Spanish poem
La Clemencia. Oda
by Gertrudis Gómez de Avellaneda
Sentí tu gloria y la canté al momento.
Al impulso del numen que me inspira Rebosar siento en la encendida mente, Cual férvido torrente, El estro abrasador. ¡Dadme la lira! ¡Dádmela, que no aspira Con mezquina ambición mi libre musa A enaltecer ilusa Las glorias de la guerra, Cuyas palmas rehúsa Teñida en sangre la asolada tierra! No templo al eco del clarín mi acento, Ni al compás triste entonaré mis cantos De gemidos y llantos Que riego son de su laurel sangriento. Yo doy al vago viento Voces más dignas del castalio coro: Yo canto en lira de oro La gloria más sublime, De disipar el lloro Y consolar la humanidad que gime. Canto, y al par de mis acentos se alza De todo un pueblo el jubiloso grito, Y oigo do quier bendito El fausto nombre que mi voz ensalza. ¿No miráis cuál realza Su antiguo resplandor el Solio hispano. Cuando del Carpetano Monte en los antros huecos, Hasta el confín lejano ¡Bendición a ISABEL! ¿claman los ecos? ¡Bendita, sí, la que en la excelsa cumbre De la grandeza y de la dicha humana, La mano soberana Tiende para aliviar la pesadumbre De tanta muchedumbre Que aflige a su nación, de acerbos males, Y a ilusos criminales Compasiva perdona, Dando con rasgos tales Nuevo y digno florón a su corona! No, no es dictar al universo leyes La esclarecida gloria de un monarca, Ni en cuanto el mar abarca Al yugo sujetar humildes greyes: La gloria de los Reyes Es dispensar de la justicia dones; Es llevar corazones Por regia comitiva; Es alzar bendiciones Donde su voz patíbulos derriba. Y esa tu gloria es, virgen augusta, Que reinas en el trono venerando Que del tercer Fernando Aún brilla con la fama excelsa y justa. Cuando con faz adusta La ley severa decretó suplicio, A los que al precipicio Llevara la desgracia, Por tu labio propicio Salvolos la piedad, diciendo ¡GRACIA! ¡GRACIA! y un pueblo respondió a tu acento: «¡Bendiciones a ti, beldad suprema! Tu fúlgida diadema Es a mi vista, en tiempo turbulento, Como en el firmamento En noche de pavor lucero claro: O cual propicio faro Que puerto amigo ofrece, Al que ya sin amparo Entre irritadas olas desfallece. »El cetro, de poder temible signo, En esa mano angélica y suave, Es la sagrada llave Que abre las puertas del perdón benigno. Si por tributo digno Llanto de amor y gratitud lo baña, No temas, que no empaña Su resplandor brillante, Y al suelo de tu España Es ese llanto riego fecundante». ¡Sí, noble suelo hispano, él te fecunde Y haga brotar tus lauros inmortales! De los labios reales Aquella voz, que por tus campos cunde, Es aura que difunde De la mas bella flor plácido aroma: Eco de otra paloma Que nueva oliva alcanza, Y te anuncia que asoma Por tu horizonte el iris de bonanza. Y tú ¡ISABEL! que escuchas sus loores, Grato tributo que a tus pies presenta, ¡Tú, su esperanza alienta! Que al soplo de tus labios bienhechores Se estingan los rencores; Las ambiciones al nacer se aterren: Que a los que insanos yerren Tus piedades confundan, Y en las tumbas que cierren Partidos y odios para siempre se hundan. Dichosa entonces la nación, que cuna Fue de Pelayos, Cides y Guzmanes, A más nobles afanes Consagrará su esfuerzo: hará se una A su antigua fortuna De sus desastres útil experiencia; Y grande por su ciencia Y grande por su gloria, La antigua preeminencia Recobrará que consignó en su historia. ¡Recobrarala, sí! Pues en ti admira De la magna ISABEL renuevo ilustre, Por su pasado lustre No en vano ya con ansiedad suspira. ¡Lo reclama, te mira, Y al porvenir se lanza sin recelo, Cual ave coronada Que remontando el vuelo La impávida mirada Fija en el sol y piérdese en el cielo!
¡Bendición a ISABEL!
suplicio,