Spanish poem
Yo Soy El Verdugo. El Hombre, ¡Mi Hermano!
by Antonio Plaza (1830–1882)
Yo soy el verdugo. El hombre, ¡mi hermano! hirviendo de ira un ogro me cree; ¡a mí! ¿a la imagen de Dios soberano, al que hizo del orbe monarca también? Baldón y desprecio circundan mi vida, el hombre me llama infame Caín; del bien que hago al hombre el hombre se olvida, y me odia, me huye: el hombre es así. Declaro, sin miedo, al crimen la guerra, y mato yo al hombre que al hombre mató: humíllese el hombre á mí, que en la tierra soy copia terrible del brazo de Dios. Soy hijo del crimen, mi pan de él espero; me nutre la sangre, me ampara la ley; yo vine a la tierra humilde pechero, y he visto a los reyes temblar a mis pies. Henchido de grande, orgullo profundo, ejerzo en la tierra sangrienta misión; es germen la sangre de ciencia fecundo que siempre al progreso doquier precedió. Es bello, muy bello, en negro tablado, tender la mirada con doble altivez al vulgo medroso que mira pasmado el trono de muerte, mi regio dosel. Y ¡me odian! ¿qué importa? El valiente guerrero que en lides tremendas legiones venció; aquel cuyo brioso corcel altanero con sangre de cráneos su casco tiñó; el rey poderoso, excelso, y altivo, que al orbe dio leyes, y puso en su sien egregia corona, y vio compasivo a nobles y viles su planta lamer; el fiero bandido, que mil y mil veces grandiosos peligros audaz afrontó, mofándose altivo de frailes, de jueces, del mundo, del diablo, del cielo y de Dios; si frente al cadalso, mi rostro sombrío, el rey, el bandido, el bravo adalid, contemplan un punto, humildes, sin brío, les veo de rodillas temblar ante mí.
¿Por qué si el soplo de Jehová me alienta, a mis hermanos plugo sembrar mi vida de pesar y afrenta? ¿son los hombres verdugos del verdugo? ¿Piedad para el infame que la vida, sus crímenes pagando, pierde, y rencor para el que da la herida una ley poderosa ejecutando? Guardad vuestro rencor para esos reyes que a las naciones doman, e hidrópicos de sangre expiden leyes, y ni el trabajo de matar se toman. Culpad a la que impera sobre el mundo fatalidad sombría, que pone al hombre por su mal profundo bajo de mi hacha cortadora y fría.
Es mi hacha, de justicia espejo refulgente, mi fúnebre cadalso terrífico crisol, que purga las pasiones del pueblo que impotente se traga sus aullidos hirviendo de rencor. Yo corto una cabeza, sereno, sin cuidado, en medio de la plaza, del sol a toda luz: soy genio de la muerte, mi trono es enlutado, mi púrpura es la sangre, mi cetro la segur. Los nietos de Confucio honraron al verdugo, los príncipes reales vistieron como él; ¡loor a aquellos chinos que comprender les plugo que honrando a su verdugo honraban a su ley! Un occidc et manduca, oyó el apóstol Pedro, en éxtasis soñando beatífica visión; mi padre así me dijo, por eso no me arredro, y siempre mato y como. ¡Bendita sea su voz!
Era mi padre verdugo, y mi madre, ¡vive el cielo! envilecida ramera, bastarda hija de un perverso que en afrentoso cadalso mató el verdugo, su yerno. Maldito desde la cuna vine al mundo, niño bello; estigma fatal de sangre marcó mi frente de réprobo, y fue mi primer vagido un ¡ay! que lanzó el infierno. Con leche infame nutrióme la prostituta en su seno, y me regaló el ostiaco, oliendo a sangre, mil besos. Entre el terror y la infamia pasé mis años primeros; fue mi verdugo cada hombre, verdugos son todos ellos, sino que pocos se atreven a esgrimir mi hacha de acero; porque no alientan ¡cobardes! mi corazón tan enérgico. Odiado desde muy niño, siempre solo, fui creciendo sin amigos, sin infancia, y devorando desprecios. Mi alma huérfana y maldita, en su maldito aislamiento vivió, sin que le halagara de otros niños el afecto. Era una tarde de agosto, tarde que olvidar no puedo; divisaba yo en el campo niños mil que en grupo angélico, bulliciosos, expansivos, jugaban ¡ay! muy contentos; y respirando ternura niño yo, también, y bueno, osé acercarme, por ver mejor aquel cuadro nuevo; mas a los primeros pasos que di, exclamaron ellos: ¡Es el verdugo, el verdugo! y horrorizados huyeron. Desde entonces el rencor rugió dentro el alma hirviendo, que la sociedad injusta me odió inocente, y por eso no me dejó más recurso que el oficio de hacer muertos.
Y de lágrimas lleno y de coraje me alimento del odio con el jugo; porque están saturadas de brebaje mis lágrimas sangrientas de verdugo. Si mi sueño de sangre realizara, de un tajo, humanidad te dividiera; en tu sangre maldita me bañara, y tu sangre maldita me bebiera. Mi sed de sangre en el cadalso apago, que soy dichoso si a matar me apresto. Y tu odio, sociedad, con odio pago... infame sociedad... ¡yo te detesto!