Spanish poem
La clemencia
by Gertrudis Gómez de Avellaneda
Iba tendiendo su luctuoso manto La noche oscura y fría, Sin que templase un tanto La opacidad de la región vacía, El rayo de la luna macilento Ni el trémulo fulgor de las estrellas; Pues, cual rastro sangriento, De un sol de invierno las rojizas huellas Surcaban sólo el negro firmamento.
Tristes también las calles parecían De la opulenta villa coronada, Do circulando multitud callada, Sólo semblantes serios se veían, Que presentir hacían Algún grave suceso, Pronto explicado por las roncas voces Que esparcieron veloces Por el gentío espeso Los vendedores de volantes hojas, Gritando por doquier: «Causa y sentencia »Del coronel Rengifo y compañeros, »Que a los rayos primeros »Del nuevo sol terminan su existencia.»
Pasan de mano en mano Los públicos papeles, Y -aunque no haya quizá pechos crueles Que al contemplar destino tan tirano Puedan negar a los dolientes reos, Víctimas de políticos errores, Un suspiro, una lágrima piadosa- Siguen los transeúntes sus paseos, Su fúnebre pregón los vendedores, Y la noche su marcha silenciosa.
Las horas vuelan entre tanto; cesa La agitación del mundo, Y entre la sombra espesa Do el silencio por fin reina profundo, Derramando narcótico beleño -Que a descansar convida De los rudos afanes de la vida- Desciende en alas de la noche el sueño. Mas, ¡ah!, tan honda calma No aduerme, no, pesares sin consuelo -Que apenas puede resistir el alma, Y en su prisión austera Gimen los tristes que el postrer desvelo Sufriendo están en el infausto suelo Donde el sepulcro abierto les espera.
Vida y vigor devolverá a natura La claridad febea, Y ellos en la luz pura Sólo verán su funeraria tea ¡Oh! ¿Qué pincel tan fúnebres colores Puede tener, que alcance A bosquejar siquiera los dolores Que así cercanos al tremendo trance De cada cual el corazón devora? No sólo ve la muerte, la vigilia -De espectros crëadora- Presenta allí la mísera familia... La esposa, el padre, el hijo a quien adora!
¡Oh, pobre infante, cuya blanda cuna, De la esperanza nido, La pérfida fortuna -Que oyó propicia su primer vagido- Deja con luto de orfandad cubierta!... ¡Oh, pobre infante, que en el pecho tierno Verá la herida abierta, Que de su vida con brotar eterno La senda regará triste y desierta!...
Mas ¿qué puedes hacer, padre infelice? ¡Fuerza es morir!... Con pavorosos ecos Tu corazón lo dice... Y esa luz bella -que a tus ojos, secos Por insomnio crüel la aurora envía- Te lo dice también. Morir es fuerza; No esperes, no, que su guadaña tuerza, Piadosa a tu dolor, la parca impía.
Fuerza es dejar el hijo abandonado, La esposa desvalida, El padre desolado, ¡Ay! y a la madre tierna, encanecida Por años de virtud. -De esa existencia, Que ella ha cuidado con afán prolijo, Infatigable amor, santa paciencia, ¿Qué cuenta le darás, ¡funesto hijo!? ¿Qué cuenta le darás en tu conciencia?... ...................................
Repentino rumor se eleva y crece En la mansión sombría: Crujiendo se estremece La férrea puerta, que ostentar debía -Cual la del reino del eterno llanto Del rudo Dante la inscripción tremenda; Y trémulos -en tanto Que abre a sus pasos la temida senda- Los sentenciados, que entre mil dolores Por conservarse sin flaqueza luchan, Ya los redobles fúnebres escuchan Con que a morir los llaman los tambores. Llegó el instante, ¡oh Dios! -Pero ¿qué anuncia La voz que el nombre de Isabel pronuncia, Mientras cual bella aurora -Que las tristes tinieblas desvanece Y a los campos colora En la lóbrega estancia que ilumina, Tierna beldad de súbito aparece, Vertiendo luz de compasión divina, Que en sus azules ojos resplandece?...
¡Es ella! ¡Sí! ¡Miradla!... Pura y bella, De sus plantas reales Sienta la leve huella De la horrible capilla en los umbrales. El ángel santo de piedad la guía, La majestad del solio la acompaña, La siguen a porfía Las esperanzas y el amor de España, Y huye a su aspecto la discordia impía. ¡Llega, virgen real! Tu planta imprime En la mansión del duelo Ejerce la sublime Prerrogativa que te otorga el cielo Perdona como él, y que la historia De los monarcas, con tu ejemplo egregio, Legue a tus sucesores la memoria De que -al usar tan noble privilegio- La diestra augusta que perdón concede Recoge en cambio gloria, Que a otra ninguna compararse puede.
La tuya, ¡oh Isabel!, la tuya hermosa En esos rostros mira, Do tu mano piadosa Secó el llanto cruel: ella respira En esas vidas que arrancó a la tumba Tu corazón magnánimo; se extiende En ese que retumba,
Víctor inmenso, que el espacio hiende, Y aún brilla en el cadalso que derrumba.
La tuya el laurel santo No hace nacer con riego De hirviente sangre y congojoso llanto, Sino de amor al fecundante fuego; Y el que la ensalza, sublimado canto, No es el que ensayo con humilde tono De mi lira en los sones; Sino el que se alza en tiernas bendiciones Hasta tu excelso trono.
Feliz en él por dilatados días Goza, joven augusta, Las santas alegrías Del poder bienhechor. La frente adusta De la justicia tu piedad suavice; Que el rigor nunca la nefanda tea De la venganza atice; Y justa siempre y perdurable sea La voz universal que hoy te bendice.