Spanish poem
Francisco Pizarro
by Antonio de Zayas (1871–1945)
Bebió hasta el fondo el cáliz de amargura, mudo y paciente en sus primeros años, y en el campo feraz de Extremadura apacentó pacíficos rebaños.
Enterrando domésticos pesares en los ejidos de paternos fundos, entregóse al capricho de los mares para explorar los inventados mundos.
Y aunque fué tan indocto que tenía la señal de la cruz por firma sola, él con la enseña de la cruz sabía prolongar la Península española.
Del bastardo el emblema en los cuarteles del centenario paternal escudo, con lozanas coronas de laureles borró el arranque de su brazo rudo.
Y alentado por épicos arrobos ante la vista del siniestro casco de su viejo blasón, do rampan lobos por la áspera corteza de un carrasco,
del sol terrible de la ardiente zona sintiendo apenas en su tez la traza, cambiar no quiere por la endeble lona la veste de metal de la coraza.
De su inflexible voluntad el hierro opone al fallo de la adversa suerte cuando burlando va de cerro en cerro las torvas asechanzas de la muerte.
Si su genio jamás los atributos acicalaron de Amadís de Gaula, porque sólo lecciones de los brutos escuchó de los montes en el aula,
jamás tampoco su radiante estrella empañan nubes de soberbia impía, porque guarda en su espíritu la huella de luz de la Sagrada Eucaristía.
Ni al vil dogal de la ambición sujeto cuando promulga a sus antojos leyes, olvidase versátil del respeto debido al solio de sus altos Reyes.
Ni apagar logran sus alientos grandes jaguar astuto ni feroz caníbal al escalar las crestas de los Andes, digno rival del ímpetu de Aníbal.
Sin que le arredre el vendaval que curte la hirsuta piel de horribles alimañas, con el ojo avizor arrostra el lurte desprendido de gélidas montañas.
Baja después por enroscadas sendas y sobre horrendos precipicios brinca hasta otear las ondulantes tiendas de las haces innúmeras del Inca.
No cuenta, no, los adversarios. Sólo mide del propio corazón el brío y en el cauce del índico Pactolo del hispano valor desata el río.
Y el son procaz de la robusta trompa y el golpe seco del tambor por norte, cual líbico león, sobre la pompa lánzase audaz de la solemne Corte.
Caciques mil y príncipes soberbios con sangre crisman las ornadas testas y yacen rotos los tirantes nervios que templaron las rápidas ballestas.
Y el Sol, que adora la vencida gente, asombrado en mitad del horizonte, lanza también sus dardos a la frente de la nueva deidad que abortó el Monte.
Y la Cesárea Majestad, pasmada ante un Mavorte que tan alto vuela, le adorna el pecho con la roja espada del Apóstol marcial de Compostela.
Y él, con la cruz sobre el ropón negruzco, lidiando sigue de barranco en cima, desde los nidos de condor del Cuzco hasta el risueño litoral de Lima.
Gloria al varón, de impavidez portento, que se apercibe al épico milagro pactando ante el Divino Sacramento paces con Luque y el falaz Almagro.
Hosanna al seductor de muchedumbres que el corazón irreductible siente latir con ritmo incólume en las cumbres de los Alpes del Nuevo Continente.
Honor al héroe que de mil rapsodas fatigara la voz con sus ejemplos y arrasa monolíticas pagodas para erigir a Jesucristo templos.
Himnos a aquel que, de su fértil vida en el ocaso, a la traición resiste y contra soldadesca enfurecida, en su derecho atrincherado, embiste.
Y a mercenarios séquitos compactos a raya tiene con el brazo mismo que despuntó las frámeas de los cactos y retó a las negruras del abismo.
Y cubre de cadáveres las losas de la indefensa virreinal estancia, y sabe con paradas prodigiosas desconcertar la juvenil jactancia.
Hasta que ya la resistencia extinta, en su herida mortal templando el dedo, la cruz prefiere que en el suelo pinta a la cruz de su estoque de Toledo.
Y sordo ante el sacrílego anatema que el vencedor le vierte en el oído, besa tres veces el sangriento emblema y rinde a Dios el alma arrepentido.