Versos Spanish Ignacio Manuel Altamirano Basilio María

Spanish poem

María

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Allí en el valle fértil y risueño, Do nace el Lerma y, débil todavía Juega, desnudo de la regia pompa Que lo acompaña hasta la mar bravía; Allí donde se eleva El viejo Xinantécatl, cuyo aliento Por millares de siglos inflamado, Al soplo de los tiempos se ha apagado, Pero que altivo y majestuoso eleva Su frente que corona eterno hielo Hasta esconderla en el azul del cielo; Allí donde el favonio murmurante Mece los frutos de oro del manzano Y los rojos racimos del cerezo Y recoge en sus alas vagarosas La esencia de los nardos y las rosas; Allí por vez primera Un extraño temblor desconocido, De repente, agitado y sorprendido Mi adolescente corazón sintiera. Turbada fue de la niñez la calma, Ni supe qué pensar en ese instante Del ardor de mi pecho palpitante Ni de la tierna languidez del alma. Era el amor: mas tímido, inocente, Ráfaga pura del albor naciente, Apenas devaneo Del pensamiento virginal del niño; No la voraz hoguera del deseo, Sino el risueño lampo del cariño. Yo la miré una vez — virgen querida Despertaba cual yo, del sueño blando De las primeras horas de la vida: Pura azucena que arrojó el destino De mi existencia en el primer camino, Recibían sus pétalos temblando Los ósculos del aura bullidora Y el tierno cáliz encerraba apenas El blanco aliento de la tibia aurora. Cuando en ella fijé larga mirada De santa adoración, sus negros ojos De mi apartó; su frente nacarada Se tiñó del carmín de los sonrojos; Su seno se agitó por un momento, Y entre sus labios espiró su acento. Me amó también. — Jamás amado había; Como yo, esta inquietud no conocía, Nuestros ojos ardientes se atrajeron Y nuestras lamas vírgenes se unieron Con la unión misteriosa que preside El hado, entre las sombras, mudo y ciego, Y de la dicha del vivir decide Para romperla sin clemencia luego. ¡Ay! Que esta unión purísima debiera No turbarse jamás, que así la dicha Tal vez perenne en la existencia fuera: ¿Cómo no ser sagrada y duradera si la niñez entretejió sus lazos Y la animó, divina, entre sus brazos La castidad de la pasión primera? Pero el amor es árbol delicado Que el aire puro de la dicha quiere, Y cuando de dolor el cierzo helado Su frente toca, se doblega y muere. ¿No es verdad? ¿no es verdad, pobre María? ¿Por qué tan pronto del pesar sañudo Pudo apartarnos la segur impía? ¿Cómo tan pronto oscurecernos pudo La negra noche en el nacer del día? ¿Por qué entonces no fuimos más felices? ¿Por qué después no fuimos más constantes? ¿Por qué en el débil corazón, señora, Se hacen eternos siglos los instantes, Desfalleciendo antes De apurar del dolor la última hora? ¡Pobre María! Entonces ignorabas Y yo también, lo que apellida el mundo ¡Amor... amor! Y ciega no pensabas Que es perfidia, interés, deleite inmundo, Y que tu alma pura y sin mancilla Que amó como los ángeles amaran Con fuego intenso, mas con fe sencilla, Iba a encontrarse sola y sin defensa De la maldad entre la mar inmensa. Entonces, en los días inocentes De nuestro amor, una mirada sola Fue la felicidad, los puros goces De nuestro corazón... el casto beso, La tierna y silenciosa confianza, La fe en el porvenir y la esperanza. Entonces... en las noches silenciosas, ¡Ay! cuántas horas contemplamos juntos Con cariño las pálidas estrellas En el cielo sin nubes cintilando, Como si en nuestro amor gozaran ellas; O el resplandor benéfico y amigo De la callada luna, De nuestra dicha plácido testigo, O a las brisas balsámicas y leves Con placer confiamos Nuestros suspiros y palabras breves. ¡Oh! ¿qué mal hace al cielo Este modesto bien, que tras él manda De la separación el negro duelo, La frialdad espantosa del olvido Y el amargo sabor del desengaño, Tristes reliquias del amor perdido? Hoy sabes qué sufrir, pobre María, Y sentiste al presente El desamor que mezcla su hiel fría De los placeres en la copa ardiente, El cansancio, la triste indiferencia, Y hasta el odio que impío El antes cielo azul de la existencia Nos convierte en un cóncavo sombrío, Y la duda también, duda maldita Que de acíbar eterno el alma llena, La enturbia y envenena Y en el caos del mal la precipita. Muy pronto, sí, nos condenó la suerte A no vernos jamás hasta la muerte: Corrió la primera lágrima encendida Del corazón a la primera herida, Mas pronto se siguió el pensar profundo, Del desdén la sonrisa amenazante Y la mirada de odio chispeante, Terrible reto de venganza al mundo. Mucho tiempo pasó. — Tristes seguimos El mandato cruel del hado fiero Contrarias sendas recorriendo fuimos Sin consuelo ni afán... Y bien, señora, ¿Podremos sin rubor mirarnos ora? ¡Ah! ¡qué ha quedado de la virgen bella! Tal vez la seducción marcó su huella En tu pálida frente ya surcada, Porque contemplo en tus hundidos ojos Señal de llanto y lívida mirada Con el fulgor de acero de la ira. Se marchitaron los claveles rojos Sobre tus labios ora contraídos Por risa de desdén que desafía Tu bárbaro pesar, ¡pobre María! Y yo... yo estoy tranquilo: Del dolor las tremendas tempestades, Roncas rugieron agitando el alma; La erupción fue terrible y poderosa... Pero hoy volvió la calma Que se turbó un momento, Y aunque siente el volcán mugir violento El fuego adentro dél, nunca se atreve Su cubierta a romper de dura nieve.

Continuemos, mujer, nuestro camino. ¿Dónde parar?... ¿Acaso los sabemos? ¿Lo sabemos acaso? Que destino Nos lleve como ayer: ciegos vaguemos, Ya que ni un faro de esperanza vemos Llenos de duda y de pesar marchamos, Marchamos siempre, y a perdernos vamos ¡Ay! De la muerte en el océano oscuro, ¿Hay más allá riberas?... no es seguro, Quién sabe si las hay; mas si abordamos A esas riberas torvas y sombrías Y siempre silenciosas, Allí sabré tus quejas dolorosas, Y tú también escucharás las mías.