Spanish poem
No Lo Toméis A Consejo
No lo toméis a consejo, pues vos para aconsejado y yo para consejera inútiles somos ambos: vos, señor, porque contáis con muy razonables años para poder en la vida dirigiros ya sin ayo, y esta humilde servidora por tenerlos muy escasos para poder con su apoyo ir por la tierra marchando. Mas sin ser consejo alguno, podéis escuchar un rato cuatro sencillas palabras que tengo, señor, que hablaros. Si de provecho no os sirven, tampoco os serán de daño, con que prestadme el oído y os charlaré breve y claro. Os quejáis de mis desdenes y el porqué, yo no lo alcanzo, pues las canas venerables yo respeto, nunca agravio; y en fe de verdad tan pura, jamás consentí escucharos las voces almibaradas de, «hermosa, mi bien, te amo»; por evitar que el ridículo os hiriera de rechazo, al responderos el mundo con su risa y con su escarnio. Porque, dejaos de aprehensiones, ninguno creerá el flechazo de que os doléis con tal pena, pues Cupido no es tan malo que fuera en un moribundo a ensañar su genio bravo. Más bien la gota, el reuma, o algún histérico flato han sido los agresores de ese cuerpo desdichado; y vos en reminiscencia de los amores de antaño, al encontraros doliente, os juzgáis enamorado. Pero señor, ¡en conciencia! ved que es error, que es engaño y en vez de atisbar mis rejas, y espantarme todo el barrio, tomándome por remedio de males, que yo no sano, buscad un doctor que os vea, y si es un ataque asmático, os recete y desengañe del tema que habéis tomado. A él podéis, si no os remedia, llamarle «¡insensible, ingrato!» y todas esas razones con que os estáis lamentando de una mujer que no os hizo más ofensa ni más daño, que nacer en este siglo, y no en el siglo pasado. Tal vez yo de haber nacido en tiempo de Carlos Cuarto, de vuestra joven persona me hubiera también prendado, como las viejas mujeres que tiene Dios en descanso, y que os dejaron memorias de lo mucho que os amaron en cartas ya carcomidas y en rizos apolillados. ¡Cómo ha de ser! Lo dispuso la suerte tan al contrario, que entre vos y yo en España tres monarcas han reinado. Os lo digo, no por mofa, vale mucho un hombre anciano, pero soy caña muy débil para serviros de báculo; ni monedas de este cuño parecen bien en la mano del que al buscarlas debiera, ser, al menos, anticuario. Por lo demás, yo os estimo como al Arco de Trajano, como al puente de los moros como a todo lo que es raro, porque llega y sobrevive a los días que alcanzamos. Cuando pasáis os saludo, con reverencia, con pasmo; cuando habláis os oigo absorta, como si oyera lejanos los ecos de aquellas voces que en tiempo del Cid sonaron... Pero la tos os molesta, la brisa va refrescando, y temo os falte la vida cuando por luenga la aplaudo: basta pues, cubríos el rostro, perdonadme y retiraos.