Spanish poem
¿Y Nos Dejas, Cruel? ¿Y Nada Alcanza
by Gertrudis Gómez de Avellaneda
¿Y nos dejas, cruel? ¿y nada alcanza El tierno llanto, el suplicar ferviente? ¿Senda hallarás de fácil bienandanza Dejando atrás a la amistad doliente? ¿Qué engañosa esperanza, Presto tal vez deshecha, Hoy seduce tu pecho, que resiste A la voz del amor, y el adiós triste Dicta a tu labio, que mi labio estrecha? ¿Qué buscas al partir? ¿cuál es tu anhelo? Si en tu nativo suelo Un sol más puro y esplendente brilla; Si el Guadalhorce en su risueña orilla Riega pintadas flores, Que emblemas breves de ventura frágil Mueren al esparcir gratos olores; No tan estéril, no, se alza en Castilla La carpetana sierra, Que rehúse a tu sien digna guirnalda; Pues si tantos no brotan en su falda Deleitosos vergeles, Escasa no es en producir laureles. ¡Oh tú, que el fuego sacro Sientes hervir del genio! ¡Tú que alientas De elevada ambición el noble brío! ¿Cómo es, cómo es que intentas Hoy destrozar el ara, Do el alto numen a tus votos pío Inmarcesible lauro te prepara? Te llama aquí el destino: aquí la gloria Con halagüeña faz las puertas te abre De su sublime templo, Y el bello afán que tu ventura labre Será a tu sexo admiración y ejemplo. ¡Sí! ¡tente! ¡mira! ¡toma! ¡y en tu mano Torne a vibrar la lira De la de Lesbos malograda musa...! ¿Mas qué pavor insano Este recuerdo súbito me inspira, Que el conturbado corazón rehúsa La voz a mi garganta?... ¿Por qué cunde Por mis venas un hielo que sofoca El entusiasmo que en el pecho infunde La augusta sombra que mi labio evoca?... ¡Oh Safo! ¡Oh Safo! hermosa defendía Con sus fulgores tu inspirada frente La corona de excelsa poesía, ¡Y la fama llevó de gente en gente De tus dulces gemidos la armonía! ¿Pero por qué gemir? ¿Pudo el destino Ensañarse contigo, hija del cielo? ¿No fue de rosas para ti el camino Cuando pasaste abrillantando el suelo? ¿Pudiste hallar abrojos en la vida? ¿Pudo vil cieno salpicar tus galas, Y el tirano dolor causarte herida, Cuando la gloria te prestaba asilo Y te dio el genio sus brillantes alas?... ¡Ay. no respondas tú!... ¡Léucades, dilo!
adiós
¡Mas no a ti sola condenó la suerte A regar con tu lloro El sagrado laurel y el plectro de oro, Ni a ti tan solo a desastrosa muerte! No el de Jerusalén cantor divino, Noble y hermoso y tierno, Que cual el Tracio músico pudiera Conmover con su voz al hondo averno, Logró vencer la saña del destino. Los resortes del alma quebrantados Al peso de su genio y desventura, Vagar le veo en tétrica locura, Los ojos secos, de llorar cansados. Opreso el noble corazón de miedo, Trémulo el cuerpo, la color perdida, Llama a Reinaldo, implora a Godofredo, Tal vez conjura a la falaz Armida. ¡Así invoca su gloria El genio a quien oprimen, Y de ella se circunda, y la victoria Le pide, sin mirar que ella es su crimen! ¡Tú también, tú también. Camões heroico! En vano al resonar tu épica trompa, Del uno al otro polo Hizo volar la fama lusitana, Y ciñeron tu frente soberana Los laureles de Marte y los de Apolo; Pues así ornada de corona doble Ni un humilde vellón tuviste solo Do reclinar al fin frente tan noble! No te quejes empero; te acompaña Con gloria igual, y con igual fortuna, El gran Cervantes, luminar de España, Pobre al morir, como lo fue en la cuna. Ni en tiempo más remoto Al genio fuera el infortunio ignoto, Que al través de los siglos, Gigante alumno de las musas miro De Jonia ingrata el venerable ciego; Dale la suerte en su voluble giro La admiración del orbe por despojos, Y al mendigado pan ablanda el riego Que brotan sin cesar sus turbios ojos. Tal pienso ver a Ovidio, Rota la lira y olvidado el canto, Ceñido de laurel, comprar con llanto, Que a sus insomnes párpados asoma, La amarga compasión del extranjero; Y mientras se orna con su gloria Roma Abrir su tumba el sármata grosero. ¿Qué a las almas vulgares Esa palabra de metal, destino? ¡De ese numen infausto a los altares Solo el genio inmortal sabe el camino! A ellos la gloria deslumhrando guía, Y tanto más propicio Es el numen cruel al sacrificio Que ella le ofrece impía, Cuanto con más laureles La predilecta víctima corona. Así el rayo perdona La frágil choza y el humilde arbusto, Y rápido surcando el ancho espacio, Cual si de su poder fuesen injuria, En el roble robusto Y en la encumbrada frente del palacio, Va a descargar su destructora furia. ¡Huye, triste mujer! mi ruego loco Desestima prudente: Yo lo condeno ya; yo lo revoco. ¡Ves! que tu noble frente, Do por última vez mi labio imprimo, Jamás, jamás sustente La corona fatal —El dulce arrimo Torna a buscar del estimable esposo, Que en tus patrios jardines De alegre mirto y cándidos jazmines Tu blanca sien coronará gozoso. ¡Huye y no tornes más! Tu hogar tranquilo Ama cual ama el náufrago la tabla Que entre el hervor del pérfido Oceano Al suspirado puerto le conduce; O como el caminante ya cercano Al precipicio, por sendero ignoto, Ama al fanal benéfico que luce En el albergue hospitalario. El voto De aqueste corazón que a tu ternura Tanto alivio debió, tanto consuelo, Tan solo para ti demanda al cielo Pecho sin ambición, conciencia pura, Y pobre hogar en el nativo suelo. ¡Nunca igual dicha gozaré! Los montes Que se encumbran al sol; los silenciosos Bosques espesos, do jamás penetra; Las sabánas de inmensos horizontes No existen para mí. No más mi diestra, Ligera, armada de cincel agudo, Cual en un tiempo de memoria eterna, La vigilancia maternal burlando Irá ufana grabando. Del verde mango en la corteza tierna, Dulces versos de amores, Encubiertos después con gayas flores. No más, no más en la gentil floresta, Allá en las horas de silencio y calma De la ardorosa siesta, Me dormiré bajo la esbelta palma Y entre el trébol florido, De arroyos mil al plácido ruido. Nunca ¡oh Lola! ¡jamás verán mis ojos El grato asilo de mi infancia pura!... ¡De mi cuna lejana sepultura Han de tener mis pálidos despojos, No en la sagrada tierra Que las cenizas de mi padre encierra! Perdona si este llanto No consagro al dolor de tu partida, Tú a quien le debo tanto, ¡Fénix de la amistad! ¡Lola querida! Deja a la religión de los recuerdos Y a la piedad filial breves instantes; Para gemir tu ausencia Me quedan los insomnios devorantes De una de soledad larga existencia. ¡Sé dichosa sin mí! y allá en tu asilo De grata calma y de solaz tranquilo, Oye bramar sin miedo Las olas de este piélago inconstante De sirtes y de escollos erizado; Mientras gimiendo a sus embates cedo, Y del puerto distante, Sin brújula, piloto, ni camino, Navego con los vientos del destino.
destino