Spanish poem
El progreso
by Federico Balart (1831–1905)
I
Cuando severa la Historia, sin flaqueza y sin encono separe el oro y la escoria, la Ciencia será la gloria del siglo decimonono. Hombre, que incansable alientas, y, en medio de tus furores y de tus luchas sangrientas, con noble ambición aumentas la herencia de tus mayores: por tu esfuerzo nunca vano, por tu incesante inquietud, hoy el espíritu humano, de la tierra soberano, se acerca a su plenitud, y tu atrevida razón tan diligente camina, que, a cada generación, de la infinita ecuación una incógnita elimina. Dignas de tus ambiciones, dejan absorto el sentido las fuerzas de que dispones cuando a tu servicio pones lo heredado y lo adquirido; y tanto los vuelos crecen de tu genio singular, que, aunque indómitos parecen, tus caprichos obedecen cielo, tierra, viento y mar.
Ya, de su magia seguros, los modernos Zoroastros con poderosos conjuros, por los espacios oscuros paran y mueven los astros. Copérnico el movimiento negó al sol; y, en su ilusión, clavándolo al firmamento, repetir creyó el portento que vio absorto Gabaón; y la Tierra, que pasmada tal propósito veía, de su asiento desquiciada, por una elipse cerrada girando en torno corría. Mas hoy, rendido al poder de otro genio colosal que más claro logró ver, el sol, se vuelve a mover y la elipse es espiral. Si la esfera cristalina algo a tu vista vedó, ya tu inducción peregrina por indicios adivina lo que ver no consiguió: el astro que en las regiones del éter frunce o dilata la curva en que lo supones, con tales aberraciones nuevos astros te delata; y, a guarismo reducidas sus señas, que bien comprendes, por sendas de ti sabidas entre las mallas tupidas de tu cálculo los prendes. Es tan segura y tan alta la ciencia que sorprenderlos logra cuando el cielo asalta, que ni verlos le hace falta, pues los conoce sin verlos. Mas, de aparatos provista tu salaz observación, cuando les sigue la pista corroboras con la vista lo que anuncia la razón; los planetas colosales cuyo lejano reflejo no alcanzan ojos mortales, como alondras al espejo se acercan a tus cristales y si hay partes del gran todo, que aun no logras ver así, ésas, por distinto modo, muestran en secreto al yodo lo que te ocultan a ti.
Tú de la luz cenital disuelves el arrebol, y, por arte magistral, con un prisma de cristal destrenzas el rayo al sol; en premio de tus desvelos, el signo de paz te apropias que Dios extendió en los cielos, cuando sobre blancos velos las tintas del iris copias,
del iris, cuyos fulgores alegran la inmensidad: listón de siete colores que en su manto de vapores despliega la tempestad.
Los cuerpos opacos pueblas con los fantasmas que evocas; y, desvaneciendo nieblas, hallas luz en las tinieblas y transparencia en las rocas. ¡Portento de los portentos! Hasta el astro misterioso que cruza los firmamentos te anuncia sus elementos con su rayo luminoso; y, a negra placa sombría que tu industria le prepara, su firma en rayas envía: profunda taquigrafía con que su esencia declara.
Y, si sagaz adivinas lo que el ancho espacio encierra y a los cielos te avecinas, ¡con qué prodigios dominas el mar, el viento y la tierra! Los peligros afrontando, resistencias vas venciendo, ya las olas dominando, ya los montes taladrando, ya los nublados hendiendo.
Hoy el marino navega seguro de polo a polo; que, cuando al agua se entrega, lleva el viento en su bodega como en sus antros Eolo. Allí, en caldera bullente, se fragua la tempestad que, a, su mandato obediente, voltea la hélice ingente con rauda velocidad. Dos aspas, girando aprisa (terror del sollo y la chopa), son alas de dócil brisa, que, a sus órdenes sumisa, hiele siempre al barco en popa. Por seguro derrotero sobre el ondulante charco va el piróscafo ligero: mientras vela el marinero no teme choques el barco; que, en rutilante guirnalda, para dar cuenta de sí lleva un diamante a la espalda. Y a la diestra una esmeralda, y a la siniestra un rubí. Ya tranquilo se desliza, sin miedo a médano u hoya, sobre el mar que el viento riza: ya no hay banco ni baliza ni fondeadero sin boya; tras la niebla, en triste acento la sirena gime al pie del cantil, y en su lamento delata al escollo el viento, que ayer su cómplice fue; el faro su luz tranquila derrama en la inmensidad: ojo insomne que vigila con encendida pupila la nocturna oscuridad; y así, cuando el firmamento sus astros al mundo niega, puede el navegante atento saber a cada momento por qué regiones navega; que, en varias combinaciones de luces y de cristales, sobre la costa dispones brillantes constelaciones de estrellas artificiales.
Pero, en tu ardiente heroísmo, sin temores ni recelos, quieres vencer por ti mismo a los monstruos del abismo y a las aves de los cielos: con audaz intrepidez penetras en la onda fría y exploras su lobreguez, compitiendo con el pez nacido en la mar bravía; y, flotante monumento, de tu audacia sin rival aspirando al firmamento se eleva el globo en el viento más que el águila caudal. Si hoy su inmensa mole vana cede a la racha enemiga que juega con él liviana, los cuatro vientos mañana serán su dócil cuadriga.
La peña, horadas cual barro para trasponer el cerro, y con esfuerzo bizarro unces la nube a tu carro sobre dos barras de hierro. Sin absurdos exorcismos transformas los horizontes, y sin graves cataclismos vas colmando los abismos y perforando los montes.
Tú los macizos ahuecas de sus entrañas profundas, las cumbres en llanos truecas, los anchos lagos desecas y los desiertos inundas. Más que las manos de Alcides son poderosas tus manos: los mundos pesas y mides, los continentes divides y juntas los Océanos.
Aunque se oculte a tu vista, a tu mandato severo no hay fuerza que se resista: la luz es tu retratista, y el rayo tu mensajero. Por férreos hilos tendidos corre de aquí para allí; en puntos por ti elegidos, con cifras y con sonidos escribe y habla por ti; y, sin que logren cortar su curso el agua ni el viento, que no lo sienten pasar, une a las olas del mar las olas del pensamiento. Ya, por un cable entesado, veloz el globo circunda, ya, en un alambre encorvado rendido y aprisionado, los aires en luz inunda; y en las noches consagradas al estudio o al solaz, con ambas alas cortadas ilumina tus veladas el relámpago fugaz.
Por ti a la palabra esquiva del ignorante o del sabio no hay ya distancia excesiva: por un hilo corre viva cual vibra al salir del labio. Por ti halagan el oído voces ausentes o muertas; que, en un cilindro esculpido, guardas el eco dormido, y de un soplo lo despiertas. Mísero acento mortal: con tus dulces inflexiones o tu iracundia brutal te gozarán perennal futuras generaciones. Gracias al rayo veloz que en tu mano centellea, hombre incansable y precoz, eterna es desde hoy la voz, como es eterna la idea. Tanto los ímpetus crecen de tu genio singular, que, aunque indómitos parecen, tus caprichos obedecen la tierra, el viento y el mar. ¡Hombre! ¡tu inmensa potencia, que ayer era vaticinio, ya es innegable evidencia! ¡Tu augusto cetro es la ciencia, y el planeta tu dominio! ¡Merced a la luz subida que en torno de ti derramas como lluvia bendecida, hoy el árbol de la vida cubre el mundo con sus ramas!
II
Pero, aunque el orbe sumiso ves a tu genio inmortal, en tu nuevo paraíso que renuncies es preciso al árbol del bien y el mal, ¡El bien y el mal! ¡Cara ciencia que te arrojó del Edén y te costó la inocencia! y al fin -responde en conciencia- ¿Qué sabes del mal y el bien? Bien, para la ciencia humana cuando lo intangible explica, es palabra hueca y vana a que tu razón liviana conceptos sin fin aplica. Siempre, de constancia ajeno. tomas, tras breve intervalo, la triaca por veneno: lo que ayer fue malo es bueno; lo que ayer fue bueno es malo. Hoy las naciones aherrojas, mañana expulsas los reyes; y, entre mortales congojas, como la selva sus hojas mudas costumbres y leyes; que, en perdurable ansiedad y en insensato furor, miserable Humanidad, tu verdad sólo es verdad después de haber sido error. Y no es que, a puro ascender por la esfera soberana, nuevos astros logres ver: ¡no tal! ¡el error de ayer error vuelve a ser mañana! La estrella que vacilante se hundió en el triste Occidente de tu horizonte inconstante, con resplandor más brillante vuelve a surgir por Oriente. En alterna sucesión, pasan por el fondo oscuro de tu confusa razón las ideas de Platón, los átomos de Epicuro. Uno te baña en el lodo, otro en la luz increada quiere fundirte a su modo: Hegel te da su Dios Todo; Schopenhauer, su Dios Nada; Y hoy, con retorno imprevisto por tu inteligencia ruda, de nuevas armas provisto, frente a la gloria de Cristo su nirvana sienta Buda. ¡Y, si orgulloso depones los ídolos con que pueblas tus absurdas religiones, todas tus exploraciones se pierden en las tinieblas: En esa región sombría que sonda tu mente ociosa, nada alcanzan, alma impía, tu vana filosofía ni tu ciencia cautelosa. ¿Qué importa! Con estupendo valor, el cielo explorando, sus senos vas revolviendo, unas veces discurriendo y otras veces observando. Ya, con ridículo error, piensas hallar la evidencia cuando empuñas la mayor, desenvainas la menor y ensartas la consecuencia. Y, en la ilusión que después te ocasiona ese embolismo, al Ser absoluto ves encerrado entre las tres paredes de un silogismo; ya, prudente y sabihondo, con tal jerga no te ofuscas: quieres ver mondo y lirondo, al mismo Dios; -y en el fondo de tu retorta lo buscas. Ingredientes preparando, el uno del otro en pos en ella los vas echando, y aguardas que fermentando salga la Esencia de Dios: salvo (¡como es natural!) condenarlo en rebeldía con sentencia capital cuando, citado, en su día no acude a tu tribunal. Con prudente rigorismo, toda hipótesis repudias, y, a solas contigo mismo, miras, observas y estudias la piedra y el organismo. Ves que al hierro busca el rayo.. ves que palpita la arteria... y, después de cada ensayo, repites para tu sayo:- «¡Son leyes de la materia!» Y como, firme y certero, todo, entre uno y otro polo, sigue su ley, dices fiero:- «pues el reloj anda solo, ¡no hace falta relojero!» Y, cuando de tu sistema eliminas a Elihú, sacas, por final teorema, que hay una Fuerza suprema, y esa fuerza no eres tú. Conoce al pastor la grey, conoce el siervo al Señor, conoce al gañán el buey; - y tú, que encuentras la ley, niegas al Legislador. Si alzarte quieres a Él, tus sistemas son colosos como esa férrea Babel que en París levantó Eiffel para recreo de ociosos: pirámide irregular que ni a los ojos agrada ni se sabe a qué aplicar; maravilla singular que no sirve para nada; obra inútil que, aunque dé a su autor claro renombre, es capricho puesto en pie, de donde sólo se ve la gran pequeñez del hombre. Sabio que nunca te humillas, y estudias, para negarlas, las celestes maravillas: ¡A Dios se va de rodillas!- ¡Y tú no sabes doblarlas! Ni tu ciencia analizarlo ni tus ojos pueden verlo; y en balde esperas hallarlo, si en vez de reverenciarlo te empeñas en comprenderlo. ¿Abarcar quiere tu mente lo infinito?-¡Estás lucido si ignoras, pobre demente, que ha de ser lo continente mayor que lo contenido! ¿Cuándo más grande, alma terca, será el puñado que el puño, ni el cercado que la cerca, ni el tornillo que la tuerca, ni la moneda que el cuño? En vano será que gires del uno al otro confín y que obcecado delires: por donde quiera que mires no has de hallar a Dios el fin. ¡En vano, entre los escombros de una y otra religión, buscas prodigios y asombros, si no nacen en tus hombros las alas de la oración! Con ellas se tiende el vuelo, con ellas se alcanza todo, mas tú, sin mirar al cielo, te revuelcas en el suelo corno un reptil en el lodo. Desde él, con cerviz enhiesta, lanzas a la eternidad tu irreverente protesta, como tu saber compuesta de soberbia y ceguedad. Pero Dios, a quien provoca tu voz moviéndole guerra, desprecia tu furia loca, y al fin te tapa la boca con un puñado de tierra.
Entregada a tu razón la ciencia del bien y el mal, y mudo tu corazón, al par de tu religión corre ciega tu moral. Con descabellado intento y absurda soberbia vana, pides al entendimiento lo que es en la vida humana producto del sentimiento. Buscas en la inteligencia los frutos del corazón: ¡Y la paz de la conciencia no sabe darla tu ciencia ni lograrla tu razón! ¡Ah! lo que Bacon inquieto no pudo en su genio hallar, lo hallaron, claro y escueto, en su ergástulo Epicteto y Job en su muladar. Y esa fuerza, que renombre no busca, ni lucro en pos, se llama, con vario nombre, Virtud, si la alcanza el hombre; Gracia, si la otorga Dios. Ella a la ley soberana la frente serena inclina, y es su misión lisa y llana de la voluntad humana a la voluntad divina. Al talento más experto se aventaja el corazón cuando a Dios se ofrece abierto; que el bien no está en el acierto: el bien está en la intención. Sin más código moral convertirás en edén este infierno terrenal: el bien es querer el bien; el mal es querer el mal. Mas ¡ay!, al error propicia, tu torpe naturaleza los dones más altos vicia: Eva te dio su malicia y Adán te dio su flaqueza. De tu saber engreído frunces la nublada frente; que, soberbio y descreído, siempre te halaga el oído la lengua de la serpiente. Nunca tus actos se rigen por la sencilla virtud; y en eso tienen su origen los afanes que te afligen de la cuna al ataúd. ¿Qué vale que tu razón su imperio en el mundo ejerza, si, en constante agitación, más deprisa que tu fuerza va creciendo tu ambición? Poco importa que del trueno disponga tu voluntad: jamás vivirás sereno mientras lleves en el seno la soberbia y la impiedad. Ni aun ahuyentando la muerte, ni aun suprimiendo el dolor, feliz consiguieras verte: ¿Qué te vale ser más fuerte, si no sabes ser mejor!
¡Y, mientras en lucha vana te das a ti mismo guerra, pretende tu mente insana dirigir la caravana de los hombres por la tierra! ¡Ay! ¡aunque indagues ladino las leyes que el orbe rigen, mal trazarás tu camino desconociendo tu origen e ignorando tu destino! Por saberlos, iracundo, das tormento a tu razón; y, con esfuerzo profundo, por la evolución del mundo calculas tu evolución. Mas ni esa base ilusoria te da firme fundamento para adivinar tu historia: ¿te es, por ventura, notoria la suerte del firmamento? Ya supones que, apagados los soles, a ellos caerán los planetas despeñados, y, por el choque incendiados, nebulosas formarán, que, por los anchos abismos de los espacios profundos, con sus elementos mismos darán, en nuevos guarismos, origen a nuevos mundos; ya llegas a presumir que la Fuerza persistente dejará de persistir, o, en las esferas latente, sueño eterno ha de dormir, y los astros, a millones parecerán, apagados en las etéreas regiones, negro enjambre de moscones en éxtasis arrobados. ¡Oh, si por frutos opimos lograra tu entendimiento agregar a sus esquimos la historia de esos racimos que penden del firmamento! Si el cielo abarcar pudieras y entre tus manos avaras al fin cogido lo vieras, ¡con qué placer lo exprimieras y de un sorbo lo apuraras! Mas, si por milagro un día tanto hiciera tu poder, ni aun así se aplacaría esa eterna sed impía de inquirir y de saber: juzgando verdades claras cuanto tu mente ideó, si el secreto a Dios robaras, aún conocer intentaras lo que nunca Dios soñó. Junto al borde del abismo vagas triste y macilento, engañándote a ti mismo con el falaz espejismo de tu propio pensamiento; y tras él, de breña en breña, tu inteligencia sin fe desbocada se despeña: tanto anhela cuando ve,- y piensa ver cuanto sueña: ¡crisálida misteriosa que, si lo futuro escarba y lo pasado desglosa, no sabe si ha sido larva ni si ha de ser mariposa! Hablas de males y bienes; y, cuando te encumbras más y por más sabio te tienes, ni sabes de dónde vienes, ni sabes adónde vas. Ya imaginas que a tu oído llegan los cantos triunfales del hombre futuro, henchido de venturas terrenales en progreso indefinido; ya supones, sin embargo, cansado de progresar y hallando el camino largo, que al fin podrás en letargo delicioso reposar. ¡Falso ensueño esplendoroso! ¡Ilusión risueña y vana pensar que, en ocio dichoso, solaz encuentre y reposo tu rendida caravana! La idea que sin sosiego persigue tu fantasía soñando alcanzarla ¡ciego! es la columna de fuego que en el desierto te guía. Tras ella caminarás siguiendo su rumbo incierto, mas nunca la alcanzarás: por ella progresarás;- pero siempre en el desierto Humanidad que, sin tino, fatigada de marchar buscas fin a tu camino: ¡no es arribar tu destino! ¡Tu destino es caminar! ¡Moisés! ¡Moisés! ¡no te entregues a grata ilusión mentida! ¡Por mucho que al cielo ruegues, morirás antes que llegues a la tierra prometida! ¡Nunca esa tierra ilusoria premio de tu afán será! ¡Cuando alcances en la gloria la palma de tu victoria, ni tierra ni mundo habrá! Mas no cejes receloso, hombre, si Dios no te escucha; que es empeño candoroso buscar fijeza y reposo donde todo es cambio y lucha. Comprende al fin el misterio que tu alto destino encierra: la vida es un cautiverio; y, aunque es la tierra tu imperio, ¡no es tu galardón la tierra!