Spanish poem
La Cruz
by Gertrudis Gómez de Avellaneda
¡Canto la Cruz! ¡que se despierte el mundo! ¡Pueblos y Reyes, escuchadme atentos! ¡Que calle el universo a mis acentos Con silencio profundo! ¡Y tú, supremo autor de la armonía, Que das sonido al mar, al viento, al ave, Presta viril vigor a la voz mía, Y en torrentes de austera poesía El poder de tu Cruz deja que alabe! ¡Tiembla la tierra, se conmueve el cielo De este nombre al lanzar eco infinito, Que aterroriza al inmortal precito En su mansión de duelo! ¡Canto la Cruz! el ángel de rodillas Postra a tal voz la inmaculada frente; Tú, excelso querubín, tu ciencia humillas, Y del amor las altas maravillas Absorto adora el serafín ardiente! ¡Alzad, alzad vuestro pendón de gloria, Oh de la fe sublimes campeones! ¡Alzadlo y a su sombra las naciones Cantarán su victoria! ¡Alzadlo, que el clamor no le amedrenta Que exhalen de impiedad negros vestiglos...! ¡Sangre de un Dios por púrpura presenta, Y por sagrado pedestal se asienta En la cerviz de diez y nueve siglos! ¡Alzadlo vencedor! esa es la enseña Ante la cual temblaron las montañas, La tumba abrió sus lóbregas entrañas, Se quebrantó la peña! Viéndola el sol, del Gólgota en la cumbre, Lecho de muerte al hijo del Eterno, Veló asombrado la radiante lumbre; Y al ver cesarla antigua servidumbre De la culpa de Adán, rugió el infierno. ¡Alzad, alzad vuestro estandarte regio, A cuyo aspecto hundiéronse al abismo Los dioses del antiguo paganismo, Desde su Olimpo egregio! ¡Alzadlo cual lo alzó resplandeciente, Como emblema de triunfo Constantino Sobre el cesáreo lauro de su frente, Las águilas de Roma armipotente Parias rindiendo al lábaro divino! ¡Alzadlo cual lo vio, firme, constante, Más fuerte que las haces de los Reyes, Entre escombros de pueblos y de leyes, El bárbaro triunfante! ¡Holló de sus bridones con las plantas El esplendor de Europa, envejecido Con tantas lides, con hazañas tantas...! ¡Mas de esa Cruz ante las aras santas El ruego al vencedor dictó el vencido! ¡Alzadlo cual se alzó, piadoso y bello, A ennoblecer bajo su blando yugo El que al destino descargar le plugo De América en el cuello. Dio un paso el tiempo, y a su influjo vario, Que tan pronto derroca como encumbra, No es ya de un mundo el otro tributario... Mas inmutable al signo del Calvario El sol del Inca y del Azteca alumbra! ¡Alzadlo, que su apoyo necesita La vacilante humanidad! ¿Do quiera No la veis, a la vez medrosa y fiera, Cuán incierta se agita? Su audaz anhelo a su flaqueza espanta, Y arrastrada por vértigo profundo, En convulsiones su vigor quebranta, Hoy derrocando lo que ayer levanta E inútilmente estremeciendo al mundo. ¡Alzad la Cruz, que el porvenir encierra De esa infinita multitud! ¡sus brazos, Que solo brindan fraternales lazos, Afirmarán la tierra! ¡Alzad la Cruz que de la especie humana Vincula los destinos en su nombre! ¡Alzad la Cruz de donde el bien emana, Y do se ostenta en acta soberana La verdadera libertad del hombre! Aunque entre sangre se presenta adusta, La paz sustenta y al amor anida; Instrumento de muerte engendra vida, Y es luz su sombra augusta. Dique opone al poder y lo afianza; El débil se hace fuerte de ella armado; Por ella sola la igualdad se alcanza, Que de sus brazos la eternal balanza Pesa a la par el cetro y el cayado. Allí también la soberana diestra Pesó el valor del mundo... ¡Oh maravilla Que si del hombre la razón humilla, Su dignidad demuestra! ¡Sí! pesó al mundo la eternal justicia; Pesolo por romper el que lo abate Yugo cruel, de la infernal malicia, Y en él tan grande amor cargó propicia Que una vida inmortal fue su rescate!
¡Por eso en los ásperos brazos Del leño sagrado se ostentan, Las manos que al orbe sustentan, Las manos que rigen al sol! ¡Por eso en gemidos se ahoga La voz que a la nada fecunda, Velada por sombra profunda La luz de la gloria de Dios! ¡Tú expiras, oh autor de la vida! La muerte contigo se ensaña... ¡Mas rota quedó la guadaña Al darte su golpe cruel! Subiendo a tu trono sangriento Su trono funesto derrumbas... ¡Los muertos, dejando sus tumbas, Recogen tu aliento postrer! El Rey de la tierrra probando Del fruto del árbol de ciencia, La muerte nos dio por herencia, Y esclavos nos hizo del mal. ¡El Rey de los cielos, cual fruto Del árbol de amor, nos convida: La patria nos vuelve y la vida, Por padre al Eterno nos da! ¡Florece, árbol santo, que el astro De eterna verdad te ilumina, Y el riego de gracia divina Fomenta tu inmensa raíz! ¡Florece, tus ramas extiende La estirpe de Adán fatigada Repose, a tu sombra sagrada, Del uno al opuesto confín! ¡Te acaten pasando los siglos, Y tu los presidas inmoble, Y toda rodilla se doble En faz de tu eterno vigor! El cielo, la tierra, el abismo, Se inclinen si suena tu nombre ¡Tú ostentas a Dios hecho hombre! ¡Tú elevas el hombre hasta Dios!