Versos Spanish Gertrudis Gómez de Avellaneda ¡Sobre Un Escollo Por El Mar Batido

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¡Sobre Un Escollo Por El Mar Batido

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¡Sobre un escollo por el mar batido El marinero desde lejos mira De una tumba brillar la blanca piedra, Y entre el verde tejido De la zarza y la yedra, Que unidas flotan en flexibles lazos, Sobre la humilde losa se descubre... Un cetro hecho pedazos! ¡Aquí yace...! ¡no hay nombre! al Universo Preguntarlo podéis: él os lo muestra De las playas del Don hasta las cumbres Del soberbio Cedar, con sangre escrito, Y en bronce y mármol, y en el fuerte pecho De sus guerreros bravos, Y aun en el corazón de los esclavos Que uncidos a su carro de victoria Despojos fueron de su excelsa gloria. Después de los dos nombres anunciados Por un siglo a otro siglo, nombre alguno Tan lejos no voló, ni planta humana Cuya ligera huella un soplo borra, Grabar lograra un sello tan profundo. tembló a su peso el mundo Que a su arrogancia estrecho parecía, Y hora aquí detenido Puede el espacio que en la tierra ocupa Con tres pasos de un niño ser medido. ¡Yace aquí!... ¡ni un murmullo Produce ya su sombra!... impunemente El pie de un enemigo con orgullo Hollar puede su tumba, y por su frente Sin recelo el moscón zumbando gira. ¡Yace aquí! y a su oído Do sonara del bronce el estallido Cual música halagüeña, Solo llega el monótono ruido de las olas del mar contra una peña. No temas sin embargo, inquieta sombra, Que con acento impío Llegue a turbar tu majestad callada: No, que no insulta con furor la lira La paz solemne del sepulcro frío, Y en él la gloria mira Su fiel asilo, su mansión sagrada. No vierte el odio su infernal veneno En ese asilo triste, y a su seno Nada penetra a perseguir al hombre... ¡Excepto la verdad! —Sobre la tumba Ella sola severa juzga y falla, Y a su voz, que en el féretro retumba, La Muerte tiembla, el Universo calla. Veló una nube oscura Tu cuna y tu sepulcro: apareciste Relámpago veloz entre vapores De horrible tempestad: desconocido Era tu nombre al mundo todavía, Y en desconcierto, confusión y horrores Tu fatal existencia presentía. Así antes que fecunden Los términos de Menfis, Del Nilo los anónimos raudales Mugen por los desiertos arenales. Sin Dios los templos, derrocado el trono, Te levantó en sus alas la victoria, Y sobre la cerviz de un pueblo libre Un solio y un dosel plantó tu gloria. El siglo desbocado Que reyes, aras. Dioses arrastrara En su rauda corriente, Un paso dio hacia atrás, y fascinado Besó tu mano y te dobló la frente. El error combatiste y atrevido Luchaste cual Jacob contra una sombra, Y a los pies de un mortal se vio caído El gran tantasma que a la tierra asombra. De nombres respetables Profanador sublime, fueron ellos De tu ambición juguetes miserables, Como los vasos del cristiano culto Ser suelen entre báquicas escenas Del sacrílego vil presa o insulto. Cuando un siglo caduco se alborota Con delirio altanero, No su cadena de opresión quebranta Al clamar libertad: no, que un guerrero Del polvo se levanta Con su cetro le toca, desvanece El frenético sueño, Y la verdad terrible resplandece. ¡Oh! si ese cetro a manos de su dueño Devuelto hubiese tu triunfante mano!... Si las ilustres víctimas tu escudo, Tu fuerte escudo protector cubriera, Y a la regia corona Hubieses vuelto el esplendor primero!... En tu augusta carrera Vengador de Ios Reyes, y más grande Que los más grandes Reyes, ¡qué perfume Tu fama ilustre conseguido hubiera!... ¡Cómo de gente en gente Con alta admiración y amor profundo Fuera acatado tu laurel fulgente Y qué homenaje te rindiera el mundo! Gloria, honor, libertad... los altos nombres Que veneran los hombres ¿Qué fueron para ti?... débil sonido Que a lo lejos repite un eco vano, Y solo pudo comprender tu oído El crujir del acero Y el son agudo del clarín guerrero. Soberbio, desdeñando Cuanto la tierra adora Nada tu orgullo inmenso le pedía Sino el imperio... y viendo En cada oposición un enemigo, Tu voluntad lanzabas cual saeta Del arco despedida, Que aun al través de un corazón amigo Para llegar al blanco senda se abre Por la certera mano dirigida. Jamás por disipar tu real tristeza Apuraste la copa en los festines. Ni homenaje rindiendo a la belleza Respiraste el placer en los jardines. Inmóvil, mudo cual estéril roca Te bailaba la hermosura; Ni la sonrisa de su lind¡ boca, Ni el llanto de sus ojos Consiguieron llegar a tu alma dura, Excitarte al placer ni darte enojos. Solo amabas tu espada y las alarmas Del combate feral: grato te fuera Ver la aurora brillar sobre las armas, Siendo tu mano a tu corcel ligera, Cuando flotantes las espesas crines Volaba como el viento, Cadáveres y aceros quebrantando, Y en el polvo sangriento Las herraduras fuertes señalando. Sin gozar te elevaste, y ni una queja Te arrancó tu caída: nada humano Palpitaba en tu pecho de diamante. Sin odio y sin amor, el pensamiento Era tu sola vida. Semejante Al águila soberbia que domina En solitario cielo, Con tu potente vuelo A una desierta cima te encumbraste Do solo conservaste Para medir la tierra una mirada, Y una garra de hierro Para poder asirla amedrentada. ¡De la victoria en el sangriento carro De un salto solo colocarse altivo!... De su nombre, su genio y su fortuna Tener el orbe lleno!... ¡A un tiempo hollar el solio y la tribuna!... Templar con odio y con amor un freno Por sus manos forjado, sujetando Con él un pueblo libre!... ¡Ser de un siglo La vida y pensamiento!... ¡Embotar el puñal anonadando El furor de la envidia!... ¡Al movimiento De la terrible diestra Un mundo entero estremecer, su suerte Al golpe incierto de un azar jugando Contra los mismos Dioses! Como dueño Sujetar a su carro la fortuna!... ¡Oh! ¡qué brillante sueño! ¡Qué delirio de gloria! ¡Y éste fue, Bonaparte, tu destino! ¡Empero ya caíste Por huracán horrísono lanzado De tan excelsa cumbre en esta roca! Tu regio manto viste Entre tus enemigos destrozado, Y la suerte, ese numen, Ese Dios que adoró tu audacia loca En la cima de gloria y de ventura, Por último favor te dio este espacio Entre el solio y la humilde sepultura. ¡Oh, quién dado me hubiera de tu mente Penetrar el secreto pensamiento, Cuando el recuerdo triste De tu pasada dicha te oprimía Cual un remordimiento! Cuando tu frente pálida y sombría, Sobre tu fuerte pecho se inclinaba, ¡Y cuál la sombra de profunda noche Una memoria en ella se pintaba! Bien como el pescador en la ribera Ve su sombra a lo lejos dilatarse En el inmenso mar, y la carrera Seguir flotando de las aguas frías; Tú recordando tus antiguos días En ellos te mirabas: Ante ti se elevaban, los veías Rápidos sucederse cual las olas: Su murmullo armonioso Halagaba tu oído, y cada oleada Cual encantado espejo De tu gloria arrastraba alguna imagen, Aclarando tu frente su reflejo, Y tu mirada ardiente perseguía La ola y la imagen que con ella huía. Ya sobre el frágil puente despreciando La tempestad y el rayo te contemplas, O ya el polvo sagrado del desierto Tus rápidos caballos levantando, Y del Jordán entre las ondas puras Tenderse ves sus polvorosas crines: Ora miras rendir ante tu planta Los altos montes su soberbia cima, Y un camino ofrecerte, donde imprima Tu carro de victoria Un sello de poder, de audacia y gloria. Ora contemplas tu invencible espada Convertida en un cetro... ¿qué memoria Repentina te asalta que así cubre De triste palidez tu frente osada? ¿Di, de dó viene ese temblor que agita Tus miembros vigorosos?... De tus pasados tiempos borrascosos Qué recuerdo importuno Puede así horrorizarte? —¿De la guerra Contemplarás los míseros estragos? ¿Acaso ves las ruinas humeantes De diez y diez ciudades, y hondos lagos De sangre humana llenos y espumantes? ¿Las cadenas te oprimen Que a los pueblos cargaste?... ¡mas la gloria Todo lo borra, todo!... excepto el crimen. ¡Ay, su dedo terrible me señala El cuerpo de una víctima...! ¡le veo! Es un joven, ¡un héroe! con su sangre La oleada que le arrastra torna roja, Y pasa, y pasa sin cesar... ¡oh cíelo! Y cada vez que pasa un nombre arroja... ¡El nombre de Conde!... ¿Tu helada mano Por qué, Napoleón, tu frente estrega Con solícito afán? ¿qué mancha impura Quieres borrar ansioso? —¡Empeño vano! Mas viva luce la caliente sangre Cuando borrarla trémulo procura, Y la mancha indeleble Allí grabada está, cual hondo sello De una mano suprema Que le ciñe del crimen la diadema. Así ¡tirado! se empañó tu gloria, Tu genio colosal queda en problema; Tu nombre, vacilante En la humana opinión, como juguete Que arrolla el cierzo en remolino vario, Mísero efecto de tu atroz delito, Una edad y otra edad veranle escrito Entre el nombre de César y el de Mario. ¡Y sin embargo has muerto De la muerte del vulgo!... Igual al labrador que de la era Cansado vuelve, y en tranquilo sueño Sobre su bieldo, su jornal espera, Tu espada tomas, y en silencio mudo ¿Te ve a su umbral la eternidad inmensa De miedo exento y de dolor desnudo Pedir a Dios justicia o recompensa?... ¡Es fama que en el trance postrimero De su larga agonía, Sola allí con su genio, ante la oscura Terrible eternidad, se le veía Una mirada levantar al cielo, Y aplicar a su frente la inefable Redentora señal, mientras se oía En sus labios vagar un santo nombre Que articular no osaba! ¡Pronúncialo sin miedo! no te asombre Su augusta majestad; acaba, acaba... Ese es el Dios que reina y que corona, Ese el Dios que castiga y que perdona. Un peso diferente Para los héroes tiene: ¿qué te espanta? Háblale sin temor, él solamente Te puede comprender. Ante su planta Deben rendir el siervo y el tirano Cuenta de su cadena y de su cetro: Su omnipotente mano Pesando los destinos De todos los mortales Firma solo sentencias eternales. ¡Silencio! ¡su sepulcro está cerrado! Sus hazañas y crímenes oscilan En la eterna balanza. ¿Cuál osado Mortal se arroja a decidir, midiendo Del señor la piedad, suma, insondable? ¿Y quién afirmar puede que en vosotros, Ministros de su cólera, no sea El genio una virtud ?... Su inescrutable Justicia reverencio: ¡Ya el falló se dictó!... ¡Basta! ¡Silencio!