el tequila y da, fermentado, el pulque.
Rayan el vasto horizonte franjas verdosas y azules y ambos ingentes volcanes se velan con blancas nubes.
Grandes sombreros redondos ocultan los rostros fúnebres de varios indios que, en asnos jinetes, por leña suben.
Cerca lleva un acueducto el agua de cumbre a cumbre, que los alumnos de Ignacio trocaron de ociosa en útil.
Cruzo el compás de la Iglesia, donde dejaron ilustres hermanos de San Francisco la huella de sus virtudes.
Entro en la pobre capilla cuando el sol con vivas luces dora de la breve Imagen el rico brial de gules.
Y ante sus pies de rodillas así mi labio balbuce, tras de pedir el consuelo de inefables pesadumbres:
Intacta Virgen que, amante, a Dios a tus pechos nutres, por escabel de tus plantas las alas de los Querubes,
cuando el amor de la madre de estas naciones impúberes buscando del mar las ondas en leño flotante surque,
con los rayos de tu gracia, más que los rayos de Júpiter poderosos, reconforta y alumbra mi débil numen
¡y yo de la vieja España iré por los pueblos múltiples propalando los portentos que Tú con sus hijos cumples!