Spanish poem
¡Santo Cielo! ¿Quién Diría
by Antonio Plaza (1830–1882)
¡Santo cielo! ¿Quién diría que tan grande amor sintiera, que ardiente llanto vertiera por ti, de noche y de día? En mi existencia sombría un infierno has colocado; porque en mi ser desgraciado despertaron tus miradas, ilusiones olvidadas en la tumba del pasado.
Sin fe, sin luz ni emociones, desgraciado y orgulloso, llegué a la edad del reposo burlando las ilusiones; pero al verte, mis pasiones sacudieron su beleño, porque sentí con empeño la sed de amor infinito, y ardió mi cráneo maldito con la fiebre del ensueño.
Sufriendo, la muerte llamo, la vida me desespera; porque a ti, ¡quién lo creyera! más que a mis hijos te amo. Desde que en amor me inflamo, todo gira indiferente; pienso en ti exclusivamente y soy con ellos mal padre... tú, mujer, tú que eres madre, ¿comprendes mi amor ingente?
¿Por qué te amo? —No lo sé. ¿Quién eres tú? No pregunto; sólo sé que desde el punto en que te vi, te adoré. Por mi mal adiviné que a tu alma huérfana, sola, bárbaro destino inmola, y te di mi fe profunda; porque a tu frente circunda del martirio la aureola.
Te amo con idolatría, te amo hasta la timidez, te amo, como en la niñez amé a la Virgen María. Aunque es mi pasión impía, la esperanza que acariño es casta como el armiño y como el fuego quemante; porque tengo alma gigante, pero corazón de niño.
Siempre te veo... ¿lo creerás? huyéndote siempre estoy: a donde tú vas yo voy, y voy cuando ya te vas, donde estuviste y no estás, triste, silencioso, aislado, permanezco allí extasiado en aparente sosiego, y, al fin, con lágrimas riego la tierra que tú has pisado.
Cuando no sales, señora, temo ya no verte nunca, y queda mi vida trunca como noche sin aurora. Triste, cual niño que llora cuando huérfano despierta, veo la calle tan desierta por donde pasas día a día, como la cuna vacía que deja una hija muerta.
Intento darme la muerte, porque a los muertos envidio; pero me espanta el suicidio, porque morir es no verte. Si del cadáver inerte el muerto cráneo soñara y el corazón palpitara, te juro, mujer preciosa, que entre el polvo de mi fosa un altar te levantara.
Si existiere un más allá de gloria o condenación, mi volcánica pasión, eterna, eterna será; y si Dios justo, quizá por lo que sufro y sufrí me reserva gloria a mí, yo, que jamás he rogado, le rogaré arrodillado que te dé mi gloria a ti.
Basta ya... secreto lloro comprendo que tu existencia destruye, y en la impotencia tu horrible pena deploro. ¡Adiós, mártir!... yo te adoro; pero ya no te lo digo, porque pobre, sin abrigo, sólo tengo ¡maldición! lágrimas del corazón para verterlas contigo.