Spanish poem
La Rosa Blanca
Antes que por la lluvia fecundada arde la tierra al sol de primavera, que apresurando su veloz carrera, muestras la luz de mayo anticipada; queda la yerba mísera abrasada antes de desplegarse en la pradera y, como niño que en la cuna muere, seco el pimpollo al rayo que lo hiere. Para su breve curso el arroyuelo: la fuente agota su caudal mezquino; de la desnuda acacia al muerto espino lleva la joven mariposa el vuelo; el polvo lame del estéril suelo la oveja hambrienta, y fijo en el camino. A lo lejos contempla los sembrados el labrador con ojos desolados... ¿A qué viene la niña de la aldea a recorrer los campos cuidadosa si no ha de hallar en ellos ni una hermosa flor, que de su cabello ornato sea? Siempre cuando la mansa luna ondea, al acabarse el día, presurosa desciende murmurando a la ribera y se mira en el agua placentera. Y alza de entre los juncos de su orilla una flor de blancura reluciente y una por una cuenta ansiosamente las hojas de su corola sencilla: y cuantas menos son, más gozo brilla en la faz de la niña, más latiente siente su pecho, y en el onda pura mira con más cuidado su hermosura. Aquella flor tan blanca y olorosa al pie del arroyuelo colocada desde lejano huerto transplantada revela inteligencia misteriosa: para aquella que aguarda el alba rosa un signo es cada boja plateada, que, en su número, anuncian a María las horas de una cita cada día. Seis hojas solamente coronaban ayer las sienes de la fresca rosa, los ojos de la niña venturosa al recorrerlas de placer brillaban; y era que ya de cerca resonaban las pisadas y el habla cariñosa del oculto galán que en la ribera la dulce niña enamorada espera. Mas ¡ay del triste, doloroso día en que la amada flor de su consuelo sus hojas doce al pie del arroyuelo muestre a los ojos de la fiel María! El habla tierna que a su lado oía, el rostro que miró con tanto anhelo no escuchará ya más en la ribera, no verá junto al agua placentera. Ya su carrera el sol en paz termina, ya no alcanza su rayo a la pradera mas refléjase aún su luz postrera en la pálida copa de la encina; y en una errante nube blanquecina que, al caso, perdida por la esfera mitad de su color al sol le debe, mitad al brillo de la luna leve. El sol lejano, el cielo transparente, la débil luna, el viento sosegado el monte allá a lo lejos levantado entre la oscura sombra del oriente; el pájaro que trina suavemente, el riachuelo que suene acompasado prestan al mustio campo en su tristeza galas de juventud y de grandeza. Reanima sus pimpollos la arboleda y la planta el follaje decaído; por la nocturna sombra humedecido, el seco prado reluciente queda: que aunque estación ingrata no conceda benigna lluvia al campo agradecido, basta al suelo de España fresca sombra para tejer su verde y rica alfombra. Y aún han de hallar las aves extranjeras que emigran de los climas apartados abundante semilla en sus collados y sombra deliciosa en sus riberas: y aún tejerá en abril en sus praderas ramilletes de lirios delicados la niña que ya baja al arroyuelo tras de la blanca flor de su desvelo. Menos de su colmena enamorada vuela ansiosa la abeja a los panales que la amorosa niña a los juncales donde la clara flor está guardada; su faz inquieta brilla carminada entre las rubias trenzas desiguales, como en pálidos trigos encendida tierna amapola, a medias escondida. Mas hoy la bella flor de su alegría no corona los juncos del riachuelo... dos lagrimas de amante desconsuelo caminan por el rostro de María; cual si viajero que la fuente ansía tocara el agua convertida en hielo, así al hallar los juncos sin la rosa queda la niña triste y silenciosa. Fija la vista por el agua clara que bajo de sus plantas se desliza, cómo sus hilos transparentes riza luego el lloro enjugándose repara: y cómo aquella flor graciosa y rara blanca en su cerco, en la mitad pajiza se mece en su barquilla deliciosa burlando la corriente bulliciosa. Y al fin ya divertido su cuidado brota en su corazón nueva esperanza. ¿Quién sabe en su raudal que al junco alcanza si habrá la rosa el agua arrebatado? ¿Quién sabe si su espíritu agitado halla en leve ocasión grave tardanza, y si al compás del agua cristalina ya muy cercano su garzón camina?... En tanto que la vaga nubecilla ya sobre su cabeza se suspende, en dos alas blanquísimas que tiende, como paloma que en los aires brilla; a la postrera débil lucecilla que del sol medio oculto se desprende piensa ordenar María su prendido del arroyuelo en el cristal lucido. Que de su amante a los oscuros ojos bella mostrarse anhela, cual ninguna; el parecer hermoso de la luna, por ser ajeno hechizo, le da enojos: del sol la enfadan los perfiles rojos y el brillo de la estrella le importuna, que no pueden sufrir sus altos celos ni las rivales mismas de los cielos. La gran toca dorada del cabello por el vivo airecillo descompuesta, la ondulante gasilla alba y modesta que en torno ciñe su azulado cuello más peregrino harán el rostro bello en su inocente compostura honesta... Llégase, y sobre el agua cristalina el blanco rostro la doncella inclina. Mas en vez del contorno delicado donde lucen sus ojos lagrimosos se muestran en los espejos temblorosos la nubecilla en círculo ovalado— muda el cristal; mas hállanlo empañado dondequiera sus ojos temerosos la nube al arroyuelo todo alcanza y va burlando siempre su esperanza. Alza confusa el rostro con recelo hacia la sombra que su arroyo empaña que la nube de blancura extraña que de la luna pende, como un velo; ya asemeja meciéndose en el cielo un cisne que en su lago azul se baña y ya remeda una graciosa cuna do como un niño muéstrase la luna. De nuevo al agua tórnase María y otra vez vuelve a hallar la nube en ella... Con presurosos pasos la doncella huye espantada a la cercana vía: caminante sin luz, ciego sin guía los erizados juncos atropella temblando al vago roce del cabello que el viento hace flotar sobre su cuello. Pero del sauce aquel cuya melena luenga baja hasta hundirse en la corriente suave, como el ruido de la fuente, y dulce una doliente queja suena: notas de una muy triste cantilena que por el mismo corazón se siente, voz de quien sufre y se lastima y ruega, «¡ay!» que hasta el alma desgarrando llega. ¿Quién gemirá en aquella orilla sola que con suspiros a la niña clama? ¿Quién escondido bajo aquella rama con amor tanto y ansiedad llamóla? ¿Cuyo es el pecho que también asola el tierno incendio de amorosa llama?... ¿Se alejará sin ver la compañera tórtola que la aguarda en la ribera? «¡Ay!» dice el canto bello y penetrante y de el susto primero recobrada «¡ay!» la niña tornando a la enramada donde a su amiga siempre halla constante; cual si se hallara la infantil amante por la tórtola débil amparada ya nada teme, junto al sauce llega y el ave escucha y con su lecho juega. ¡Cómo la luna de nevada que era vase tornando de color rosada! ¡Cómo rompe la atmósfera azulada aquella estrella hermosa la primera! ¡Cómo de la naciente primavera la vespertina brisa es regalada! La doncella en sus palmas, cuán hirviente el seno de su amiga latir siente. No escuchó más cantares soberanos, más jardines no vio, más anchos mares que el humilde regato y los juncares y al ave que le arrulla entre las manos; mas no ha menester ver los océanos otro jardín hallar, ni oír más cantares que al seno de la joven conmovida falta respiración, sóbrale vida. Cuando así el corazón latir sentimos ya no hay en nuestro ser más que esperanza, a dondequiera que la vista alcanza, placeres solamente distinguimos, de las pasadas penas que gemimos hasta el recuerdo el pensamiento lanza y en el mal que tocamos no creemos y la dicha abrazamos que no habemos. ¡Triste enamoradísima doncella! ¡Cándida niña de la faz rosada! Presto de los suspiros aliviada suspensa al contemplar la noche bella olvida su amarguísima querella y tórnase a mirar esperanzada si por acaso el agua se avecina la sombra que sus ojos ilumina. «Vendrá» se dice, pero el grave canto de un cárabo en la orilla contrapuesta miente un «no, no, no, no» como respuesta que pone al corazón medroso espanto: rompe en sus ojos lastimado llanto al escuchar la cántica funesta y ya pretende huir, ya se detiene ya se aleja, y ya al sin otra vez viene. Suena el arroyuelo —la brillante luna que en su linfa serena se retrata hebra tras hebra el agua desbarata y la vuelve a formar una tras una. Ora que en el riachuelo sombra alguna no empañará tal vez, su tersa plata la niña con la luz que se acrecienta verse la roja faz de nuevo intenta. Y allí la nube que en la tarde había, allí la sombra esta maravillosa, allí dentro del agua rumorosa empaña el vago espejo de María. ¿Qué nube es ésa que en tenaz porfía persigue a la doncella temerosa, como el rostro múltiple entristecido del importuno amante aborrecido? Blanco vellón remeda del cordero la nubecilla vaga y misteriosa que en torno de la luna deliciosa la sigue en su camino placentero; ya se apiña y ya vuelve al ser primero forma y color mudando caprichosa; tan presto miente un lago, una cabaña tan presto una ciudad, una montaña. Y ya su cerco rápido descrece y al cabo a breve trecho reducida como bajo un fanal brasa encendida la luna entre el vapor blanco aparece; rompe en mitad su rayo y resplandece en menudos pedazos dividida la nube que ya es flor, a cuyo centro pétalos da la luna desde adentro. Flor de blancura extrema y lozanía cuyas hojas se apiñan y se tocan y menguan, se perfilan, se colocan en circular, simétrica armonía... Si los ojos no turban de María las lágrimas que ardientes la sofocan la clara flor que la presenta el cielo es la rosa ocasión de su desvelo. El bello lustre de sus hojas ciega, de su cáliz radiante el brillo ofende y el dulce aroma que de sí desprende traspasa el éter y a la tierra llega: y cuanto más su corola desplega, más su esencia purísima trasciende y más, y más resplandeciente brilla de su precioso centro la semilla. En ella entrambos ojos enclavados, ambos brazos tendidos hacia ella en éxtasis respira la doncella los aires con su aliento embalsamados; sus espíritus deja conturbados con su perfume y luz la flor aquella y siente su cerebro dolorido cefrado el corazón y comprimido. Y surge un pensamiento de repente de en medio de su mente fascinada... ¿Cuántas hojas tendrá la rosa hallada sobre los cielos milagrosamente? Recorre hoja por hoja atentamente mas con su hiriente brillo deslumbrada por más que en repasarlas se atormenta una tras otra vez yerra la cuenta. Mas, distintas las hojas va dejando ver ya la claridad, mas quebrantada y la niña, impaciente, la mirada en la divina flor clava temblando— Dos... cuatro... seis... diez, hojas va contando y once llega a contar sobresaltada, y al mirar otra más lanzó un gemido y en su seno de amor cesó el latido. Allí quedó en las urnas del riachuelo el bello y joven tronco sepultado— las aguas con acento lastimado en torno de él hicieron largo duelo; la tórtola, con tierno desconsuelo espantada doliéndose a su lado un ronco y lamentable son hacía con el rumor del agua que gemía.