Spanish poem
¡Mirad Al Hombre! Del Tupido Velo
by Gertrudis Gómez de Avellaneda
¡Mirad al hombre! Del tupido velo Que a la naturaleza envuelve inmensa, Levanta apenas, con incierta mano, Un extremo no más, ya iluso piensa Que toda la amplitud de tierra y cielo Estrecha viene a su saber, y ufano Erige audaz a su razón mezquina Tribunal soberano, Citando ante él a la razón divina. —«¿Quién eres?»—Dice a Dios—«¿Cuál es tu esencia? ¿Por qué naturaleza no la explica? Sus leyes estudió mi inteligencia, Y en ellas nada de tu ser me indica La inefable sustancia, Ni de tu decantada providencia Los designios profundos. ¿La ignorancia Será quien deba tributarte culto, Y al genio siempre y a la ciencia oculto, Dejarás en problema Ante sus luces tu verdad suprema? »Origen te proclaman Del orden y del bien, y cuanto veo Es desorden y mal. Justo te llaman, Y me consume estéril el deseo De comprender de tu justicia oscura La marcha silenciosa. En balde por tu gloria te conjura Mi mente, codiciosa De la eterna verdad, que tus arcanos Le descubras sublimes: Sordo te encuentran mis clamores vanos, Y ni en las obras de tu diestra, mudas, El sello augusto de tu nombre imprimes; Cual si gozases en mirar las dudas Luchar del hombre en el inquieto seno, ¡Tú, que te llamas poderoso y bueno! »No más, no más en ignorancia ciega Adoraré rendido A un Dios desconocido, Que a concordar con mi razón se niega. Si no eres vano nombre Haz que yo sepa, sin tardar, quién eres; Pues nace altivo, inteligente el hombre, Y si su amor y su homenaje quieres Debes hacer que su razón lo mande, Al verte amable, al comprenderte grande».— Así al saber supremo Dicta leyes su hechura limitada, Y de bondad por inefable extremo, Para curarla de su orgullo infando, Asi confunde ál a razón osada, Allá en su propio seno resonando, Aquella voz que fecundó a la nada. —«Tú, que cuenta me pides De nns hondos designios; tú que dudas, Si a tu razón se esconde, De mi propia existencia; tú que mides Mi justicia eternal, y en mis dominios Juzgas del orden y del bien: ¡responde! Tus sabios, tus astrónomos profundos, ¿Podrán decir cómo hago inalterable La eterna ley, que de infinitos mundos Que corren el espacio inmensurable. El movimiento y curso determina, Sin que choquen jamás en rudo encuentro, Y por qué los fecunda e ilumina Encadenado un sol en cada centro?» ¡Loco mortal, a quien hinchado miro Del prestado poder que de mí tienes! ¿Puedes del Orión turbar el giro, O a las brillantes pléyadas detienes? ¿Puedes, siquiera, conocer la tierra Que desdeñoso huellas? ¿Quién su base Describirte sabrá? ¿Quién hay que tase Los tesoros que encierra?... Un imperio tras otro desparece, Y mil generaciones Pasan por ella y en su seno se hunden; Ella sola no cambia ni envejece, Y sus preciosos dones Con orden inmutable se difunden Por las varias regiones Que fertiliza el sol. Aquí presenta Prados herbosos, selvas primitivas; Allá el capricho de su fuerza ostenta En colinas altivas, Que decora con rasgos pintorescos; ¡Allá borda de valles las honduras; Mas acá ofrece los asilos frescos De grutas silenciosas; Ora se estiende en plácidas llanuras; Ora se ensancha en playas arenosas; Allí se muestra en sotos y florestas; Acá en bosques umbríos; Y allá, ostentando sus potentes bríos, Encumbra montes de nevadas crestas. ¿Qué paternal desvelo, Qué sabia providencia, Con tal magnificencia Dotó al grosero y despreciado suelo De ese globo que habitas? ¿Quién lo sembró de vírgenes metales? ¿Quién lo cubrió de especies infinitas, De útiles vegetales Apropiados a climas diferentes? ¡Mira mecer las palmas y las cañas Las brisas de los trópicos ardientes; Mientras en selvas y ásperas montañas, Resistiendo al tesón de vientos fieros. Negros abetos, pinos seculares, Se levantan austeros Bajo los crudos círculos polares! ¿Quién te dirá cómo del hondo seno Que mi espíritu henchía, Brotó con voz de trueno La mar amenazante, Y cómo Yo de nieblas la cubría Cual envuelve la madre al tierno infante? Alzó arrogante la espumosa frente Robando al sol fulgentes aureolas; ¿Mas quién se halló presente Cuando le dije: —«tu soberbia enfrena, Y a romper ve tus atronantes olas En aquel dique de movible arena? »¿Sabes por qué vapores incesantes, Que recoge la atmósfera encendida, De ese su seno líquido se exhalan, Y en las nubes flotantes La masa de las aguas suspendida, Solo desciende al suelo gota a gota En bienhechora lluvia convertida; Mientras de las altísimas montañas Se precipita en rápidos torrentes, Penetra de la tierra las entrañas, Y formando con linfas trasparentes Arroyos mil y ríos caudalosos, Recorre murmurando el campo verde, Con giros tortuosos, Hasta volver al mar en que se pierde? »¡Juez de mi providencia, que me intimas Su imperfección y que mi plan corriges! ¿Eres tú quien diriges Según conviene a los diversos climas, Los vientos voladores, Y a disipar mefíticos vapores Lanzas al rayo, que estallando dice, Con su hórrido estampido: — ¡Gloria, Señor, ya estás obedecido?— ¿Coronada de flores Sale a tu voz la primavera hermosa A preparar la tierra, que reposa, Del abrasado estío a los ardores? ¿O acata, acaso, tu poder visible El invierno aterido, Haciendo le preceda Con orden infalible El otoño de pámpanos ceñido? »¿A las linfas saladas Y a las ondas insípidas del río, Lanzaste las especies animadas Con variedad que pasma al pensamiento, Y a cada cual con diligente mano Preparaste sustento?... ¿Por ti de aceite saludable llena Se agita entre el herbor del oceano La colosal ballena? ¡Mira cual brota de sus ojos llamas Si la distancia de la presa mide! ¡Mira, si airada lienza las escamas, Montes alzar en el ecuóreo llano, Y si con lento paso lo divide Darle de la vejez el color cano! »Por las libres regiones Del aire que respiras, ¿Esparces con tu diestra creadora Las volubles legiones De tantas aves que indolente miras? ¿Les concediste tú la voz canora? ¿Te deben los instintos Porque se multiplican y alimentan, Y los colores vívidos que ostentan En matices distintos Sobre el esmalte de sus leves plumas; O es tu saber quien guía A las que al ver las invernales brumas Dejan del norte la región sombría, Y atraviesan el mar tras los ardores Del refulgente sol del mediodía? ¡Mira cómo desprecia los furores Del caprichoso viento El águila real, las soledades Surca del Éter, en sublime asiento Para el vuelo atrevido, Y entre nubes que envuelven tempestades Labra el robusto nido, De la desierta roca En las ásperas puntas suspendido; Mientras el avestruz, de pluma poca, Que nunca se alza a la región vacía, Por otro instinto poderoso y cierto, Su cara prole fía A la infecunda arena del desierto! »Un momento contempla De los brutos la inmensa muchedumbre En ninguno verás que falte o sobre Un miembro necesario. Estos de imponderable mansedumbre; Aquellos de carácter sanguinario; Tímidos unos, otros atrevidos, Pesados unos, otros diligentes, Todos están armados y vestidos Cual requieren sus usos diferentes, El destino especial que les señalo, Y el clima y el lugar do los instalo. No por tus artes enseñado ha sido El castor industrioso; Ni el corcel generoso, Que sufre lo domines, Te debe aquel valor con que al sonido De la trompa guerrera, Sacudiendo las crines, La nariz dilatando, Se lanza al campo en rápida carrera, De espuma y de sudor huellas dejando. »Cuanto tu vista admira Y cuanto puede concebir tu idea, Es átomo mezquino Del universo en el grandioso seno; Mas tú ¡mortal! que de mi ser divino Inquirir osas, de arrogancia lleno, Secretos inefables, confundida Verás por las partículas más leves Tu razón desvalida, Si a analizar ese átomo te atreves! De la naturaleza, que presumes Iluso conocer, al ser más pobre Comprender y explicar quieres en vano: Esa flor que te brinda sus perfumes, Ese mosquito que aplastó tu dedo, Ese que huellas, mísero gusano, ¡Misterios son en que abismarte puedo! ¿Y no eres un abismo, ¡Oh átomo pensador! para ti mismo? Naturaleza doble en ti se encierra; De un rayo de mi mente iluminado Eres rey de la tierra, Y de esa tierra mísera formado. »Materia deleznable Y espíritu soberbio, Grande y pequeño, fuerte y miserable, Suspenso entre la nada Estás y el infinito, Y en tu razón, tan pobre y limitada, Llevas augusto privilegio escrito. Trémulo ante tan grandes maravillas, Que entrever logra tu asombrada mente, Dobla ¡mortal! sumiso las rodillas Prosternando la frente, Y acatando rendido De mi sapiencia el insondable arcano: Mas no alces atrevido Hasta mi trono el pensamiento insano; Que aunque el astro de fuego Su luz te envía en rayos bienhechores, Si le osas contemplar quedarás ciego. Sombras no más hallando en sus fulgores. »En tu alma de mi ser grabé la idea, Y rindiendo a su autor digno homenaje, Naturaleza emplea Universal, magnífico lenguaje. De un polo al otro en sus miserias claman Los hombres a su Dios. La tierra, el cielo, Las noches y los días, Mi poder y bondad do quier proclaman, Y mi nombre preludian en el suelo Multitud de armonías, Que ofuscan, sí, de tu razón el brillo Y confunden tu ciencia; Mas para el corazon tienen sencillo Poderosa elocuencia. »Es mi nombre ¡El que Es! —Que confundido Ante el misterio de tan alto nombre, Entre esas obras de mi augusta diestra El humano saber calle y se asombre; Pues su ciencia mayor alcanza y muestra Al conocer su pequeñez el hombre!»
¡El que Es!