Spanish poem
Cuando Al Imperio De Su Voz Rugiente
by Gertrudis Gómez de Avellaneda
Cuando al imperio de su voz rugiente La discordia feral brota facciones, Y al rápido torrente De infandas ambiciones, Son diques importunos Derecho justo y potestad sagrada, Alzar se ven guerreros y tribunos Envueltos en el polvo del combate De intereses contrarios que reluchan; Mas no entonces se escuchan Los acentos del vate, Pues la inspirada cítara enmudece Allí do el lauro con el llanto crece. ¿Y a qué halagar el aura fugitiva, En amoroso y lánguido desmayo, La encina ya desnuda Que en tierra postra su cerviz altiva, Despojo vil del devorante rayo? ¿A qué, bramando la tormenta ruda, De la náufraga nave Al mástil destrozado Irá a posarse el ave, Entre hirvientes espumas Dejando acaso sus pintadas plumas? Un tiempo fue que en turbulencias varias. Con entusiasmo noble Bebió la inspiración el genio fuerte, Y a las aras corriendo solitarias De un numen perseguido, De las heladas manos de la muerte Arrancar supo el lauro de la gloria, Legando al orbe en su postrer gemido Un himno de victoria. ¡Hechos sublimes, pálidos recuerdos Hoy, de edades remotas, No comprendidos ya! La poesía No oyera entonces con inercia fría Los elocuentes ecos de Eurotas, Que el nombre de Leónidas preclaro A par de libertad daban al viento; Ni ensordecer pudiera Al murmullo del Tíber opulento, Que en sus ondas llevaba por insignia La inmaculada sangre de Virginia. Perseguida y errante La santa libertad, entonces tuvo En cada corazón templo secreto, Y su rastro divino Brilló sobre las crestas del Himeto, Radió del Quirinal en la alta cima, Y se ostentó con fulgurante lumbre Del Alpe agreste en la nevada cumbre. Mas hoy, si suena el profanado nombre Pasado numen de grandiosos hechos, Por más que al vulgo asombre Ecos no encuentra en generosos pechos, Ni al noble vate inspiración envía; Que el voraz tiempo en su carrera impía Ni los antiguos númenes perdona. Así desciñe de su frente augusta La libertad su espléndida corona; Se tiñe en sangre, y con la faz adusta Al genio más que a la opresión espanta; Mientras por culto adúltero, levanta El delirio cruento Ara torpe y funesta A tan vil simulacro, Y la licencia con audaz acento Su nombre excelso a profanar se apresta. ¡Ved! de aquel nombre sacro El abuso fatal escucha el numen: Tiembla, se indigna, siente Su vergüenza cruel y su abandono, Y a ocultar va la mancillada frente Bajo la augusta majestad del trono! ¡Unión dichosa, próspera alianza, Digna aureola del poder supremo, Que porvenir magnífico afianza!... Enmudece el blasfemo Acento, que con nombres venerandos Anárquicos furores difundía; Y el consorcio divino Que a la Europa feliz dicta el destino, Y que a una voz la humanidad pedía, No engendrará ni Césares ni Brutos; Que el árbol santo de la paz, sus frutos Hará brotar en religiosas leyes, Por las libres naciones cultivado, Bajo el dosel de sus amados Reyes. Entre ellas tú levantarás la frente, ¡Noble madre del Cid, fecunda en gloria! Tú que al carro feral de la anarquía Uncir jamas quisiste tus leones: Tú, cuya egregia historia, Asombro de la rica fantasía, Enlaza con los áureos eslabones De tu cadena de monarcas grandes, Tántos héroes ilustres, que sintiendo Para aquella tu gloria armipotente, De todo un mundo la extensión pequeña, Del mar rompieron tus veleras naos El valladar profundo, Y cual de nuevo caos, Para acatar tu vencedora enseña, Evocado por ti se alzó otro mundo. No la menos dichosa Ser debes tú, que con tan noble brío Las águilas del Corso quebrantando, De sus tenaces garras Tu cetro antiguo rescatar supiste; Cetro que, libre del baldón infando, Con nueva pompa y resplandores brilla, Cuando en la nieta del tercer Fernando Su Segunda Isabel mira Castilla. ¡Salud, virgen real! tu nombre caro, Símbolo de virtud, cifra de gloria, A par que alienta próspera esperanza De apacible bonanza, Despierta en la memoria Timbres y hazañas mil. Cual hora subes Astro de paz al horizonte Ibero, Con tu fulgor primero Rasgando negras, tormentosas nubes; Así tras luengos días De un siglo de penar, brilló la pura Aurora de ventura, Con que del pueblo hispano Premiar al cielo las virtudes plugo, Y su cetro cobró la blanca mano Que fuerte con la cruz y con la espada, Quebrantar supo el ominoso yugo Que abatió el cuello a la oriental Granada. A ti, heredera de su nombre augusto Y de su cetro fuerte, A ti guarda también el cielo justo La venturosa suerte De reparar nuestros prolijos males, Borrando las señales De tantos años de dolor. —Los pueblos Beneficios tal vez cobran un día De sus delirios y desastres. Brama Así el volcán ignívomo; su cráter La destrucción derrama Entre hirviente ceniza Que valles, montes, páramos inunda.... Mas su lava fecunda La tierra que devasta fertiliza. ¡Salud, virgen real! mi voz humilde, Que embargada de júbilo te aclama, Es débil eco del acento fausto Que del congreso ibero Resonó en los dorados artesones, Y el ámbito cruzó de cien regiones Gozo vertiendo, penas disipando, Oyendo aplausos, terminando lloros, En cada labio bendición hallando Y en cada corazón ecos sonoros. Concordia, paz, prosperidad, ventura, Cercarán ¡Reina! tu suprema silla; Porque en tu frente la inocencia brilla Y su santa aureola por adorno Le dio la desventura... ¡Porque eres bella e ISABEL te nombras, Y a inspirarte virtud se alzan en torno De cien monarcas las augustas sombras! ¡Salud, regia beldad, virgen divina! Su magnánima frente A tu planta inocente La nación fiera de Pelayo inclina: Y allá en el Occidente La perla de los mares mejicanos, Al escuchar de nuestro aplauso el grito Entre el hervor de sus inquietas olas, En las alas del viento Con eco fiel devolverá el acento Que atruen a ya las playas españolas!
libertad