Versos Spanish Antonio Plaza ¡Salud! Salud, Antorcha Refulgente

Spanish poem

¡Salud! Salud, Antorcha Refulgente

by (1830–1882)

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¡Salud! salud, antorcha refulgente, vestal sublime del ignoto cielo, tímida maga de la humilde frente, iris de paz, emblema de consuelo. Con qué silencio en la cerúlea esfera de blanca luz circundas tu camino: ¡bendita seas, angélica lumbrera, que al hombre consolar fue tu destino! Prosigue en paz, princesa veneranda, desde tus ricos, luminosos lares, tendiendo tu magnífica opalanda sobre el cristal de los inmensos mares: que yo, Luna, te adoro reverente; porque tu disco de crespón inspira al resbalar por mi rugosa frente, notas de amor a mi olvidada lira. Al infeliz que pisa moribundo sin amores, sin fe, sin esperanza, el triste yermo del trillado mundo, sólo tu vista a consolarlo alcanza. Yo tengo un alma en el pesar nutrida, alma rebelde que lo niega todo, y un corazón donde el cinismo anida: iformado al fin el corazón de lodo! Hay un genio infernal que me aconseja y que rebulle dentro el alma hirviendo... mucho he sufrido, y la virtud se aleja de los que viven, como yo, muriendo. ¿Por qué el mortal en impotencia ruda débil nació, como tremblante caña? Díme: ¿por qué la matadora duda deseca el corazón, el alma empaña? A otra existencia, a mi pesar, no aspiro cuando la frente el padecer me oprime; pero apareces, y en tu rostro miro algo de grande, como Dios sublime. Si hay otra vida tras el ancho cielo, tan linda como luz de tu mirada, ¡dímelo por piedad! rompe ese velo que ofusca mi razón desesperada.

Las creencias que me inculcaron volaron, volaron ¡ay! porque amé con locura; fui vendido, y el amor escarnecido es la tumba de la fe. Llena el alma de amargura, sin ventura vago errante por el suelo, agitado, moribundo, sin ilusión en el mundo, sin esperanza en el cielo. Mas... ¿veo tu faz eclipsada? idesgraciada! tal vez, como yo, sufriste... ¿las estrellas que cintilan y bajo tu pie vacilan, son lágrimas que vertiste? ¿O el Señor de su diadema suprema, viendo tu faz que me asombra los brillantes arrancó y al éter los arrojó para formarte una alfombra? Díme, en fin, de donde vienes y si tienes alma, que se agita en pos de la dicha, que no espero, o eres sólo pebetero que arde en el trono de Dios? Díme. Luna, por piedad la verdad: ¿te sacó Dios de la nada por realizar amoroso algún sueño vaporoso de su Madre inmaculada? ¿Nunca envolverá tu luz el capuz? ¿Siempre verás inmutable a las edades hundirse y los tronos convertirse en vil polvo miserable? ¿O te entregarás inerte a la muerte? ¿También ¡ay! tu lácteo velo vendrá su mano a rasgar? ¿Será tu sepulcro el mar? ¿Será tu sudario el cielo?

¡Oh! si pudiera, antorcha sacrosanta, remontarme a esa altura diamantina, poner mi frente donde está tu planta y allí beber la inspiración divina, audaz entonces, con robusta mano en la lumbre del sol quemara el velo que cubre de los hombres el arcano, por ver de qué eres tú, y si hay un cielo.