Spanish poem
Los Cantos De Safo
Como el aura suavísima resbala de placer en placer fácil mi vida: entre el amor y gloria dividida, ¿cuál es la dicha que a mi dicha iguala? Al lado de Faón, su amor cantando; con la luz de sus ojos fascinada; dicha inmensa es de Safo bienhadada perder sus horas en deliquio blando. Dicha inmensa es de Safo venturosa que su amante en el aire que respira beba el acento de la tierna lira, que tan sólo por él suena amorosa. ¡Cómo a mis ojos inefable llanto gota por gota el corazón destila, si un instante su faz dulce y tranquila brilla gozosa al escuchar mi canto!... ¡Si de su boca en lisonjero arrullo la voz desciende a celebrar mi lira, y hálito vago que su labio expira mis sienes cerca entre el falaz murmullo! Siento, Faón, tu delicado aliento bullir entorno de la frente mía, y en deliciosos tonos de armonía herirme el corazón tus voces siento. El corazón sus golpes precipita al eco de tu voz apasionada: a un suspiro, a un acento, a una mirada como el seno de tórtola se agita. No temo entonces que por bella alguna perjuro olvides tu feliz cantora, ni atractiva beldad venga en mal hora a destrozar mi plácida fortuna. ¿Y quién la flor de la ventura mía osará marchitar con mano aleve? ¿Quién a usurpar tu corazón se atreve y a reinar donde Safo reinó un día? ¡Ah! no soy bella: su preciosa mano en mi rostro los Dioses no imprimieron; más al alma benignos concedieron de los genios el numen soberano. Y cítara en mis manos peregrina las hermanas de Febo colocaron, y de entusiasmo el corazón llenaron de amor ardiente e inspiración divina. Goza de triunfos la beldad un día, que el porvenir destruye rigoroso; cuando el genio entre aplausos victorioso de la inmortalidad al templo guía. Lecho de tierra y silencioso olvido sólo del mundo la hermosura alcanza: el estrecho sepulcro a do se lanza, los rayos borrará de haber nacido. Cual sueño pasará, si el genio alzando la poderosa voz no la eterniza, su cantar que a los siglos se desliza vida preciosa a sus cenizas dando. Yo también cantaré: también mis voces, tierna Faón, tu nombre repitiendo, con tu amor y mi amor sobreviviendo, al porvenir sin fin irán veloces. Yo a esa Grecia opulenta, sabia y justa arrancaré un aplauso duradero, una corona como el grande Homero a mis sienes tal vez ceñiré augusta. Y mírala ¡oh Faón! y tu sonrisa premie el esfuerzo de tu Safo amada, más plácida a su ser que en la alborada place a las flores la naciente brisa.
Musas divinas, dioses del talento, ¿Qué me vale ceñir vuestra aureola? Bella rival con su belleza sola alcanzó mi afrentoso vencimiento. Lanzadla de ante mí, lanzadla, cielos; que al verla, el odio que me inspira crece, mi vista con su vista se oscurece, y hierve el corazón de envidia y celos. Lanzadla lejos de él; no más admiren sus ojos a la bella enamorados: ni los míos en tanto ensangrentados por sorprenderlos incesantes giren. Alma Venus, escucha tú mi ruego, y protege el amor que has encendido; en el pecho cruel del fementido brote una chispa del extinto fuego. Dame atractivos, dame esa ilusoria forma y hechizos con tu luz tocados, ¡y quítenme los Dioses irritados mi cítara, mis cantos y mi gloria!
De Venus al oráculo las preces de los augures fieles demandaron, y el fin de mis desdichas por tres veces y el triunfo de mi amor adivinaron. Mas ¡ay! mintieron. —Tú roca insensible desoyes mi pasión. —¡¡Ni una esperanza!! ¿no temes, di, que tu perjurio horrible provoque de los Dioses la venganza? ¡Qué! ¿No temes que Venus indignada a mis clamores presurosa acuda? ¿No temes que su cólera sagrada sobre tu frente criminal sacuda? Amante Diosa que el amor preside, tú la invocaste de tu fe testigo mi injuriada pasión venganza pide, su hollada majestad pide castigo.
Tu juventud corría silenciosa, entre la oscura turba confundido, cuando uniendo a tu nombre su renombre Safo su gloria dividió contigo. La cantora de Grecia descendiendo de su altura, hasta ti, quiso amorosa cantar tu vida y alumbrar tu frente con la radiante luz de su aureola. Y a tu lado, Faón, si la voz mía se elevaba a cantar nuestros delirios, miel divina en mis labios derramaban solícitas las hijas del Olimpo.— ¿Dónde la bella que fingiendo amores tu conquistado corazón me arranca?... Ayer mi seno de placer latía, y hoy de despecho y de dolor se abrasa...