Versos Spanish Carolina Coronado Sólo En El Pobre Altar Del Pueblo Mío

Spanish poem

Sólo En El Pobre Altar Del Pueblo Mío

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Sólo en el pobre altar del pueblo mío adoré yo al Señor —una mañana: un templo veo junto a hermoso río que embelesada miro... no es Guadiana... De árboles tiene pabellón sombrío, y por su orilla vi, con gente humana, venir rugiendo un monstruo devorante que se tragaba al río palpitante. ¿Habita en esa torre ese viviente que con tan brava furia desbocado, rompiendo impetuoso la corriente se postra al pie del muro fatigado? ¿Es morada del monstruo omnipotente que he visto por el agua arrebatado esa gran torre, que arrancando el vuelo se pierde como el águila en el cielo? ¡La torre... el templo... Ah! Yo que en la vida un templo hermoso vi, tanta grandeza de repente al mirar, sobrecogida bajé sobre los hombros mi cabeza cual si se fuera a hundir; yo enternecida a tan solemne y mágica belleza lloré admirada, sin rubor lo canto, de tierna sensación gota de llanto. Retumbaban los órganos sonoros cuando tímida cruzo las sombrías bóvedas, y a la par los santos coros llenaban las eternas galerías; por mil brillantes cristalinos poros iba al aire un torrente de armonías tristes, como si fuera el moribundo ¡ay! que la religión lanzase al mundo. Los que el embate sufren de la suerte, los que el furor de la ambición agita, los que cercana sienten a la muerte una existencia en vicios ya marchita; el dócil, el soberbio, el flaco, el fuerte, el rico, el pobre, el ateo, el jesuita..., ¡cuantos a su infortunio habrán hallado alivio en aquel templo sosegado! ¡Cuánta oración allí; cuántos vivientes de aquel recinto en los profundos huecos habrán llevado mustios y dolientes de sus miserias hasta allí los ecos! ¡Cuántas extrañas, peregrinas gentes, almas rendidas, corazones secos, habrán en la oración allí saciado la sed de su camino fatigado! ¡Sí! los que al aire libre son blasfemos, bajo la enorme piedra se estremecen, y con devotos místicos extremos su incrédula existencia a Dios ofrecen; así al crujir de los pesados remos y las olas al ver que se embravecen, en medio de la mar tiembla y se aterra el que los mares desdeñaba en tierra. Allí bajando los audaces ojos el señor del alcázar opulento, Pedro el Fiero, el Cruel, también de hinojos se humillaba ante el rey del firmamento: como el león cargado de despojos lleva a la selva su botín sangriento él sus remordimientos ¡ay! llevaba, y allí en la soledad los devoraba. Pero en aquel altar el sabio Herrera bebió la copa del sagrado vino, y allí Rioja por la vez primera cantó al Señor con su cantar divino: allí de Zurbarán la sombra austera aún vaga, y de Murillo el peregrino espíritu recibe en los altares con su santo el incienso y los cantares. Cuando incliné mi frente, y las rodillas doblé sobre el luciente pavimento, morada de tantas maravillas, un sabio era también, con paso lento el que llega al altar; ya en sus mejillas no hay color ni en sus ojos ardimiento, pero más que la edad la ciencia abruma su cabeza más alba que la espuma. Heme allí solitaria, humilde, inquieta, yertas mis manos, mi cabeza ardiente, la bendición del sabio y del poeta sacerdote aguardando reverente; nunca a la voz tonante del profeta la religiosa tribu del Oriente sintió la viva fe del alma mía cuando el sabio mi frente bendecía. ¡Oh, tú que buscas la perdida estrella vago marino en los hirvientes mares! yo he rezado por ti. —La tierra bella donde viste la luz, de tus azares el término será; si la doncella, inocente ocasión de tus pesares, con su plegaria que a la Virgen sube logra en el cielo disipar tu nube. Yo tengo un templo, un Dios que me consuela depositando en él mis oraciones: tú, deshecho el bajel, rota la vela no tienes en tu mar sino... pasiones; venga la tempestad que te desvela a mi cielo sus negros nubarrones que tengo fe, y en mi paciente alma para toda borrasca hay siempre calma. Y si me rindo al fin, y Andalucía quiere guardar entre sus blandas flores mi dolorida frente, no aquel día, hijo de España, mi letargo llores; pálido el astro ¡ay!, de mi poesía, oscuro el de mis célicos amores, mejor descansaré muda y dormida que amorosa cantando en esta vida. Tal vez la vista del grandioso templo mi pequeñez más clara me presenta, y en el de Dios la majestad contemplo más adorable y mi esperanza alienta; de árabes y cristianos doble ejemplo es el gigante que los siglos cuenta sobre las nubes, cuando ya ha barrido el aire, el polvo del que lo ha subido. ¿Qué será más que un átomo en el viento el de mi leve tronco si fenece a los pies del glorioso monumento? Una generación desaparece, ¡y es nada para él!... ¡y otras y ciento nada serán tampoco!...¡Él aparece como un genio que aguarda en las alturas ver el fin de las últimas criaturas!