Spanish poem
Cuitada Navecilla
by Francisco de Figueroa (1530–1588)
Cuitada navecilla Por mil partes hendida, Y por otras dos mil rota y cascada. Tirada ya a la orilla Como cosa perdida, Y aun de tus mismos dueños olvidada: Por inútil dejada En la seca ribera Fuera del agua, y de las olas fuera. ¿Has de volver ahora Desamparada y sola A recibir del mar de nuevo afrenta, Y aguardar cada hora Tras una y otra ola, Una y otra cruel fiera tormenta? ¿Tendrás de nuevo cuenta, Si se enmaraña el cielo, Si nace o muere el sol claro o con velo? ¿Y si su faz serena Muestra la inestable luna? ¿O si cubierta va de manto escuro? ¿Si va menguada o llena? ¿Si amenaza fortuna, O promete bonanza el aire puro? ¿Si habrá puerto seguro? ¿Si tus enfermos lados Viniesen a herir vientos airados? No, no, tente a la tierra; O ya si al agua has vuelto, Mira no salgas de seguro abrigo. ¿No ves rota la guerra? ¿No ves a Boreas suelto? ¿Y que Orión armado, tu enemigo, Vendrá a envestir contigo? Y estarás tú muy buena, Desclavado el timón, rota la entena. Si por dicha te atreves A tener confianza En el favor incierto de Neptuno, Porque viajes breves Hiciste con bonanza, Y, aunque sin fruto, con honor alguno; Ya no es tiempo oportuno De en fiucia de pasadas Venturas, emprender nuevas jornadas. El sabio marinero Al menester no fía En la pintada popa del navío, Ni en si ganó primero Por dichosa osadía De las aguas del mar el señorío; Ni en la pujanza y brío De su pasada gente, Si ve flaca y cansada la presente. ¿No ves que aunque corrieses El mar de parte a parte, Dando la caza a flotas enemigas, Y las unas rompieses Por fuerza, otras con arte Hicieses declarar por tus amigas; De tan graves fatigas El galardón más cierta Será encallar al embocar del puerto? Deja, deja naveguen Las poderosas naves Con las velas hinchadas y tendidas, Del Tajo al Ganges lleguen Con viento y mar suaves. Y de joyas ganadas, y ofrecidas Vuelvan enriquecidas Sin envidia, que temo Que está la tempestad en el extremo. La nave más famosa, La mayor que fue vista, La primera que abrió en el mar camino, Por quien gente gloriosa La célebre conquista Acabó del dorado Vellocino; Tras sus triunfos vino Con fortuna a perderse, Por no saber a tiempo recogerse. Esto te baste solo: Huye la furia insana De los hijos de Eolo; Y con tan claro ejemplo Cuelga tus velas y tu jarcia al Templo.