Spanish poem
Se Oprime El Corazón Al Recordarte
by Ignacio Manuel Altamirano Basilio
Se oprime el corazón al recordarte, Madre, mi único bien, mi dulce encanto; Se oprime el corazón y se me parte, Y me abrasa los párpados el llanto. Lejos de ti y en la orfandad, proscrito; Verte nomás en mi delirio anhelo; Como anhela el presito Ver los fulgores del perdido cielo. ¡Cuánto tiempo, mi madre, ha transcurrido Desde ese día en que la negra suerte Nos separó cruel!... ¡Tanto he sufrido Desde entonces, oh Dios, tanto he perdido, Que siento helar mi corazón de muerte! ¿No lloras tú también ¡oh madre mía! Al recordarme, al recordar el día En que te dije adiós, cuando en tus brazos Sollozaba infeliz al separarme, Y con el seno herido hecho pedazos, Aún balbucí tu nombre al alejarme? Debiste llorar mucho. Yo era niño Y comencé a sufrir, porque al perderte Perdí la dicha del primer cariño. Después, cuando en la noche solitaria Te busqué para orar, sólo vi el cielo, Al murmurar mi tímida plegaria, Mi profundo y callado desconsuelo. Era una noche oscura y silenciosa, Sólo cantaba el búho en la montaña; Sólo gemía el viento en la espadaña De la llanura triste y cenagosa. Debajo de una encina corpulenta Innoble entonces me postré de hinojos, Y mi frente incliné calenturienta. ¡Oh! ¡cuánto pensé en ti llenos los ojos De lágrimas amargas ... la existencia! Fue ya un martirio, y erial de abrojos El sendero del mundo con tu ausencia. Mi niñez pasó pronto, y se llevaba Mis dulces ilusiones una a una; No pudieron vivir, no me inspiraba El dulce amor que protegió mi cuna. Vino después la juventud insana, Pero me halló doliente caminando Lánguido en pos de la vejez temprana, Y las marchitas flores deshojando Nacidas al albor de mi mañana. Nada gocé; mi fe ya está perdida; El mundo es para mí triste desierto; Se extingue ya la lumbre de mi vida, Y el corazón, antes feliz, ha muerto. Me agito en la orfandad, busco un abrigo Donde encontrar la dicha, la ternura De los primeros días; — ni un amigo Quiere partir mi negra desventura. Todo miro al través del desconsuelo; Y ni me alivia en mi dolor profundo El loco goce que me ofrece el mundo, Ni la esperanza que sonríe en el cielo. Abordo ya la tumba, madre mía, Me mata ya el dolor... voy a perderte, Y el pobre ser que acariciaste un día ¡Presa será temprano de la muerte! Cuando te dije adiós, era yo niño: Diez años hace ya; mi triste alma Aún siente revivir su antigua calma Al recordar tu celestial cariño. Era yo bueno entonces, y mi frente Muy tersa aún tu ósculo encontraba... Hace años, de dolor la reja ardiente Allí dos surcos sin piedad trazaba. Envejecí en la juventud, señora; Que la vejez enferma se adelanta, Cuando temprano en el dolor se llora, Cuando temprano el mundo desencanta Y el iris de la fe se descolora. Cuando contemplo en el confín del cielo, En la mano apoyando la mejilla, Mis montañas azules, esa sierra Que apenas a vislumbrar mi vista alcanza, Dios me manda el consuelo, Y renace mi férvida esperanza, Y me inclino doblando la rodilla, Y adoro desde aquí la hermosa tierra De las altas palmeras y manglares, De las aves hermosas, de las flores, De los bravos torrentes bramadores, Y de los anchos ríos como mares, Y de la brisa tibia y perfumada Do tu cabaña está mujer amada. Ya te veré muy pronto madre mía; Ya te veré muy pronto, ¡Dios lo quiera! Y oraremos humildes ese día Junto a la cruz de la montaña umbría, Como en los años de mi edad primera. Olvidaré el furor de mis pasiones, Me volverán rientes una a una De la niñez las dulces ilusiones, El pobre techo que abrigó mi cuna. Reclinaré en tu hombro mi cabeza Escucharás mis quejas de quebranto, Velarás en mis horas de tristeza Y enjugarás las gotas de mi llanto. Huirán mi duda, mi doliente anhelo. Recuerdos de mi vida desdichada; Que allí estarás, ¡oh ángel de consuelo! Pobre madre infeliz... ¡madre adorada!.