Spanish poem
Tiende, Noche, Tu Lóbrego Manto
by Antonio Plaza (1830–1882)
Tiende, noche, tu lóbrego manto, y en un mar de tinieblas, al sol, ahoga, noche, que quiero mi llanto esconder en tu negro crespón. Ya no quiero ni gloria, ni amigos, ni esperanza, ni amor, ni virtud; quiero sólo quedar sin testigos; quiero sombra; detesto la luz. Quiero el llanto verter que nutriendo está siempre mi vida infeliz, y correr dando un grito estupendo, y después como loco, reír. Que la luna entre sombras sepulte su maldita montaña de luz, cielo y tierra a mis ojos oculte, negra noche, tu negro capuz. Que ni el eco a la voz corresponda, que se enlute del campo el verdor; que ennegrezca el cristal de la onda; que se arrastre maldita la flor. Sólo se oiga del noto el silbido y del mar el solemne rugir, de agorera lechuza el graznido de la alondra el doliente gemir. La pavura del gélido osario reine en torno; que el éter azul se convierta en inmenso sudario y la tierra en gigante ataúd. De relámpago rojo las luces en el cielo de luto al flagrar, sólo alumbren de tumbas y cruces un calcáreo fatídico erial. Si en el cielo, de bilis preñado, brilla acaso de luna el fulgor, que su disco de sangre manchado enrojezca ese cuadro de horror. Las campanas distantes produzcan un tañido llorón, sepulcral; y los miasmas infectos conduzcan, salmodiado, imponente cantar. Forma vana, severa, imposible, abandone el podrido ataúd: misteriosa, cariada, terrible, vuelva un punto del ser a la luz. Y sus órbitas duras esmalte fosforente, siniestro brillar, y de su antro de hueso que salte carcajada estridente, fatal. Que del rayo la voz tan temida truene y cruce distancia sin fin, y la tierra por él sacudida se abra y brote cadáveres mil. Las culebras se empinen silbando, ruja sordo el terrible huracán; y los cuervos fastidien graznando; vengan rayos la fiesta a alumbrar. Esqueletos y momias horribles que la mano amarilla se den, y las piernas torcidas, risibles, muevan todos con lento vaivén. Y pedazos de tumba saltando, cruces, huesos y trozos de cal, al impulso del viento chocando improvisen orquesta infernal. Y con cauda de sombras tejida, la diadema de fuego en la sien, desde un trono de tumbas presida el festín de los muertos. Luzbel. El infierno en sus antros se agite; carcajadas arroje el dolor, y una voz estentórea que grite: ¡Maldición! ¡maldición! ¡maldición!
¿Y la noche?... ¿Qué es la noche? Línea de sombras, que Dios en medio de dos crepúsculos, por dividirlos, tiró: tenebroso mar con débiles ondas de luz y vapor, do el desengaño navega remolcando a la ilusión: cortinaje de tinieblas bajo el cual, en vil jergón, duerme el pobre, en tanto en púrpura tal vez se agita el señor: caleidoscopio enlutado que muestra en gira veloz embusteras ilusiones y espectros que dan pavor: tumba inmensa en que sepulta su pena y su humillación el infeliz que en el sueño único placer halló; de ese sueño que es tristeza, honda laxitud, sopor, paréntesis de la vida, estupidez, absorción. El desdichado quisiera nunca despertar, que el sol le trae sólo pesares, luto y desesperación. De quien oprimido vive entre miseria y dolor, es su consuelo la noche, dormir su placer mayor. ¡Salve, noche! ¡Te bendigo! En tu funeral crespón oculto el llanto salobre que mi mejilla escaldó. Y tranquilo en sueño blando venturoso a veces soy, porque en la vida del sueño sueño otra vida mejor.
Sueño es la vida; lloramos y reímos, porque soñamos sin cesar despiertos, hasta que un sueño, sin soñar, dormimos entre sombras y tumbas con los muertos; que a la nada fatal de do salimos, a esa nada fatal tornamos yertos; y en la noche solemne, impenetrable, descansamos en sueño perdurable.