Spanish poem
Ya Que Del Carmen En La Sombra Amiga
by Ignacio Manuel Altamirano Basilio
Ya que del carmen en la sombra amiga Fuego vertiendo el caluroso estío, A buscar un refugio nos obliga Cabe el remanso del sereno río; Ven, pobre amigo, ven, y descansando De la ribera sobre el musgo blando, Oirás del labio mío Palabras de amistad, consoladoras, Que calmarán la lúgubre tristeza Con que insensato en tu despecho lloras. ¡Lamentas de los duelos la crudeza, Tú, cuyos quietos y dorados días Aún alumbra risueña la esperanza; Tú cuya confianza, Inocentes placeres, y alegrías, Jamás han enturbiado Las desgracias impías Con su terrible aliento emponzoñado! ¡Tú joven, tú feliz, tú a quien halaga Con sus preciosos dones la fortuna. Tú a quien el mundo seductor embriaga Sus flores ofreciendo una por una; Tú a quien la juventud, hermosa maga, Dulcemente convida A disfrutar la dicha tentadora Que en sus ardientes frutos atesora El árbol misterioso de la vida! Tú no debes llorar; deja que el llanto Del débil viejo la mejilla abrase Y que la espina del tenaz quebranto Su congojado corazón traspase; Tú, joven ¡a gozar! la sangre hirviente Sientes bullir aún; la vida es bella, Y en sus campos el sol resplandeciente A tus ojos destella. ¿Por qué te afliges? di, ¿por qué inclinabas Callando tristemente, La dolorida frente? ¿A la pérfida acaso recordabas? Inexperto doncel, ¿de qué te quejas? ¿Por qué llorando de la vil te alejas? ¿Qué ventura has perdido? ¿Qué tesoro escondido En ese corazón perjuro dejas? ¿Por qué cuando en un día, Primera vez miraste De esa traidora la belleza impía, El terrible fulgor no vislumbraste De la maldad que en su mirada ardía? Ni amor, ni virtud santa Abriga esa mujer; vicio temprano, Como a las gentes que en la corte habitan, Ya corrompió su corazón liviano. Si amor a buscar fuiste Entre el pérfido mundo cortesano, Por eso ahora ¡ay triste! ¡Lloras el tiempo que perdiste en vano! ¡Amor allí no existe! Allí cual frescas, perfumadas rosas, Al corazón se ofrecen las hermosas. ¡Ay de quien su perfume Aspira incauto, y de confianza lleno Pronto en la duda y tedio se consume Al negro influjo del mortal veneno. ¡Amor no existe allí!... La dulce niña Cuando asoma el pudor por vez primera En su frente de ángel, y su pecho Sincero amando, palpitar debiera, De infame corrupción con el ejemplo No al sentimiento puro le consagra, Porque del oro le convierte en templo. ¿Qué dicha, qué placeres Esperas tú encontrar de esas mujeres En el vendido seno A los ardores del cariño ajeno, Cuando su impura llama, Si nace, solamente Al soplo vil del interés se inflama? Huye la corte, amigo, y la ventura Ven a buscar aquí, do la inocencia Te ofrecerá en la flor de la hermosura Un tierno cáliz de sabrosa esencia. Libando su dulzura Cambiará tu existencia; Del tedio sanarás que te aniquila, Y la virtud amando, suavemente Tu vida pasará cual la corriente De ese arroyo tranquila. ¿Ves discurrir zumbando entre las flores De este carmen umbroso y escondido, Afanosas buscando las abejas El néctar delicioso, apetecido? Mira cuál van dejando desdeñosas De su brillo s pesar y su hermosura Las flores venenosas. Ellas buscan quizá las más humildes, Las que ocultas tal vez en la espesura De las agrestes breñas Apenas se distinguen, o en la oscura Grieta se esconde de las rudas peñas; Ellas no creen que al ostentarse ufanas Aquellas que parecen Con mayor altivez y más colores, Sean también las que ofrecen Los nectarios mejores. Tú imita ese modelo, Pobre insecto, es verdad, pero dotado Por el próvido cielo De un instinto sagaz y delicado; Y en el jardín del mundo, Si el néctar de la dicha libar quieres Para endulzar las penas de la vida, Deja la flor pomposa, envanecida Que a la virtud en su soberbia insulta; Busca a la que se oculta Viviendo entre las sombras recogida. Una infame y perjura cortesana Tu corazón sedujo; tú la amaste, Y alimentando tu pasión insana Tu puro corazón envenenaste. Olvídala, y que presto, Ya despertando de tu error funesto, Puedas hallar la miel de los amores De esla montaña en las sencillas flores. Mirta, la dulce Mirla, la que alegra Nuestras montañas y risueños prados, La que garbosa con diadema negra De cabellos rizados Su tersa frente candorosa ciñe, Que el alba pura con sus lampos tiñe. La de los grandes y rasgados ojos, La de los frescos labios purpurinos Que ríen, mostrando deslumbrantes perlas, La de turgentes hombros y divinos Que la Venus de Gnido envidiaría. Mírala, ¿no enloquece tu alma, joven, Como hace tiempo, enloqueció la mía? ¿La faz de tu perjura es comparable, Y su pálida tez marchita y fría Do la salud y la color simula Comprado afeite, con la faz rosada De esta virgen del bosque, Do la sangre purísima circula Con el calor y el aire de los campos, Y con la grata esencia Que en su redor esparce la inocencia? Dime, ¿a apagar su fuego esa mirada Con el ansioso labio no provoca? ¿Quién al verla sonriendo, no querría Libar la miel de su encendida boca? ¿Quién no deseara con delirio ciego Estrecharla en sus brazos un instante? ¿Dónde buscar de amor el sacro fuego Sino en su seno blanco y palpitante? ¿Y dónde hallar la dicha que asegura Su fé constante y pura? Estas flores, amigo, ansioso busca, Abeja del amor, y no te cuida De los torpes placeres Que te ofrece la corte corrompida, Si el néctar de la dicha libar quieres Para endulzar las penas de la vida.