Versos Spanish Antonio Plaza Te Saludo, Santuario Del Reposo

Spanish poem

Te Saludo, Santuario Del Reposo

by (1830–1882)

Listen in the reader

Te saludo, santuario del reposo, como al Monle sagrado el pasajero; bendito seas, oasis misterioso, de bienandanza asilo verdadero. Ojalá que a la sombra de este añoso árbol, encuentre la quietud que espero, y un instante siquier torne a la vida un alma por el vicio carcomida.

De rica pompa te vistió natura, híbleo vergel, do cantan ruiseñores; te dio un riachuelo cuya linfa pura despide a la alborada sus vapores, y de tu suelo en la feraz llanura rosas tejió de límpidos colores, que abren su botón sin pesadumbre del astro rey al resbalar la lumbre.

Foco de luz, Edén privilegiado que respetan tal vez las tempestades; alcázar de esmeralda fabricado por Aquel que gobierna las edades; paraíso de flores habitado por feronias, ondinas y oreades; en ti de Dios lo grande se retrata, y al visitarte el pecho se dilata.

Es de tisú tu pabellón ingente que en perlas mana líquido rocío; huele a jazmín el tu aromoso ambiente de azahar es tu bosque tan sombrío, y en roca de coral brota el torrente de plata pura que se vuelve río: por eso yo, tan linda al contemplarte, tierra de promisión, quiero besarte.

Feliz si aquí sin pena y sin desvelo resbalaran mis horas venturosas, mirando en el esmalte de tu cielo las de oro y nácar nubes vaporosas. Ese Edén imposible que yo anhelo, lleno de luz, de aromas y de rosas, realizado en tus cármenes lo viera, y de Dios la clemencia bendijera.

Si con la virgen que adoré soñando al asomar mis años juveniles, aquí estuviese de su amor gozando, pasara nuestra vida en los pensiles como dos colibrís pasan cantando, y fueran nuestras almas infantiles cual dos gotas del cielo desprendidas en el nectario de la flor unidas.

Corriera tras mi linda en el boscaje siguiendo las pintadas mariposas, y el aura al recoger el fino encaje me enseñara sus formas deleitosas: y al detenerla en sólito paraje mirara sus pupilas ardorosas, nácar la faz, el pelo destrenzado, y palpitante el seno fatigado.

Y de azucenas y claveles rojos gruta ignota mis manos compusieran, do no asomaran importunos ojos, ni las blancas palomas nos sintieran; y ante ella allí, postrándome de hinojos, a mi semblante los deseos salieran, y trémula y medrosa presentara débil repulsa que el deseo aumentara.

Nos sorprendiera la callada noche, y al débil rayo de la tibia luna, cuando cierra la flor su tierno broche, cuando silencio a majestad se aduna y se oye sólo, cual lejano coche, el ruido que forma la laguna y el cielo vierte mágico beleño, dijérame convulsa: eres mi dueño.

Y mi tórrido pecho en el turgente regazo de la hermosa reposara, y la ígnea luz de su mirar ardiente en la región de mi alma se filtrara; y mi frente se uniera con su frente; y mi boca a su boca se juntara, y expirantes los dos, ebrios de amores, quedáramos sin vida entre las flores.

¡Necio de mí! En medio del tormento vagas visiones la memoria evoca; al hombre condenado al sufrimiento, padecer y morir es lo que toca, en vano, en vano de gozar hambriento alza castillos en su mente loca, que si un instante en su ilusión medita, viene más negra la verdad maldita.

Huid de aquí, visiones nacaradas, de blanco lino y de glacé cubiertas: ¿para qué presentáis abrillantadas imágenes de amor, sombras inciertas, si ya perdí mis horas encantadas, si lloro ya mis esperanzas muertas, y sólo, lejos del mundano asilo, busco una tumba en que dormir tranquilo?

Un tiempo fue que al corazón de lodo le agitaban divinas emociones; en cáliz de placer bebí beodo soñando con preciosas ilusiones: en todo tuve fe, lo amaba todo; mas vinieron horribles decepciones, y todo miro descarnado, feo, y a nadie amo, porque a nadie creo.

Soy nube tenebrosa que atraviesa el tendal, por los vientos arrojada; yo no sé adonde voy, ni me interesa. Sólo sé que mi vida despreciada ha de acabar en medio la tristeza, de Dios y de los hombres olvidada; y aunque viaje ¡infeliz! de polo a polo, he de encontrarme solo, ¡siempre solo!

Si un viejo veo de niños rodeado, cual se rodea de vástagos la encina, que al oír que le llaman padre amado para besarles trémulo se inclina y de placer llorando, entusiasmado, gracias tributa a la bondad divina, me digo: a ti, viajero sin abrigo, nadie te llama padre, hermano, amigo.

Si niñas veo de ojos rutilantes, porque de amor la lumbre reverberan, que al mirar a sus jóvenes amantes, que también intranquilos las esperan, los abrazan convulsas, palpitantes, cual si un alma de dos formar quisieran, exclamo: para mí no hay nada; nada; y nadie me dirige una mirada.

Ama el jazmín la juguetona brisa; el ave al viento que orgullosa hiende; la fiera con el monte simpatiza: ama el sol el azul en que resplende; el río al mar buscando se desliza: lodo se ama, se aduna, se comprende; sólo a mi corazón, injusto el cielo, al ostracismo condenó y al duelo.

Y marcho huyendo a la ventura errante, como rabioso perro perseguido; miro a todos los hombres el semblante y no encuentro un semblante conocido: y si caigo en el suelo, agonizante, de pesar y cansancio consumido. para esa gente, a quien muriendo impioro, y ni siquier pregunta por qué lloro.

¡Ah! sólo tengo de dolor postrada mi pobre madre en su desnudo lecho; tal vez ahora expira ¡desgraciada! con flaco rostro en lágrimas deshecho, y su amarilla mano descamada le da tortura a su huesoso pecho, y, conteniendo el estertor prolijo, con túrbido mirar busca a su hijo.

Tal vez ¡oh madre! ya no vuelva a verte, porque así cumpla el hado furibundo: víctimas somos de contraria suerte, ambos ludibrios del artero mundo. Tú dormirás bajo la losa inerte; yo seguiré mendigo vagabundo, y en tierra extraña dejaré la vida, sin que a nadie le importe mi partida.

Mas cúmplese el decreto inexorable que dar le plugo al irritado cielo; al fin en este mundo miserable mentira es el placer, mentira el duelo; que puso Dios sapiente, inexcrutable, pena en la dicha, en el dolor consuelo; zarza en la rosa, en la ilusión quebranto; llanto en la risa, risas en el llanto.

Por eso, resignado y humildoso, sigo de espinas mi fatal camino. Quédate, adiós, ¡oh campo tan precioso, con gayas flores de matiz divino! Siempre serás oasis misterioso que en éxtasis admire el peregrino; mientras yo soy, en la revuelta vida, pobre basura entre el turbión perdida.