Spanish poem
Frondas lugareñas
by Lisímaco Chavarría (1873–1913)
Sobre las lomas del campo el alba arroja sus gemas y en las aristas del monte hay un tinte de violeta. Ensayan suspiros dulces las tórtolas mañaneras y el mozotillo detalla sus complicadas cadencias desde la copa del árbol o desde la alta palmera... El manantial fugitivo ondula como culebra de baccarat reluciente y baja y surca la cuesta, brinca, retoza, se pierde como un alma de las peñas; ora finge carcajadas, ora sus risas destrenza,
o bien simula una lira que va rimando querellas en la penumbra del soto o en el frescor de la huerta.
Sendero de la montaña, con el alma placentera, caminan dos montañeses al campo de sus faenas, allá donde los maizales penachos rubios ostentan, en donde engarzan las lluvias finos collares de perlas y los pinceles del alba radiosos nácares dejan; pasan festivos, cantando una canción de la aldea; en el semblante, alegría, en el hombro, la herramienta... La blanca ermita del barrio, —interrogación eterna a la mudez de los cielos, esfinge que no contesta!—
esmalta con los celajes su campanario de piedra; y el humo de las cabañas circula, asciende, penetra en el azul donde brillan del Sol las ígneas saetas que descienden hechas lluvia, de topacios y de perlas, hasta el penacho del monte y a la silvestre azucena.
Una moza campesina gallarda, graciosa, esbelta, en la boca la sonrisa que regocijos revela, va portando una tinaja en la robusta cadera, por la ruta florecida de salvias y de verbenas, que conduce hasta la fuente que brinda el agua a la aldea; y así discurren las horas de la mañana montesa,
alegrada por los quioros y las aves tempraneras y la canción de los vientos que van vibrando en las selvas como alegre cabalgata anunciada por trompetas a los confines del valle, y a las lejanas praderas, y a las montañas azules en donde el Sol se doblega cuando la noche desciende con su cortejo de estrellas.