Spanish poem
También Aquí, Señor, En Las Entrañas
¿También aquí, Señor, en las entrañas del solitario monte a los oídos vienen a resonar voces extrañas, gritos de guerra y ecos de gemidos? Negra sombra desciende a las cabañas: lanza el perro medroso hondos aullidos, y claridad fantástica ilumina el trémulo ramaje de la encina. Y suena por los valles la campana de la vecina ermita; el ronco acento del fiel pastor, que los jarales gana de la espantada cabra en seguimiento; y otro gemir, que imita voz humana, y es canto de mortal presentimiento que exhala un ave, inmóvil tenazmente entre la yerba, al pie de la corriente. Y oigo el aire silbar, y de la tierra por la pesada gota removida la exhalación percibo, y de la sierra el gas de la cantera humedecida; y oigo del lobo, que en el monte yerra tras de la res cansada y perseguida, el sordo aullar, que en confusión lejana se pierde con el trueno y la campana. Veo la lluvia correr, abrir los lagos, despeñada rodar por las pendientes, y henchir de los arroyos las crecientes. Y entrar en la cabaña haciendo estragos; y oigo el viento arreciar, y oigo las gentes campesinas gritar en ecos vagos, y a un pájaro en las ramas intranquilo buscar en las más altas nuevo asilo. Veo caer los árboles floridos sobre el agua, la mies y los corderos; por el valle los fresnos más erguidos hundirse en la arriada los postreros, y flotar de las tórtolas los nidos, y el hato del pastor, y los aperos del labrador revueltos zozobrando, y a los bueyes pasar sobrenadando. ¿Adónde estás, clarísima ribera, en que la luz del sol no se escondía, sino un instante en la azulada esfera cuando la blanca nube aparecía? ¡Ah, que ya te perdí, luz pasajera! ya nunca te veré... nube sombría se esparce en este pálido horizonte, y truena por los ámbitos del monte. ¿Pero será también, lirio florido, ciclo de claro sol que te has nublado? ¿Será que de las balas el ruido por tu serena atmósfera ha tronado? ¿Será que en vez de lluvia, sangre ha sido la que regó tu valle sosegado? ¡Será verdad, Señor, que en ciega saña cayeron, como el árbol, los de España! Y ¿es verdad que cayeron los del Sena y los hijos del Po y los del Duna, cual remolinos de caliente arena bajo la lluvia?... ¡almas sin fortuna! Y ¿el sol esclareció con faz serena de sangre aquella vívida laguna de muerte aquella palpitante alfombra, o estaba el cielo así velado en sombra? ¿Los viste tú? ¿oíste los gemidos de las llorosas madres abrazadas a los jóvenes cuerpos, divididos por el golpe mortal de las espadas? ¿No asordó como el trueno los oídos, no cegó como el rayo las miradas... al estallar un cetro en cien pedazos, brillando entre humeantes cañonazos?... Y ¿es verdad que las tímidas doncellas ciñen el casco, vibran los aceros, y ven caer bajo sus manos bellas impávidas los muertos caballeros? Y ¿es verdad que irritando las querellas y las venganzas de los odios fieros, ostentan en su sien con vanagloria el fúnebre laurel de la victoria? Y ¿es verdad que en la plácida comarca do el glorioso Virgilio está durmiendo, se levantan un pueblo y un monarca a turbar su reposo con su estruendo? ¡Que del amante y casto y fiel Petrarca las sagradas cenizas removiendo, huellan sus palmas con los duros callos sobre su misma tumba los caballos! ¡Mas qué nuevo fragor!... El norte truena. ¡Triste Alemania, pueblos desgraciados!... Ya están los ojos de mirar cansados, ya no puedo, Señor, con tanta pena; yo me torno a la ermita, donde suena la campana, y que truenen los nublados; yo buscaré el reposo de mi alma: no quiero tempestad, quiero la calma. Yo, Señor, el cobarde pensamiento, al contemplar del mundo los horrores, en mi cabeza fatigada siento, y quiero refugiarme en mis amores; quiero en mi corazón buscar aliento, de la tormenta huyendo los furores... mas ¡ah Señor! ¡¡también ronca y violenta dentro del corazón hallo tormenta!! ¿Cómo olvidé, mirando por el monte las frentes de los árboles hundidas, que el nublado que envuelve mi horizonte hundió mis esperanzas más queridas? ¿Cómo dejo que el alma se remonte allá por las ciudades combatidas; si yo en mi corazón, fiero enemigo, tengo la tempestad, que va conmigo? ¿Llora el pastor su choza destrozada? ¿Gime el rey su palacio arrebatado? También mi corazón una morada tuvo, y la tempestad la ha derribado; también una mansión bella y dorada y el sañudo huracán se la ha llevado... Con él fueron mis chozas, mis ciudades: ¿quién me consuela a mí en mis tempestades? Señor, de mi tormenta oscura, ardiente, nadie ve el rayo ni percibe el trueno; pero mi oído rebramar la siente; pero la siente batallar mi seno; pero consume dolorosamente mi corazón, cuando a mis solas peno, ¿dónde la paz? si el cielo, si la tierra si el corazón la tempestad encierra. ¿Será en la luna que hacia el monte asoma entre la nube que al Oriente avanza? ¿Va a dar consuelo a la abrasada Roma, viene a dar a nosotros esperanza? ¿Es, Señor, de los cielos la paloma que en esta tempestad tu mano lanza, y vuela, entre las nubes fugitiva, con el ramo pacífico de oliva? Yo no quiero su luz, recuerdo amargo de mi perdido bien, su luz me ofende, y hace en la noche el padecer más largo cuando en vagos delirios me suspende, ¡Ay! que es cruel del alma en el letargo si una memoria hermosa nos sorprende;... no más luz que tu luz, Señor, deseo, ya a ti en la oscuridad siempre te veo. Pero que alumbre por el monte oscuro para mostrar la senda a los pastores: que a merced de la luna alcen seguro resguardo los campestres moradores; que desparezcan, a su rayo puro, las sombras, la tristeza, los temores, y que, otra vez, los campos sosegados brillen por su fulgor iluminados. Pero que extienda sus celestes alas sobre el pueblo que gime moribundo; que esparza el resplandor que le regalas aplacando la cólera del mundo; sobre el estrago horrible de las balas, que hace de Europa el genio furibundo, ¡que ilumine, Señor, y que ella sea paz en los odios, tregua en la pelea!