Spanish poem
Libre Será La Voz, Fuerte El Aliento
Libre será la voz, fuerte el aliento; sonoro el instrumento que vuestro canto, Alfonso, han sostenido, cuando torpe y doliente la humanidad presente al inaudito son se ha conmovido. De pueblo en pueblo, hasta el confín de España llegó la voz extraña, de ese mi pobre valle, nunca oída, y aun del valle tranquilo en el oscuro asilo con entusiasmo ardiente fue acogida. Poco de claras letras entendemos las hembras que nacemos en el rincón, sin luz, de humilde villa; y poco nos cuidamos de ésos que no estudiamos volúmenes de Francia o de Castilla. Tardo, como de sordos, el oído apenas el sonido del agudo talento ¡ay! nos alcanza; y turbios nuestros ojos ven siempre con enojos las luces del saber, en lontananza. Postrado el femenil entendimiento en hondo abatimiento las vidas silenciosas consumimos; ajenas a la fama con que la tierra aclama los sabios cuyas lenguas no entendimos. Mas, una rara historia desdoblamos en cuyo centro hallamos impresos nuestros propios corazones, y ansiosas, palpitantes; con ojos anhelantes cruzamos, sin descanso, sus renglones. De lágrimas, Señor, la vena rota vierais, gota por gota las páginas bañar de vuestro escrito: las almas inflamadas vierais arrebatadas, de gratitud, alzarse al infinito. Vos solo revelasteis sentimientos que nunca los acentos de nuestros pechos modular osaron: sólo en los labios vuestros los infortunios nuestros hoy sus fieles intérpretes hallaron. ¡Cuánto sabéis de penas femeninas! ¡Cuán puras y argentinas corrientes de palabras generosas, tierno y profundo sabio, manan de vuestro labio y alivian nuestras almas fatigosas. La escala de las penas de la vida tan larga y tan sentida, habéis en nuestra historia recorrido, y con distintos sones todos los corazones vibrando fuertemente han respondido. Dicen que explica para docta gente política eminente de vuestro libro la preciosa historia: dicen, que en las naciones turbulentas pasiones se levantan en torno a vuestra gloria. Rudas, señor, y frívolas mujeres, de los ilustres seres los encumbrados juicios no alcanzamos; pero las almas puras de las buenas criaturas mil votos por instinto os consagramos. Os alaben los pueblos oprimidos porque habéis sus gemidos con soberano esfuerzo levantado, y humíllense en la tierra los que movieron guerra al valiente pendón que hais tremolado. La patria que en sus ínclitos blasones muestra Napoleones, láurea corona en vuestra sien suspenda; mas, permitid que os lleve, Señor, aunque tan leve, el arpa femenil, su justa ofrenda. ¿Pues no somos también seres humanos? ¿No son nuestros hermanos los que osáis ahogar por nuestras vidas? ¿No debemos cantaros y las manos bañaros, de lágrimas, señor, agradecidas...? Suban entre el ferviente clamoreo del aplauso europeo nuestros votos también a vuestro oído, como sube al ambiente con la voz del torrente el trino de la alondra confundido. Hoy estamos del mundo en las regiones hembras, niños, varones, a general concierto convocados, caiga perpetua mengua sobre aquél cuya lengua por vos no rompa en himnos acordados. Del femenino coro aun el acento embarga el sentimiento, ya cantaros, Señor, vengo yo sola; oídme con dulzura, que es verdadera y pura la ardiente bendición de una española. Vos sois francés; la Francia os merecía; pero no es patria mía, y al ensalzar vuestro glorioso nombre añado tristemente: ¡Oh Dios omnipotente! ¿Por qué no es español tan grande hombre?