Versos Spanish Charles Perrault Los deseos ridículos

Spanish poem

Los deseos ridículos

by (1628–1703)

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La materia es algo rara, Porque trata en conclusion El cuento, de un salchichon, Y de un salchichon de á vara,

«¿Salchichon? ¡Jesus, qué horror!» Diria una remilgada

De esas para quien no hay nada Como los cuentos de amor.

Pero tú, que con tal gracia Decir sabes lo que cuentas Y á la vista lo presentas Con singular eficacia,

Tú, que sabes que del modo De contar, más que del tema, La belleza de un poema Depende, y el arte todo,

Has de oir con tu sonrisa Y tu bondad natural Un cuento, en que la moral Anda en cuerpo de camisa.

Andando en este mal juego Un dia en el bosque el tonto, Salió Júpiter de pronto Con su látigo de fuego.

Al verle, dió el hombre un brinco, Y con el pelo erizado, De rodillas prosternado, Clamaba con grande ahinco:

—¡Señor, gran Señor, perdon! Aparta el rayo temido..... Nada quiero, nada pido..... Soy un zopenco, un bribon.

—Reponte, exclamó el Tonante: No quiero, nó, que de injusto Puedas tacharme: tu gusto Verás cumplido al instante.

Desea, y los tres primeros Deseos que más le plazcan, No bien de tus labios nazcan, Quiero hacerte valederos.

Mira que segun escojas Tu suerte vas á labrar..... ¡Cuidado pues con tomar El rábano por las hojas!

¡Agur!»Y sin decir más, Al Olimpo en una nube Se fué el Dios, sube que sube, Con majestuoso compás.

El patan con alegría La leña al hombro cargaba, Y el haz que tanto pesaba De pluma le parecia.

Y pensaba caminando: «¡Eh! vamos con tiento, Blas. ¡Prudencia! Se lo dirás A tu mujer en llegando.»

En casa gran batahola Mueve ya, gritando: —¡Chica! ¡Manolica! ¡Manolica! Ya semos ricos, Manola.

Pide, pide. De esta hecha..... Pide cuanto se te alcance.» Y á su mujer contó el lance Desde la cruz á la fecha.

—¡Alto, Blas! seamos cuerdos, No hagamos un mal fregado, No digan que se han echado Margaritas á los cerdos.

Calla, que en boca cerrada No entran moscas. Esperemos; Deja que lo consultemos Primero con la almohada.»

Blas con su mujer convino, Que habló como un Salomon, Y en señal de aprobacion Le dijo:—Tráeme víno.»

Al dulce amor de la lumbre, El cuerpo al descanso dando, Cavilando, cavilando, Se echó al coleto una azumbre.

Y en el vaso el ojo fijo, Y en el respaldo ambos codos Apoyando, así con todos Sus cinco sentidos dijo:

—En tan solemne ocasion, Manola, bien me petara Como cosa de una vara De picante salchichon.»

Tal dijiste: de repente La mujer, un grito dando, Ve acercarse serpenteando Un salchichon reverente.

Y conociendo aterrada Que la vision era efeto De aquel deseo indiscreto, Dándose al diablo, irritada,

Con vocablos nada cultos Y ademan descomedido, Descargó contra el marido Una andanada de insultos.

—¡So cuadrúpedo! decia: Pudiendo tener collares De perlas á centenares, Plata, y oro, y pedrería,

Palacios, coches y trenes, Y esa fealdad quitarte, O emperador coronarte, ¿Con salchichones te vienes?

—¡Calla, mujer! fué locura, Rebuzné como un rocin.... ¡Calma! No es tan grave al fin Mal que con hablar se cura.

—¡Misté qué linda embajada! ¡Salchichon! ¿eh? ¡Vaya un chiste! Lo que tú pedir debiste Es un costal de cebada.»

Nuestro hombre, ya furibundo, Sintió en su magin bailar El proyecto de enviar Su mujer al otro mundo.

Y, acá inter nos, yo no sé Si el proyecto vergonzante Fué una idea extravagante, O un gran pensamiento fué.

—¡Basta, basta de sermon! Dijo al fin: tanta parola Me revienta.... ¡Dále bola! ¡Qué posma de salchichon!

Ojalá Dios ¡mal pecado! Para que así no molieras Que ya el salchichon tuvieras De las narices colgado.»

No tuvo á fe que instar mucho: No bien el pico cerró, Pegado en la nariz vió El salchichon larguirucho.

Pesada encontró la broma; Porque al fin marido era De una mujer hechicera, Ni nariguda ni roma.

Mas templó su descontento El ver que la nasal cola En la lengua de Manola Ponia entorpecimiento.

Que al fin y al cabo, no poca Ventaja encontraba, en ser Marido de una mujer Con un candado en la boca.

Luego para sí decia: «De un deseo dueño quedo. ¡Ánimo! de un golpe puedo Hacerme rey todavía.

Mas, Blas, ¿por comer perdices Y á troche moche mandar A Manola has de dejar Con su vara de narices?

¡Pobre Manola! mi trono Potro fuera para tí..... Nó, no se dirá de mí Que pudo tanto el encono.

Más que me pese ¡pardiez! Verme ya descoronado, En caso tan apurado Tú misma sé parte y juez.

Implora de Dios la ayuda, Y ve lo que más te peta Entre leñadora neta O princesa nariguda.»

Manola, aunque bien sabía Que en el mundo engañador De una diadema al fulgor Parece hermosa una arpía,

Preciada de su palmito, Hizo renuncia formal De su tálamo real Y del nasal sambenito,

Prefiriendo en conclusion Quedarse (y su gusto abono), Sin salchichon y sin trono, Que con trono y salchichon.

Y el leñador precisado A hacer tan mezquino empleo De su último deseo, Dió al traste con el reinado.

Ni llenar pudo al redaño, Ni á ser rey jamás llegó, Ni marqués, y se quedó Tan leñador como antaño.

No debe el hombre en el suelo Necios deseos formar..... ¡Cuán pocos saben usar De los favores del cielo!