Versos Spanish Federico Balart Agua y arena

Spanish poem

Agua y arena

by (1831–1905)

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A mi sobrina la niña Dolores Cano y Cathalán

Niña que por la playa de Cartagena vas buscando mariscos entre la arena: mientras en tu inocencia cantas y, ríes de la arena y el agua, por Dios, no fíes, porque, aunque es Cartagena tranquilo puerto, en la arena y el agua todo es incierto. ¡Ay de cuanto la estéril onda marina lame con su traidora lengua felina!- Mejor es que en el campo busquemos flores: deja, deja la playa, niña Dolores, y oye una barcarola que, en su cariño, me cantaba mi madre, siendo yo niño.- Pero ¡no! tan lejana quedó esa historia, que no respondo, niña, de mi memoria; y, alterada la letra que antes sabía, ni sé si es de mi madre ni sé si es mía. De aquella barcarola que ella cantaba sólo sé a punto fijo que así empezaba: «ésta, niño, es el agua, y ésta la arena, y éste el puerto seguro de Cartagena.» ¡Cartagena bendita, seguro puerto, de borrascas marinas siempre a cubierto! Recostada en su altivo cerro eminente, la ciudad te resguarda por Occidente; como fieros gigantes de adusto porte, sentado al Sur el uno y el otro al Norte, porque nunca te ofendan los elementos dos montes te protegen contra los vientos, y a flor del agua tienes oculta roca que, mordaza invisible, cierra tu boca. Si algo Naturaleza pudo negarte, con su próvida mano lo suplió el arte: cuando airado Lebeche la mar altera, se estrellan las corrientes en tu escollera; nave que combatieron olas bravías en tu arsenal repara sus averías, y el que en tus fondeaderos encuentra asilo sin temor de huracanes duerme tranquilo; que en cuanto mar limitan roca y arena no hay puerto más seguro que Cartagena.

Una noche... -Esa noche ya está muy lejos: ¡los que entonces muchachos, hoy somos viejos! Tranquila reposaba la mar bravía; tierra, y olas, y vientos ¡todo dormía! De improviso, las aguas alzando en comba, del abismo insondable surgió una tromba, que, seguida del trueno y el torbellino, de tu boca en las sombras halló el camino. Combatiendo encontrados los huracanes con el ronco bramido de cien volcanes, las naves entregaron en un momento los penoles al agua, la quilla al viento. Roto quedó el velamen, las jarcias rotas, rotos estáis, obenques, drizas y escotas. Formando con sus olas montes y valles, el mar venció los muelles y entró en las calles; y el viento, como un niño que en la llanura sin esfuerzo quebranta la mies madura, no dejó mastelero, bauprés ni entena en el puerto seguro de Cartagena.

¡Cartagena valiente, gloria de España, plaza la más segura que el ponto baña! quien de lejos te mira jamás comprende la fuerza prodigiosa que te defiende: tus aguas son escasas, tu ambiente impuro, tu polígono informe, débil tu muro; no prestan a tu escarpa defensa alguna contraguardia, hornabeque ni media luna, y aun de frágil ladrillo son los merlones que protegen el fuego de tus cañones. Por eso, el que a tu adarve tiende la vista, fácil juzga la empresa de tu conquista; pero pronto su orgullo ponen a raya San Julián y Galeras y la Atalaya. Mezquinos son tus viejos muros sencillos, pero inmensa la fuerza de tus castillos que, dominando en torno mar y llanuras, son corona y defensa de tus alturas. Cuando en ellos el bronce fulmina y truena, no hay plaza más segura que Cartagena.

Pero, aunque eres tan fuerte, tan formidable, nunca altiva presumas de inexpugnable. Dos veces a rebeldes diste guarida: las dos fuiste asediada, las dos rendida. Los que la vez primera suya te vieron, valerosos y audaces te defendieron. Combatiendo a la sombra de sus banderas, del sitiador llegaron a las trincheras. Soldados y paisanos, como leones, arrostraron el fuego de los cañones. ¡Y al fin te abandonaron, como el enjambre la colmena abandona: cediendo al hambre! La vez segunda, en mengua de tu decoro, lo que el hierro no pudo lo pudo el oro. La rebelión, que en sangre la patria abisma, como escorpión se vuelve contra sí misma. Los castillos que fuertes te defendieron, al interés vendidos, te combatieron, y al comprador al cabo se abrió sin pena la plaza inexpugnable de Cartagena.

Ya lo ves, niña mía: no existe asilo a cuyo amparo el hombre viva tranquilo; no hay lugar en la tierra, grande o pequeño, que a salvo de peligros nos guarde el sueño: cuanto cobija el manto del cielo oscuro, todo, todo es precario, todo inseguro. Poder, fortuna, fama, gloria, belleza, valor, saber, talento, virtud, nobleza risueñas esperanzas, cuidados graves, victoriosas banderas, potentes, naves, cuantas glorias ensalzan clarín y lira, cuanto a la cumbre llega y a más aspira, cuanto eleva en sus brazos próspera suerte, todo, todo es incierto, ¡menos la muerte! Tal es, vista sin velos, la humana vida: ¡a elevación más grande, mayor caída! Ni el águila en los aires vuela segura, ni la estrella en los cielos perpetua dura. ¡Todo es ¡ay! como el agua! ¡como la arena! ¡Como el puerto y la plaza de Cartagena!